Tu relación con la autoridad

Tu relación con la autoridad

Un antropólogo visitó una tribu y se fijó que el jefe daba a sus súbditos sólo las órdenes que podían cumplir. El investigador se lo hizo notar al gran jefe y éste le miró sorprendido diciéndole: ¡Pues claro! ¡Qué tipo de jefe sería yo si no hiciera esto!

Una de las cosas más desagradables que puede ocurrirnos es sentir que perdemos la autoridad o que tal vez no la hemos tenido nunca. La autoridad se relaciona con los méritos, es decir, con la idea de que merecemos orientar a otros. No es algo que nadie nos pueda otorgar, simplemente es algo que ganamos en nuestra vida a través de la experiencia y la capacidad de ser responsables y de cumplir con nuestros deberes. Ese aprendizaje es resultado de la tarea que hemos realizado en la vida junto a nuestros padres, nuestros educadores y la escuela.

¿Quién no se ha sentido incómodo alguna vez al imponer algo a los demás? ¿Por qué, en ocasiones, llevamos fatal que nos digan qué es lo que tenemos que hacer? Quizás tenemos la sensación de que nuestra libertad queda seriamente afectada cuando tenemos que respetar las reglas que la sociedad nos impone o tal vez tememos coartar la libertad del otro. Pero, ¿en qué momento aprendimos cuál era la manera correcta de actuar frente a la autoridad? ¿Cómo nos relacionamos con ella?

Enlace con la sociedad

En la infancia, nuestra familia y nuestros padres hacen la tarea de enlazarnos con la sociedad y el mundo que nos rodea. Es por ello que cada sistema familiar tiene unas normas y reglas que, desde su propia idiosincrasia, nos facilita la tarea de ser aceptados por el mundo y que nos permite encontrar nuestro lugar. La salud emocional de la familia es primordial para lograr este encaje. Las normas nos permiten coordinar nuestras propias acciones con las de otras personas. Cuando en un grupo todos seguimos las mismas normas, todo se hace más estable y nuestras decisiones y comportamientos en general son más predecibles por el resto del sistema. Obviamente, una de las funciones de la autoridad es la de conseguir que todos cumplan en la mayor medida. Desde esta perspectiva, la cuestión es ¿Cómo nos transmitieron esos mensajes y reglas que permiten este encaje? ¿De qué manera las entendimos? ¿Cómo nos sentimos con ellas y con las personas que nos las sugirieron?

Podemos decir que a grosso modo existen dos caminos en la educación, uno tiene que ver con «enseñar» al niño las cosas, la vieja idea del cuenco lleno de sabiduría que vierte el preciado tesoro en la vasija vacía del que aprende. El otro, el que cree que el aprendiz tiene la sabiduría en su interior y que requiere de un guía que le facilita la tarea de aflorarla al exterior. Nuestras figuras de autoridad podrían, pues, pertenecer a cualquiera de esas dos escuelas de vida. De cómo nuestros padres o nuestros referentes educativos transmitieron esos conceptos dependerá nuestra manera de sentir la autoridad, comprenderla, padecerla o ejercerla.

La evolución de las familias

Con el devenir de los años, hemos pasado de una organización familiar de tipo patriarcal a otra nuclear. No hace tanto que las familias eran más numerosas, y estaban organizadas en función de los adultos. En este tipo de organización familiar, solía ejercer la autoridad uno de los progenitores (normalmente el padre) y, cuando lo hacía, ésta era poco empática. Muchos de nosotros nos criamos en un ambiente así, donde el padre pasaba mucho tiempo trabajando y cuando estaba presente, ejercía un tipo severo o intransigente de autoridad.

En la actualidad, sin embargo, ha disminuido el número de componentes de la familia, hay muchas familias con hijos únicos y, en comparación con tiempos pasados, hoy en día casi toda la familia está volcada con el cuidado de los pequeños. Una especie de pirámide invertida, donde abuelos, tíos y, por supuesto, padres están al servicio de los niños. Se ha pasado a un modelo más permisivo de autoridad donde se rechaza cualquier cosa que nos recuerde al «autoritarismo» de antaño. Como todo en la vida, eso conlleva cosas buenas y otras no tan buenas, huir de la propia autoridad puede acabar generando múltiples problemas debido a que los chicos no toleran la disciplina y actúan conflictivamente cuando se intenta que se ciñan a límites y reglas.

¿Cómo nos llevamos con la autoridad?

En psicología suele aceptarse el hecho de que nuestro modo de convivir con la autoridad tiene que ver con los patrones que aprendimos en la infancia. Por supuesto, existen tantas maneras de relacionarse con las figuras de autoridad como personas hay en el mundo con lo que hay que ser muy prudentes a la hora de establecer «categorías». ¿Cuál es nuestro sentimiento frente al requerimiento de obedecer? ¿Nos sentimos manipulados por la culpa? ¿Nos enseñaron que si no hacíamos lo que nos pedían éramos malos o peores que otros? ¿Nos apremiaban con órdenes tajantes y «dictatoriales»? En nuestra consulta solemos ver sufrir a personas que en su infancia se sintieron maltratadas o despreciadas, también atendemos a personas a las que sus padres no les pusieron límites y sufren ahora frente a las dificultades que la vida les propone. Conocemos casos de personas que viven en guerra contra la autoridad y tienen problemas para mantener sus empleos, o relaciones íntimas donde el amor requiere de consenso y ellos sólo pueden proponer conflicto. ¿Qué aprendimos de nuestras familias? ¿Aprendimos que éramos dignos de confianza, o por el contrario, se nos mostró que no éramos de fiar y alguien tenía que llevar el control por nosotros? Muchas personas confiesan sentir temor y aislamiento u otros sentimientos limitantes frente a la autoridad. Otros tuvieron la suerte de sentir que las personas de su alrededor les hicieron sentir importantes y valiosos al tiempo que les ayudaban a desarrollar sus competencias en la vida. Para estas personas es probable que la autoridad no les suponga un mayor problema. Ahí radica la clave, mirarla a los ojos para hacerla humana. Sólo cuando podemos sentir de este modo a la autoridad, podemos ejercerla amorosamente y vivirla con congruencia.

Estilos de autoridad

La psicoterapeuta norteamericana Virginia Satir entrevistó a miles de familias, de su trabajo extrajo interesantes teorías acerca de cómo las familias se comunicaban. Estudió como los padres se dirigían a sus hijos y cómo les educaban. Describió cuatro estilos de comunicación basándose en la comunicación verbal y corporal de los elementos de la familia.

Analizando con detalle estos patrones universales podemos explicarlos así:

Estilo Acusador: es un patrón autoritario basado en el guión «Yo soy quién manda aquí» El acusador se considera mejor que los demás, y se comunica con tensión, su voz es dura. Podemos imaginarlo señalando al otro con el dedo. Se siente eficaz en base a la obediencia conseguida. Si fuimos educados en base a este modelo de familia, es probable que nos manejemos mal con personas autoritarias, tal vez evitemos la confrontación o, por el contrario, tal vez nos agrade la «batalla» y busquemos los conflictos. (Temor)
Estilo Aplacador: Su guión se basa en la idea «Sólo vivo para hacerte feliz». Usa un tono de voz congraciador, tratando de agradar al otro. Adopta una actitud de mártir y podemos imaginarlo arrodillado frente al otro. Las personas que recibieron mensajes de personas aplacadoras, pueden convertirse en pequeños tiranos. Seres que exigen cualquier capricho, puesto que siempre recibieron esas atenciones en su infancia. También podemos encontrar personas que se identifiquen con el estilo aplacador y que presenten baja autoestima al tiempo que aceptan el «maltrato» del otro sometiéndose a todo tipo de órdenes. (Culpa)
Estilo Calculador: Es la persona que lo racionaliza todo, su guión tiene que ver con la idea:»Si pienso lo suficiente, evitaré el dolor». Son personas que no demuestran sus emociones tal vez porque sienten miedo de ellas. Las personas que recibieron este tipo de autoridad pueden presentar un patrón de preocupación por ser «perfectos» y controlarlo todo. Tal vez busquen estar seguros al cien por cien de que las cosas saldrán como quieren y es posible que sientan una gran responsabilidad y miedo al fracaso. (Paranoia, envidia)
Estilo Distractor: Nunca están dónde tienen que estar, y sus palabras no tienen que ver con lo que está pasando. Tienen la sensación de no importar a nadie y viven acompañados de una gran soledad. Nada es seguro con el distractor, buscan divertir al otro con lo que un niño podría sentirse tan desorientado que no sabría qué hacer, ni cómo actuar frente a la vida. Sobretodo cuando ésta no es divertida y nos pone a prueba. Su guión es: «Lo importante es divertirse» (Desorientación)
Autoridad Niveladora

Frente a estos estilos poco eficientes de educación, Virginia Satir propuso un tipo de comunicación más congruente, a la que llamó Niveladora. Una familia nutricia se comunica de modo más empático y creativo que fomenta una autoestima elevada, una comunicación directa y clara, con reglas humanas, flexibles y susceptibles de ser cambiadas si es preciso. La comunicación niveladora facilita un enlace con la sociedad abierto y confiado. Esta autoridad depende de los aprendizajes que le proporciona la vida misma y de las actualizaciones que hace de esos nuevos conocimientos. Ejerce, por decirlo de alguna manera, un liderazgo creativo que se va reajustando a medida que los entornos cambian. Quizás todo esto parece difícil, si nuestras experiencias fueron dolorosas. La buena noticia, sin embargo, es que siempre existe la esperanza de que cambie tu vida, porque tienes la capacidad de aprender cosas nuevas.

Con ello pretendemos decir que tras años de experiencia en psicoterapia, nos damos cuenta de que ya no cabe seguir culpando a los padres, sin importar lo dolorosos que hayan sido sus actos. Consideramos que las personas adultas son responsables de aceptar las consecuencias de sus actos y de aprender a conducirse de otra manera. Para ello, el reto está servido, re-conectarse con la propia valía es una oportunidad que está presente toda nuestra vida. Nunca es tarde para empezar.

Empezar a recuperar nuestra propia autoridad.

El verso XVIII del Tao Te Ching empieza así:

Cuando la grandeza del Tao está presente,

Los actos surgen del corazón.

Cuando la grandeza del tao está ausente,

Los actos provienen de las normas,

La autoridad y la justicia.

Tal vez la propuesta puede ser radical, pero se basa en la idea de que las personas necesitan amarse a si mismas para poder fomentar la autoestima en el otro, y ello aún es más importante cuando hablamos de educar. Cuando nuestro deseo es el de ayudar a otro ser humano a crecer.

Esta autoridad niveladora encuentra una manera de sostener la confrontación entre enseñar y permitir aprender. Como en el cuento sufí, no necesitamos elegir entre la bella princesa y la bruja malvada, podemos integrar esas dos polaridades de manera elegante. Quizás el verdadero camino se halla en algún lugar entre ambas opciones. Enseñar, y al tiempo facilitar el deseo exploratorio del niño permitiendo así que aprenda. Esto mismo nos sirve para ejercer una autoridad congruente con cualquier ser humano. El filósofo José Antonio Marina en su libro «La recuperación de la autoridad» pide a los padres que olvidemos el miedo a la ternura y la exigencia, es decir, si podemos exigir desde la ternura logramos algo tan maravilloso como poder unir algo que parece separado.

Quién vence a los demás es fuerte, quién se vence a si mismo es invencible.

Lao Tse (Tao te ching)

El padre del Taoísmo nos sugiere un camino interesante a recorrer. La idea de que la autoridad radica en el propio interior. Vencerse a si mismo para poder ser congruente entre nuestras peticiones y nuestros actos. O lo que es lo mismo «Hacer lo que se dice». Cualquier niño descubre fácilmente nuestras incongruencias señalándonoslas cuando queremos que haga una cosa que nosotros mismos no hacemos. Milton Erickson, legendario psicoterapeuta, solía pedir a sus pacientes que hicieran cosas que podían parecer inverosímiles para curarse. Cuando fue preguntado de porqué confiaba de que los clientes le harían caso, él señalaba: «¡Cómo no van a hacerlo, saben que hablo en serio!».

Liderazgo Nivelador

Siempre estamos a tiempo para reconectar con nuestra autoridad interna. Para ello es bueno empezar conectando con nuestro propio centro. Desde ahí proponemos algunas sugerencias para ejercer un liderazgo congruente y nivelador:

Ten claro lo que quieres, de este modo será más fácil transmitir tus deseos.
Las reglas son útiles y conviene añadirles la regla de oro: «¡Ojo, las reglas pueden mejorarse!»
Aprende a diferenciar lo que las personas hacen y lo que son. «Has tirado el agua» tiene que ver con el comportamiento y, en cambio «Eres un desastre!» afecta a la identidad del otro. Ese es un tipo de maldición que provoca mucho dolor a los demás.
Ofrece sugerencias alternativas de comportamiento: Casi siempre, después de una crítica, podemos sugerir a la persona qué hacer o cómo hacerlo mejor.
Si somos humanos, la ira y la impotencia nos vendrá a visitar. Una persona madura sabe reconocer estos sentimientos y los sitúa en el contexto adecuado. Es probable que tu impotencia no tenga que ver con lo que está pasando ahora. Si la ira nos invade a menudo, tal vez es un buen momento para dejarse ayudar por algún profesional.
Trabaja tu autoestima, frente a un abuso de autoridad es importante conocerse. Así podemos saber cómo, en ocasiones, participamos en mantener ese problema.
Aún cuando ejerces la autoridad, sigues siendo el mismo. Se puede seguir siendo buena persona aunque tomes decisiones que no gusten a los demás.
Recuerda perder el miedo a ser tierno y exigente. No hay que olvidar que, como Óscar Wilde solía decir: «A menudo, con las mejores intenciones se consiguen los peores efectos».

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