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¿De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve?

De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve

(por Víctor Amat. WWW.CETEBREU.ES)
Después de haber leído a Haruki Murakami, el escritor japonés, siempre pensé que me hubiera gustado escribir algo copiándole el nombre de alguna de sus obras. Soy así de mitómano. Él tiene dos que empiezan como el título de este artículo y que recomiendo a las personas que me lean, a saber, “De qué hablo cuando hablo de correr” donde explica cómo entiende el hecho de practicar ese deporte y “De qué hablo cuando hablo de escribir” dónde hace lo mismo para explicar su oficio de escritor. Admiro a Murakami, de modo que llamarle a este artículo “De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve” es un homenaje a alguien que me ha proporcionado mucha inspiración.
No resulta fácil escribir en unas pocas líneas sobre algo que te apasiona y le dedicas muchas horas de trabajo, pero voy a intentar describir aquí qué entiendo por terapia breve y cuál es el enfoque que me estimula.

El encuadre o contrato terapéutico
La primera cosa a tener en cuenta es explicitar claramente a qué nos referimos con breve. La terapia es un encuentro entre, como mínimo, dos personas que ponen su inteligencia al servicio de la resolución de uno o varios problemas. Lo que hace especial a este tipo de trabajo es la capacidad de dirimir cuál es el tema que más nos importuna en este momento. Poder trabajar con los aspectos de la vida que más nos duelen en el momento actual, nos permite entrar por una de las puertas del cambio. Por supuesto hay otras entradas, pero a nosotros los terapeutas breves, nos gusta entrar por esta.
Este encuentro al que llamamos terapia, no tiene una duración estipulada. Aunque, en mi caso, suelo reservar en mi agenda una hora por cada paciente, es muy habitual que mis consultas duren treinta o cuarenta minutos. En ocasiones quince, depende del caso, de lo que esté ocurriendo, y del momento en el que se halle la terapia. La experiencia nos ha demostrado sobradamente que hacer durar la sesión durante un tiempo estipulado (por ejemplo, una hora) hace derivar la atención del paciente y el terapeuta a otros temas que a lo mejor no son relevantes para ayudar a resolver el problema. El nudo terapéutico, es decir, aquello que realmente supone cambio, dura lo que dura. En nuestra opinión, hay que aprovechar ese tiempo para trabajar y saber concluir la sesión sin abrir nuevos frentes. Solemos trabajar con un máximo de 10 visitas. Consideramos que, normalmente, la gente no aguanta mucho más tiempo en los tratamientos y si encima no hay cambios en la vida del paciente, pues con razón la gente abandona la aventura. Pensamos que en 5 o 6 sesiones, debería ser suficiente para poder movilizar el caso y facilitar que la persona que consulta se sienta con más control sobre la situación. Puede pasar, y de hecho ocurre con cierta frecuencia que, aun siendo la terapia de ayuda, la persona precise de más sesiones. En estos casos, la norma es “Ni una más de las que hacen falta, ni una menos de las que hacen falta”, así que dependiendo de muchas variables, podemos tener terapias resueltas en una sesión hasta otras que nos han llevado muchas más. Lo usual, es que podamos obtener resultados en esas seis sesiones comentadas.
Resumen: Terapia breve es igual a un proceso terapéutico con un máximo de diez sesiones, con una duración no determinada de antemano que puede durar desde 30 min hasta una hora y con el objetivo de resolver una problemática.

¿Qué se hace en una sesión?
El formato es el de una entrevista. A pesar de que es una conversación libre entre dos personas sobre lo que una de ellas percibe como una dificultad a resolver, en la terapia breve el o la terapeuta asume un rol preponderante. De manera muy respetuosa, el profesional puede hacer preguntas o indicaciones acerca del modo de resolver el tema. Pare ello, se requiere de un tipo de escucha especial, profundamente empática que dé a entender al paciente que está siendo comprendido. Este es un punto troncal, sin duda. El trabajo del profesional está encaminado a establecer una vinculación en la que la persona que consulta siente que se está haciendo “equipo” para resolver aquello que le oprime. Así pues, la persona que viene a una terapia de este estilo, debe esperar una conversación ágil entre terapeuta y ella, dónde él o la terapeuta puede proponer intervenciones y preguntar cuidadosamente sobre el problema.
Otra curiosidad del tipo de terapia que usamos es la que llamamos “prescripciones”, para ahorrar tiempo y dinero a nuestros pacientes, pensamos que proponer tareas comportamentales es una manera de hacer terapia cada día. Eso nos permite espaciar las visitas con bastante buen resultado de modo que logramos economizar en términos de tiempo y dinero todo este proceso. Se trata, en definitiva, de que las personas que consultan se pongan activas para lograr el mejoramiento de sus vidas. Más adelante, en el presente artículo, desvelaremos qué tipo de tareas pueden aparecer a lo largo de un tratamiento.

Resumen: El formato de la entrevista es una conversación a dos bandas. El terapeuta asume un rol preponderante y ofrece sugerencias. Cabe esperar, que un usuario de la terapia breve, realice las tareas que diseñe el terapeuta con el objetivo de resolver una dificultad.

¿Cuál es la teoría de la terapia breve?
Este no es un artículo académico y nuestra voluntad es la de aclarar, de manera sucinta, de qué va esto. A nivel epistemológico diremos que la terapia breve que practicamos tiene un componente fuertemente Ericksoniano y se deriva del trabajo de la Escuela MRI de Palo Alto de los años 70. Para explicarlo mejor diríamos que se basa en un tipo de comunicación muy sugestiva basada en modelos hipnóticos sin trance y pone en práctica un modelo de resolución de problemas basado en la detección de los intentos de solución ineficaces de la persona.
Estos intentos de solución que no han resuelto el problema forman parte del problema a resolver. Veamos un ejemplo, imaginemos que una persona padece de insomnio. Supongamos que este insomnio no tiene un origen orgánico, es decir, no forma parte de una enfermedad. El insomne, seguramente hará muchas cosas para dormir. La lógica de la persona es algo parecido a “He de dormir”. Con este pensamiento, el paciente habrá realizado, con mucha seguridad, muchos intentos para lograr su deseo como, por ejemplo:
Meterse en la cama y obligarse a dormir, intentar relajarse, contar ovejas, leer, escuchar la radio o ver la TV, escuchar audios de meditación, bañarse con agua caliente, hacer ejercicio durante el día, vigilar las ingestas, no tomar café, tomar infusiones relajantes, valerianas, tomar medicación, fumar cannabis, tener prácticas sexuales, etc.
Consideremos la situación, cuando vemos a un paciente insomne después de un cierto tiempo, probablemente nos diga: “Lo he probado todo”. Nuestro trabajo como terapeutas breves nos lleva a conjeturar que una nueva solución basada en la lógica “He de dormir” resultará tan ineficaz como los intentos anteriores. A estos intentos pertenecientes a una misma lógica los denominamos Cambios de tipo 1.

Esta es una de las principales claves: Los cambios de tipo 1, son los comportamientos que hace una persona para resolver un problema basados en una misma lógica de afrontamiento operativo de una dificultad.
Si la persona está en nuestra consulta, significa que estos intentos de solución no han fructificado, por lo tanto se hará necesario un Cambio de tipo 2.

El cambio de tipo 2, es un cambio en la manera de afrontar el cambio y que probablemente sea antinatural para la lógica que perpetuaba el problema. Sigamos con el ejemplo de nuestro insomne. Frente a la lógica “He de dormir” se han realizado muchos intentos, aparentemente muy diferentes. Pero todos son, para el terapeuta breve, iguales. El trabajo del profesional será dar a entender al paciente que esa lógica ha sido infructuosa. Una vez haya hecho esto, podría ser que el terapeuta pidiera a la persona que se acueste cada día a una determinada hora y que se esfuerce voluntariamente a mantenerse despierto. Como el lector o lectora pensará, pedirle que esté despierto es una solicitud contra natura en este caso. Sin embargo, eso es seguro, sabemos que la persona no durmió a la petición “He de dormir”. La petición “Manténgase despierto” será una intervención de Tipo 2. Es una propuesta aparentemente rara y paradójica que probablemente resolverá la situación.
Este tipo de cambio 2 es algo muy habitual en terapia breve, y cuando uno estudia esta modalidad se adentra en un mundo de irreverencia terapéutica.

Resumen: El estudio de las soluciones ineficaces del paciente para resolver un problema son la base de nuestro modelo de terapia breve. A estas soluciones se les llama Cambios de tipo 1. El trabajo del terapeuta se centra en modificar estas soluciones ineficaces para proponer nuevas vías de afrontamiento de las situaciones. A estos nuevos caminos los denominamos Cambios de tipo 2.

El mito de la profundidad
Una de las cosas que solemos escuchar por ahí, es que la terapia breve es superficial, o poco profunda. No creo que haya nada más alejado de la realidad. La idea de la profundidad en la terapia pertenece a un modelo de pensamiento muy médico, no hay que olvidar que Freud era neurólogo, y como precursor de la terapia tal y como la conocemos, aplicó un modelo causal a nuestro oficio. Es decir, si te pasa esto ahora, es porque hay una causa original. Este modelo de pensamiento, funciona a veces y no es raro escuchar a gente “trabajada” en psicoterapia decir cosas del tipo “La teoría ya me la sé” o “Sé por qué me ocurre esto”, sin que la persona pueda enfrentar de manera adecuada para ella sus dificultades. El pensamiento en nuestro modelo de psicoterapia es interaccional. Buscamos conocer la interacción de la persona con su síntoma, y parafraseando a Lacan, buscamos ayudar al paciente a que haga algo útil con él.
Creemos que hay, finalmente, dos tipos de terapia, la buena y la mala. La buena es profunda por definición, cambia modelos de comportamiento en situaciones dónde la persona no tenía recursos, y eso es muy poderoso cuando se hace bien. Muchas personas atendidas en nuestros centros de psicoterapia han hecho cambios, duraderos, estables y potentes. Por supuesto, en algunos casos hemos vuelto a atenderlos, algunas veces por recaídas y otras por nuevas dificultades que la vida, obstinadamente, suele ponernos delante.

Resumen: No consideramos que una terapia sea más profunda que otra por su duración, los cambios profundos pueden darse de una manera rápida. No pensamos tampoco que, por remover el pasado en exceso, una terapia sea más o menos profunda. El éxito de la terapia es una valoración subjetiva de paciente y terapeuta acompañada de cambios en el manejo de su propia vida.

Estas pocas ideas precisarían de un lugar más extenso para poder ser desarrolladas en su totalidad pero lo importante es poder hacer llegar nuestro modelo de trabajo a los y las profesionales del cambio. Ninguna idea está por encima de otra, sólo la práctica diaria nos puede dar las informaciones necesarias para saber si andamos en la buena vía.

Sé feliz!: Qué paradoja

No hace mucho, viajando en transporte público pude observar a una madre que hablaba con su hija, en un determinado momento la señora arengó a la muchacha e intentando animarla le dijo imperativamente: «Sé feliz!». Al escuchar esta demanda de la dama tomé conciencia de la maldición que se cernía sobre la adolescente.

Parece que estamos en la época de la necesidad de que todos sean felices, la sociedad, los gobiernos, las grandes corporaciones, destilan este mensaje de manera que nuestra vida está sumergida en la aparente necesidad de ser feliz.

Las personas acudimos a centros de psicoterapia, medicina, gimnasios, etc, con la expectativa de ser felices, nos involucramos en relaciones con mayor o menor compromiso intentando descubrir dónde se halla el gozo total. Los cursos de meditación, en cualquiera de sus formatos, el yoga, los retiros, la espiritualidad, cualquier camino parece bueno para conseguir la quimera de la felicidad. La cuestión es que si estas cosas funcionaran bien, probablemente la gente en general estaría más feliz y no necesitaría consumir todas esas cosas.

La manera en la que es casi seguro que vamos a estar mal es autoimponiéndonos la felicidad o imponiendo la felicidad a otros.

Habrá que explicarlo más detalladamente. Cuando la mamá de nuestro relato introductorio le ordena a su hija que sea feliz en un momento en el que no  lo es, la pobre muchacha tiene que obligarse a ser feliz a la fuerza. Es decir, su problema va a aumentar, puesto que sobre la base de que le pasa algo y no está bien, cabe añadirle el nuevo problema de no poder ser feliz cuando se le pide. A la dificultad cotidiana, sea la que sea se le suma la incapacidad de ser feliz cuando estás mal. Esa es la gran paradoja. Al pedir a alguien la felicidad se la niegas por definición.

¿No es absurdo? Si una está mal por cualquier avatar de la vida, no puede ser feliz en ese momento. Obligamos a ser felices en un momento IMPOSIBLE como en el que estamos mal nos proporciona un resultado funesto.

Ser feliz es un acontecimiento espontáneo. Algo sucede, o tal vez nada concreto sucede y te sientes feliz. En muchas ocasiones, basta reflexionar sobre el asunto para perder ese estado maravilloso. basta pensar algo como: «Cielos, qué feliz me siento!» y automáticamente dejo de sentirme así, es como si te sales de esa experiencia para ir a cualquier otro lado, normalmente comparas con otras veces en las que fuiste feliz, o simplemente aparece un miedo a perder lo que tienes o a dejar de estar bien. La felicidad es tan fugaz como el paisaje que observamos desde la ventana de un tren. Tenemos un espíritu sutil y una experiencia emocional esquiva por eso las emociones fluyen a través de nosotros. El detalle de la espontaneidad es importante puesto que, como decíamos antes, algo que debería ser espontáneo no puede ser realizado a voluntad. Cuanta más voluntad le pongas, más lejos estarás de lo que deseas sentir. Pongamos algunos ejemplos: intentar que te caiga bien alguien que te cae mal, querer a alguien que no  quieres, desear a una persona no deseable, pretender que te guste un sabor que detestas, existen un montón de experiencias para ilustrar lo que quiero decir.

¿Qué hacer, entonces? Bueno, las cosas duran lo que duran a condición de que no las compliquemos nosotros. Lo malo y lo bueno acaba pasando, no hay mal que cien años dure y no hay felicidad que persista eternamente, de modo que os sugerimos tres pequeños tips para no caer en siniestras paradojas:

  1. Aprende a dejar que las emociones pasen. recuerda que nada dura eternamente. Si estamos mal, lo mejor es partir de esa base y no esforzarse en sentir otra cosa
  2. Actívate aún estando mal, no dejes que estar mal sea una excusa. Advierte a los demás que no estás fino y no hables demasiado del tema porque la gente te pedirá que sientas cosas que no puedes sentir en ese momento. Y cuando eso pasa, te sientes super raro e inútil.
  3. La felicidad dura lo que dura, si te descubres estando feliz, relájate…desafortunadamente pasará.

Damn self-steem!

Damn self-esteem:
By Victor Amat
Translated by Sara Riesner

It is not uncommon for people to approach my office commenting on their lack of self-esteem and how that problem affects their life. Since the 70s self-esteem has been a good excuse to not take responsibility for oneself. In the years following the hippie culture, and in an American society distraught by the defeat of the Vietnam War, the American psychotherapist Virginia Satir, coined in the word “Self-esteem” in one of her workshops. She did this with the objective of helping one learn how to better communicate with oneself. Satir was hoping that we would be more lenient and loving with ourselves. This was not a bad suggestion in those days. As a result this idea took root in a world where the fertile human mind is quick to create labyrinths in which to lose ones sanity, and it grew so much that it lost its essence.
Time has passed, relentlessly, and self-esteem has been distorted from the original concept. It is remarkable what has happened with self-esteem. People are very aware of it but not quite sure what it is. It would seem that having a good self-esteem enables one to face life successfully. It does wonders for the way we view ourselves and how we are viewed.

Having a good self-esteem should feel like a fantastic trip into the stratosphere of happiness, and yet it almost never does.

Typically a very different discourse takes place. As people we usually have something that burdens us. When we show our pain, it is usual to feel inadequate and we are prone to label ourselves with those magical concepts that we breathe from the air as if they really existed.

To self-diagnose with «low self esteem» or worse, to get that diagnosis from good friend can be the start of a distorted search for insight.

“Improving self-esteem” seems like the logical cure for someone suffering from a meager amount of self-love and for this reason we go to such lengths to do things that translate into “loving ourselves”. To feel or think that one lacks self-love, to be one’s worst enemy or to have bad thoughts about oneself may have little to do with a damaged self-esteem. That would be having a very linear vision of life, and while life is many things it is not linear. Normally people get into loops such as, «when A happens, B follows.” Or, “when B happens it’s because of A”. Or what are essentially the same things, the more “A” one get, the more “B” and the other way around. This makes us believe that the best way to feel better is to reverse the loop. That’s why it is important to learn to think differently about things. As a great man once said:

«Insanity is doing the same thing over and over again and expecting different results.”

Let’s see what can be done. Let’s say a person with a normal life has a specific issue. If after confronting it, the problem is not solved, there is a great probability that self-worth will be affected, right? That’s it. We have a hypothesis:

«Anyone facing a difficulty unsuccessfully has a tendency to view themselves as being inadequate or inefficient. This diminishes self-esteem. (A more appropriate name might be «self-appreciation»).

Thus, self-esteem would seem less like the cause of problems and more as an effect thereof. If we think about it, complaining about a bad life or a terrible situation can be taken as a measure of self-esteem given that if we had no worth, we would not complain. If that were the case we would agree with our misfortune, feeling that it’s a reflection of our unworthiness. Isn’t i t interesting?

To flaunt one’s misfortune is often a matter of pride. It’s like saying, “Can you see how I suffer? (No one has suffered more or better than me).”

There are times where it seems like the person is on display. On these occasions, the argument for low self-esteem is false because deep down inside, the person feels a certain sense of pride in showing off their misery. Low self-esteem should lead to something else, perhaps resignation.

What do we usually hide behind “low self-esteem?” This is an easy answer: fear. To efficiently face fear can help us cope with the continuous process that is to improve one’s life. We have explained how to handle fear in another article http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en. Here are three proposals to address it:
1. Recognize that you have fear. This automatically makes you stronger.
2. Avoid avoiding.
3. Do things with fear without trying to be brave.
4. Don’t let self-esteem be the pitfall that trips you. It’s a concept invented by someone that’s only interesting if it’s useful. Nonetheless, it is a good excuse.

Maldita autoestima

Maldita autoestima

No es raro que la gente se acerque a mi consulta comentando acerca de su falta de autoestima y de cómo ese problema afecta a su vida. Desde los años 70 del pasado siglo la autoestima ha resultado una buena coartada para no hacerse cargo de uno mismo. Durante esos años posteriores a la cultura hippy y en una sociedad americana marcada por la derrota en la guerra del Vietnam, la psicoterapeuta estadounidense Virginia Satir acuñó en sus talleres y sesiones la palabra “Autoestima” con el objetivo de que aprendiéramos a comunicarnos mejor con nosotros mismos. Quería que las personas pudiéramos ser más indulgentes y amorosas con nosotros mismos. No era una mala propuesta en aquella época, de modo que esa idea, sembrada en un mundo donde la mente humana es fértil creando laberintos donde perder la cordura, creció hasta perder su propia esencia.

El tiempo ha pasado, inexorable, y la autoestima ha desvirtuado el concepto original.
Es curioso lo que ha ocurrido con la autoestima, la gente la tenemos muy presente pero no sabemos muy bien de lo que se trata. Parece que tener una buena autoestima sirve para enfrentar la vida con éxito, siendo maravillosos a los propios ojos y a los de los demás. Tener buena autoestima debería propulsarnos en globo a la estratosfera de la felicidad y sin embargo, casi nunca sucede eso. Lo habitual, es escuchar otro tipo de discurso. Las personas solemos contar aquello que nos atribula, y cuando mostramos nuestro dolor, nos sentimos inadecuados y tendemos a etiquetarnos con esos conceptos mágicos que respiramos en el aire como si realmente existieran.

Autodiagnosticarse “baja autoestima” o, peor aún, recibir ese diagnóstico de una buena amiga o amigo, puede ser motivo de iniciar una búsqueda dislocada hacia el interior de uno mismo.

“Subir la autoestima”, pues, parece el recurso lógico de alguien que padece de un raquítico autoamor y es por eso que las personas nos esforzamos en hacer cosas para “querernos”.
Sentir o pensar que uno no se quiere, se sabotea o piensa mal de sí mismo podría no tener que ver con un defecto en la autoestima, eso es tener una visión lineal de la vida y la vida será lo que sea, pero es poco lineal. Normalmente las personas nos metemos en bucles circulares, algo como “Cuando me pasa A, es por B y cuando me pasa B, es porque me pasa A”. O lo que es lo mismo, cuánto más A, más B y cuanto más B, más A. Eso nos lleva a la idea de que para sentirnos mejor deberíamos buscar la manera de revertir el bucle. Para ello hemos de aprender a pensar diferente sobre las cosas, ya lo decía Goethe:

“La locura es hacer siempre lo mismo y esperar un resultado diferente”.
Veamos qué podemos hacer. Una persona con una vida normal puede tener una determinada dificultad, si cuando se enfrenta a ella, no la soluciona, es probable que se resienta su propia concepción de sí misma ¿no? Pues ya lo tenemos. Nuestra hipótesis es que:

«Cualquier persona que enfrenta una dificultad sin éxito tenderá a verse como poco adecuado o poco eficiente con lo que su autoestima (Cabría llamarla más adecuadamente “autoapreciación”) se ve disminuida

De este modo, la autoestima podría verse más que como una causa de los problemas como un efecto de los mismos. Si pensamos detenidamente, el hecho de quejarse acerca de una mala vida, o de una tremenda situación, podría ser visto como un indicador de autoestima puesto que si no valiéramos nada, no nos quejaríamos puesto que estaríamos de acuerdo con que nuestro infortunio tiene que ver con nuestra falta de merecimiento. ¿No es curioso? Lucir las propias desgracias muchas veces tiene que ver con tener cierta soberbia, del tipo, “¿Ves qué mal lo paso? (No hay nadie que sufra más ni mejor que yo)”. Hay un punto dónde la persona podría parecer que se exhibe. En estas ocasiones, el discurso de la baja autoestima es falaz, puesto que en el fondo la persona siente un cierto orgullo en mostrar su desdicha. La baja autoestima debería llevar a otro lugar, tal vez a la resignación.
¿Qué solemos ocultar detrás de la “Baja autoestima”? Pues es sencillo de responder: El miedo. Afrontar el miedo eficientemente puede ayudarnos a sobrellevar ese proceso de mejora continua que es la vida. Hemos explicado cómo manejar el miedo http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en otro artículo. Aunque ahí van tres propuestas para afrontarlo:
1. Reconoce que tienes miedo. Eso te hace automáticamente más fuerte
2. Evita evitar
3. Haz las cosas con miedo sin intentar ser “valiente”
No dejes que la maldita autoestima sea tu escollo donde naufragar, es un concepto inventado por alguien que sólo resulta interesante si es útil. Es una buena excusa, no obstante.

Pensamos demasiado: cuando darle vueltas a las cosas es sufrir

PENSAMOS DEMASIADO: cuando darle vueltas  a las cosas es sufrir

La vida es rica en experiencias maravillosas, pero también nos aporta grandes temas sobre los que preocuparnos. Todo ello puede conducir a que, en ocasiones, nos esforcemos demasiado en pensar e intentemos resolver las cosas dándole vueltas a lo que nos pasa por la cabeza. Si ese proceso resulta muy intenso el propio pensamiento puede adueñarse de una persona y hacerla sufrir. Es como empezar a abrocharse mal una camisa: al final todo es un desbarajuste. Parece que el hecho de volver sobre una cuestión una y otra vez puede resultar de ayuda, y es probable que así sea, salvo que esa cadena de pensamientos esté basada en algún tipo de idea o de lógica equivocada. Cuando eso ocurre es fácil quedar atrapado en la telaraña de la mente, a merced del cansancio que eso suele producir, sintiéndose estancado o sin capacidad de acción.
Cuenta una vieja historia que un ciempiés paseando por el bosque se topó con una hormiga. Ésta, sorprendida por la elegancia del insecto al desplazarse, le preguntó cómo lograba caminar de manera tan armoniosa teniendo tantas patas. ¿No tropezaba? ¿No se equivocaba de pie a la hora de emprender la marcha? ¿Nunca se había hecho un lío? El ciempiés, reflexionó un rato y, con la intención de explicarle a la curiosa hormiga cómo hacía para caminar tan bien, intentó hacerlo a la vez que pensaba, con el resultado de que ya pudo volver a caminar nunca más. A menudo las personas, como el ciempiés de esta historia, olvidamos caminar con soltura y permanecemos atascados en el círculo de nuestros pensamientos.

Controlar el mundo con el pensamiento

De todos los autoengaños que el ser humano es capaz de crear, uno de los más dolorosos tal vez sea la fantasía de pretender dominar el mundo con el pensamiento. Es decir, el hecho de creer que pensando algo suficientemente es posible asegurarse el control de cualquier empresa. Y es que, cuando nos olvidamos de vivir la vida por el hecho de pasarla reflexionando sobre ella, nos alojamos en el hotel de las noches amargas de la infelicidad. Curiosamente, cuanto más pensamos para no sufrir, más nos hace padecer nuestro pensamiento; y cuando sentimos ese dolor, más pensamos, lo que nos sume en el desconcierto. Precisamente, ese es el círculo en el que perdemos de vista lo sensorial alejándonos de todo aquello que a través de los sentidos nos conecta con la vida.

Cuando pensar es sufrir

Son muchas las personas que intentan dirimir sus conflictos internos pensando y pensando sin encontrar soluciones. ¿Qué hacen entonces? Pues si no llegan a ningún lugar, se les ocurre que tal vez no han pensado bastante.
Es muy común intentar obtener respuestas lógicas a cuestiones que no lo son tanto, o razonar sobre cuestiones que permanecen en el universo de las emociones y sentimientos sin poder dirimirlas en su totalidad. Un ejemplo sería la mujer que dedica tanto tiempo a detallar los planes que la llevarían a ponerse en forma que no le queda tiempo para poder materializarlos y se siente por ello fracasada. Otra muestra podría ser el hombre que intenta razonar con su esposa para que ella cambie en función de lo que él piensa sin darse cuenta de que lo que hace es aumentar su problema.
Vivir con el supuesto de que solo es factible conseguir las cosas de una manera genera un dolor que podría no tener fin. Recuerda al de aquella mula que, al no poder pasar a través de una pared, se obstinaba en golpearla cada vez más fuerte con su cabeza.
Nuestra red neuronal forma un sistema maravilloso que nos permite investigar el mundo y vivirlo, pero conviene conocer sus limitaciones. Las personas disponemos de esa herramienta precisamente para experimentar la realidad, no tanto para filtrarla a través del pensamiento. Cuando niños, simplemente descubríamos el mundo con la mente curiosa como la de un científico: probábamos las cosas, llevándolas a la boca y jugando placenteramente con las texturas, olores, etc.
Es justamente con el uso de razón cuando empezamos a alejarnos de la experiencia y a reflexionar acerca de ella. ¿Qué significan las cosas? ¿Qué van a pensar de mí? De ese modo el niño o el joven se apartan de vivir la vida para reflexionar y encontrar la manera de acertar y agradar. Cuanto más dura haya sido nuestra vivencia de la infancia, más probable es que nuestra necesidad de reflexionar, de asegurarnos, sea mayor. Tal vez por ello, para no sentir la incertidumbre, el no saber que pasará, evitamos volver a lo sensorial a base de pensar y pensar. Jiddu Krishnamurti decía al respecto: “Cuando la inseguridad en busca de certezas nos domina, el pensamiento se convierte en nuestro peor enemigo”.
Según la tradición expresada en los cuentos maravillosos, se dan tres tipos de funciones del pensamiento que vienen simbolizadas por los personajes arquetípicos del Rey, el Héroe y el Hada. El Rey (o Reina) representa la reflexión, vigila que todo esté en orden en el reino para que las semillas crezcan y den fruto encarnando las fuerzas de la inteligencia, la autoridad y la decisión. El Héroe, dispuesto a todo, representa la conexión emocional con las cosas, sus fuerzas son el coraje y el compromiso. Por fin, el Hada representa la fecundidad infinita aportando el poder maravilloso de conseguir las metas. Tomando esta rica metáfora, parece que cuando pensamos demasiado, nuestra función de Rey está teñida por nuestros apriorismos, nuestras verdades. Nuestro Rey interno, a veces, se pierde el disfrute de reinar dando prioridad a su mente en lugar de sentir y actuar haciendo más presentes los arquetipos del Héroe y el Hada.

¿Pensar o experimentar la vida? Aprende a actuar

Existen muchos ejemplos cotidianos de cómo podemos amargarnos la vida a través de nuestros pensamientos. Una situación muy común puede ser la que nos comentaba una madre en la consulta: cuando discutía con su hijo al pedirle que colaborara en casa, si él no lo hacía ella se imaginaba que de mayor sería probablemente un fracasado, un vago, etc. Todos estos pensamientos la hacían sufrir, y ella se esforzaba en no pensar en esas cosas tan terribles, pero entonces caía en la paradoja que describe el filósofo griego Epicteto: “Pensar en no pensar ya es pensar”.
Las trampas mentales creadas por un exceso de pensamiento que resulta ineficaz son muy habituales, como recuerda el psicólogo Giorgio Nardone, y podrían agruparse en tres categorías:
El control que lleva a perder el control. Sucede cuando se intentan controlar las sensaciones y emociones junto a sus reacciones fisiológicas mediante el pensamiento. Sería el caso de quien se limita a repetir fórmulas como: “No quiero estar ansioso, debo relajarme”.
Pensar en no pensar. Equivaldría a pretender anular pensamientos incómodos o temidos pensando en otra cosa.
Buscar respuestas correctas a preguntas incorrectas. En ocasiones una persona se afana en intentar encontrar respuestas certeras y tranquilizadoras a dilemas que no pueden resolverse pensando. En ese caso, por mucho que se reflexione, se estarán buscando las respuestas en el lugar equivocado, como aquel borracho que perdió las llaves y las buscaba bajo una farola “porque ahí había luz”. ¿Será lo bastante dulce esa fruta que no hemos saboreado? Solo conoceremos su dulzor probándolos.
Si prestamos la suficiente atención nos daremos cuenta de que en estas tres categorías existen un sinfín de experiencias cotidianas donde resulta muy fácil excederse pensando sin solucionar ninguna preocupación. Por supuesto, no hacemos un alegato a favor de no pensar, simplemente prevenimos sobre lo inadecuado de pensar en exceso, en especial cuando la solución no da los resultados apetecidos.
Aprender a combinar pensamiento y acción no garantiza la felicidad pero nos mantiene alejados de la obsesión y suele deparar un aprendizaje interesante. Como afirmaba el monje trapense y escritor Thomas Merton: “No me hice sacerdote para no sufrir, sino para hacerlo más eficazmente”. Es decir, obtener resultados más interesantes a través de la experiencia y el aprendizaje de una vida bien vivida.

Hacer para crecer

“Nunca ararás el campo revolviéndolo con el pensamiento”, dice un proverbio irlandés. No es fácil enfrentar el problema de cavilar y pensar en cosas que nos preocupan centrando la atención sobre todo en los aspectos negativos. Puede parecer ilógico que pensar demasiado nos acarree numerosos peligros. Y no es difícil maquillar la postergación de acciones que pueden mejorar nuestra vida tras una apariencia de perspicacia y capacidad reflexiva.
En la vida es preciso tomar decisiones y llevarlas a cabo y, cuando lo hacemos, nos sentimos liberados. Dejar de rumiar sin fin requiere la capacidad de darse cuenta de cuándo hay que poner fin al pensamiento para pasar a la acción. Buscar ayuda de alguien con capacidad de acción en ese momento puede ser un recurso válido. Comprometerse emocionalmente con lo que queremos hacer y hacerlo es otorgar a nuestro Héroe y nuestra Hada interiores un lugar al lado del Rey. De este modo, cuando una persona está pensando demasiado y sufre lo que podría llamarse “la parálisis del análisis”, le puede convenir establecer un plan de acción y realizar los primeros movimientos que, poco a poco, le ayuden a lograr aquello que busca. Si las ruedas del coche caen en un socavón, una buena táctica puede ser ir suavemente adelante y atrás hasta que el vehículo se impulse lo suficiente para salir del atasco. De modo paralelo, permitirse la posibilidad de que en nuestro plan haya que ir adelante y atrás nos alivia frente a la “obligación” de acertar a la primera.
La vida, decía Osho, no es un problema para resolver sino un misterio para descubrir. Es, pues, momento de romper el yugo de la cavilación y hacer cosas para crecer al tiempo que mejoramos el lugar de nuestra existencia.

En un tuit 1
Sabes más de lo que crees que sabes
Las neurociencias han demostrado que el cerebro registra millones de datos a cada momento; como no podemos darnos cuenta de todo, omitimos muchas de estas informaciones que van a parar a nuestro inconsciente. Algunas personas llaman intuición al fruto de esa información oculta en algún lugar de nuestra mente. Encontrar maneras de confiar en nuestra intuición y practicar ejercicios creativos para liberar esa sabiduría son excelentes alternativas para dejar de pensar sin fin. Disciplinas como el yoga, la meditación, la hipnosis ericksoniana o la PNL pueden ser de utilidad, así como la práctica de actividades que estimulen la espontaneidad en la vida cotidiana.

En un tuit 2
Pensar menos y vivir más
El pensamiento excesivo y la cavilación son procesos que generan un considerable desgaste mental. Nos referimos concretamente al hecho de pensar hasta sentir una sensación de bloqueo que afecta a la propia estima. Si se detecta eso, puede resultar útil poner en marcha alguna de estas sugerencias:
Practicar una actividad física. Hacer ejercicio en cualquiera de sus formas contribuye a modificar la bioquímica cerebral. Puede mejorar el efecto de ciertos fármacos que se usan para la depresión o incluso sustituirlos en algunos casos.
Consultar a un profesional. Reconocer la debilidad puede ser un signo de verdadera fortaleza y un requisito en la curación. Una persona experta puede ayudar a trazar planes verdaderamente realistas y a avanzar por el camino de la acción.
Dedicar un rato estipulado a pensar. Un buen ejercicio para “dominar” el pensamiento desbocado suele ser establecer un horario fijo para preocuparse y pensar. Proponerse hacer alguna cosa y llevarla a cabo es una manera ideal de utilizar el tiempo restante.
Aceptar que no somos perfectos. La perfección no existe. Hacer algo incluso sabiendo que no nos irá bien del todo puede ser mucho mejor que quedarse en casa pensando.
Dar un tiempo diario a retornar a lo sensorial. Dedicar unos minutos a sentir tu cuerpo, a saborear un plato, escuchar una canción, oler una flor, bailar, pasear y sentir el viento suele dar resultado tras un corto tiempo de práctica.
Descubrir la meditación o el mindfullness. Cuando se practican técnicas meditativas la percepción se hace más viva al tiempo que se aprende a confiar menos en los propios pensamientos.
Confiar más en la intuición. Hay estudios que demuestran que tomamos decisiones correctas en el corto espacio de tiempo 3 segundos, sin embargo fallamos mucho más cuando nos damos un tiempo amplio para razonar. Atrevámonos a descubrirlo.

Libros recomendados:
El túnel. Ernesto Sábato. Ed. Cátedra
Pienso luego sufro. Giorgio Nardone. Ed. Paid
Cuando la depresión se contagia. Michael Yapko. Ed. Urano

Master y Postgrado en Terapia Breve y Estratégica (IESP-CETEBREU-Universitat de Girona)

Nos da mucho placer presentar nuestra primera Edición del Master en Terapia Breve tras más de 20 ediciones de nuestro Postgrado. Hemos diseñado una formación muy completa, con  la mirada puesta en el desarrollo del Terapeuta. Comunicación, relación y estrategia serán diseccionados y puestos en práctica en nuestro master. Es una oportunidad única en el panorama formativo para adquirir la estructura operativa de un/una terapeuta breve. Un poco más abajo y en otro color tenéis un link que os llevará directamente a la información!

 

Aquí tenéis toda la información sobre el Master en Terapia Breve y Estratégica que realizamos conjuntamente con IESP y la Universitat de Girona.

Afrontar el miedo

AFRONTAR EL MIEDO

Pensemos en el inicio de la vida. La mayoría de mujeres que se convierten en madres es porque así lo desean, sin embargo en nuestro caso, no podemos dejar de pensar en el miedo que nos invadía cuando tuvimos a nuestros propios hijos. Estábamos ilusionados, sentíamos un fuerte deseo y, al mismo tiempo, nos inundaba un gran temor frente a ese proyecto. Deseábamos que todo fuera bien al mientras temíamos el impacto que ese nacimiento podía tener en nosotros. Zozobrábamos frente a los peligros que están relacionados con la seguridad en el embarazo y el nacimiento de los bebés, el propio miedo a no ser capaces de ejercer bien la paternidad y en ocasiones, nos asaltaba el temor al impacto que todo ello podía conllevar con nuestra vida individual, nuestra pérdida de libertad, o dificultades que se pudieran generar en la pareja por causa de ese importante acontecimiento. Aun así, a pesar de esos recelos, disfrutamos del nacimiento de nuestros hijos y de nuestro día a día.

No sentir temor frente a los avatares de la vida, sus vaivenes y sus cambios sería una imprudencia propia del iluso, porque en nuestra existencia, desear algo y a la vez temerlo es una experiencia cotidiana.

Nuestros temores pueden llevarnos a valorar nuestra vida y a hacerla más interesante pero cuando el temor nos atenaza, nos frena y nos hace sufrir es cuando tenemos que poner manos a la obra para encontrar caminos hacia una vida más plena.
Somos seres sociales
Las personas somos seres sociales, es decir,

precisamos de los demás para poder salir delante de una manera sana.

Cuando nacemos carecemos de las capacidades necesarias para sobrevivir, de modo que desarrollamos otras capacidades que nos permitan pertenecer a una red que nos proteja, nos nutra, nos permita crecer. Es por ello que desde nuestra más tierna infancia ponemos en marcha recursos que nos permitan generar vínculos duraderos y saludables para poder proseguir con nuestra vida. Nuestra biología activa nuestros cuerpos para que nuestros sistemas hormonales se equilibren con las personas que nos han de cuidar. Con el tiempo, cuando somos niños, aprendemos las leyes y normas de nuestro entorno y aprendemos a hacer cosas para ser aceptados y queridos por nuestros allegados. Esa vinculación es la estructura del amor y la peor de las maldiciones que puede padecer una criatura es tener el sentimiento de la pérdida de este vínculo amoroso.

Curiosamente, el nacimiento de este tipo de miedo está en el amor.

Parece que sea la otra cara del amor, al que siempre acompaña. Este desasosiego, pues, se convierte en una especie de “pegamento” relacional y aprendemos que ese sentimiento nos ayuda a actuar prudentemente para sentirnos a salvo en los “brazos virtuales” de aquellos que nos cuidan.

La pérdida del amor
Si existe una vulnerabilidad insuperable es la de la posible pérdida del amor y del cuidado. Es por ello, que en la vida las personas nos esforzamos en ser buenas, precisamos del sentimiento que el afecto del otro nos hace sentir. Es por ello que nos comprometemos, en muchas ocasiones en agradar a los demás o en demostrar cuán válidos somos. Sentirse valioso, ser amado en sus diferentes versiones como la del amor filial, la de nuestra familia de origen, o el romántico amor de pareja igual que el reconocimiento social que nos pueden proporcionar nuestros logros son alimentos orientados a sentirnos bien, adecuados y queridos. De ahí, que el dolor que causa la pérdida del amor sea como un lobo que nos muerde poderosamente el corazón. Ese dolor nos lleva a la imagen del miedo, y ese miedo puede llegar a ser paralizante si nos alejamos de nosotros mismos y de nuestros anhelos.

El temor y la prudencia
Otra de las caras del temor es la que nos lleva a vivir la vida con una cierta prudencia. Este tipo de recelo puede hacernos sobrevivir en una situación de peligro, una experiencia estresante o frente a los retos a los que la propia vida nos invita. Todo ello parece estar relacionado con el deseo de seguridad y protección que toda persona tiene, atendiendo a la historia, el miedo ha sido un protector de la vida humana y la incertidumbre ha facilitado que los seres humanos desarrollemos vías extraordinarias para sobrevivir en entornos durísimos.

La carencia del temor, habría acabado con toda certeza con nuestra especie.

Las personas nos movemos entre la ambivalencia de aquello que queremos conseguir y el temor que sentimos ante el fracaso. No es fácil la vida, de hecho, como podemos observar, la vida aparece como una excepción en el universo y ante tanta fragilidad la prudencia y el miedo no son malas compañías. Así pues cuando queremos asegurarnos de que las cosas van a ir bien es importante poder ser comedidos.
Del temor al miedo que paraliza
Como vamos indicando, el temor no tiene porqué resultar nocivo. La vida es rica en experiencias que nos causan temor y eso no es tan malo si podemos aceptar el temor como una acompañante en nuestro viaje.

Sólo cuando evitamos aquello que tememos es cuando alimentamos al monstruo del miedo, sólo cuando pensamos que el miedo se evaporará tan sólo con no pensar en él, o cuando creemos que no llevando a cabo algo que tememos nos ayuda.

Nunca nadie ha conseguido hacer nada sin realizarlo. No aprendemos a conducir sin pasar por el temor de hacerlo, no podemos conocer la felicidad del amor si tememos ser derrotados de antemano. Nadie logró una cita sin correr el riesgo de ser rechazado en ella. Garantizamos una vida lamentable cuando posponemos nuestros deseos, postergamos las sensaciones desagradables que nos proporcionan algunas cosas. A veces le llamamos pereza y, sin embargo, no es más que la evitación de aquello que tememos. La parálisis del miedo se perpetúa en la inacción, en la excusa, y en la duda sin fin. Cuanto más nos alejamos de aquello que queremos, más de ve dañada nuestra autoconfianza y por ello sería conveniente aprender a avanzar a pesar de la inquietud que nos produce aquello que evitamos.
La incertidumbre puede convertirse en la espoleta del miedo a condición de querer controlarlo todo con el pensamiento. Cuando el temor nos atenaza, solemos pensar y pensar, dándole vueltas a aquello que intentamos en vano dominar.

El mundo es maravilloso si estás dispuesto a explorarlo en la acción en vez de buscar verdades tranquilizadoras de antemano.

Uno sólo puede conocer el sabor de un fruto después de probarlo, evitar una posibilidad por querer ahorrarse una experiencia desagradable resulta una gestión ineficaz del miedo. Puesto que las amenazas crecen en la oscuridad de la evitación

Crecer
La armadura del miedo no crece. Nosotros si. Cuando éramos pequeños, aprendimos que el temor podía protegernos y con el tiempo nos damos cuenta de que aquella coraza que protegía nuestro tierno espíritu en la infancia nos viene pequeña, nos resulta tremendamente incómoda. Aquello que sin duda fue útil en el pasado puede que ahora no nos haga falta. Crecer es eso, tomar conciencia de cómo el miedo antaño nos proporcionó seguridad y aprender a reconocérselo para poder sacarlo de nuestro interior para, por vez primera, ir de la mano con él. Ese es el primer paso para poder seguir adelante, en lugar de estar en medio de la calle luchando con la armadura, inmóviles, mientras la vida tiene otros planes.

Podemos negociar con el dragón para pedirle que nos coja de la mano y nos ayude a cruzar la calle encharcada de las dificultades de nuestra existencia.

Alcanzar la madurez
El director norteamericano de cine Francis Ford Coppola suele decir que:

“La mejor manera de prever el futuro es inventarlo”.

Tal vez por eso las personas construimos objetivos y retos en nuestras mentes como recurso para vencer el malestar. Pasamos durante la vida diferentes etapas para alcanzar la madurez de nuestro espíritu. El ciclo del crecimiento parece cumplir con diferentes procesos: Deseamos, nos ponemos en marcha para alcanzar las cosas que queremos, nos acomodamos a esos logros y con el tiempo, esos logros se nos quedan pequeños. Notamos que tenemos necesidad de seguir avanzando, puede que las dificultades nos venzan, y extraemos aprendizajes de todo ello. Durante algún tiempo podemos estar instalados en crisis que nos enseñan a transformarnos y nos obligan a encontrar nuevas maneras de funcionar. Luego, de nuevo, nos acomodamos y con el tiempo, volver a empezar.

Hacia la libertad
No podemos esperar a que el miedo desaparezca por sí solo. No suele irse de nuestra vera así como así. Es un malestar que nos invita al reto paradójico de aprender a vivir con él para vivir si él. Es el caso del que aprende a salir de casa aun sintiendo miedo en lugar de permanecer siempre en ella esperando a ver si mañana ocurre un milagro y me siento bien, el caso del que dice la verdad aun teniendo miedo de que alguien resulte dañado, puesto que todos sabemos que la mentira aún duele más al ser descubierta. Temer y vivir como la vacuna contra el miedo como dijo el poeta Francisco de Quevedo ‘Siempre se ha de conservar el temor pero debemos aprender a no mostrarlo’. Las personas que superan el miedo y la desconfianza que genera lo hacen invitándolos a hacer esas cosas contra las que nos previenen, “Lo haré con miedo pero lo haré”. La experiencia nos suele demostrar de que no es tan fiero el león como lo pintan y de que, a posteriori, los beneficios de hacer aquello que tememos suelen ser muy enriquecedores. Así pues,

ser valiente significa afrontar las vicisitudes de la vida y los retos que comporta aun teniendo miedo. Dejar de pedirnos ser otros para encontrar una manera de ser nosotros mismos pero más eficientes recordando que el coraje no es la ausencia de miedo sino la capacidad de dejarse acompañar por él en la consecución de lo que es importante para nosotros.
Evita evitar
Una de las respuestas clásicas a las cosas que tememos es evitarlas. La evitación puede parecer una respuesta lógica para preservarse de la angustia aunque en grandes dosis perpetúa nuestro miedo y afecta a nuestra percepción sobre nosotros mismos.

Nunca se pudo dominar un acontecimiento evitándolo y, por el contrario, cuando afrontamos nuestros temores y llevamos a cabo las situaciones temidas nuestra persona se ve reforzada.

Afrontar paulatinamente, en cambio, nos proporciona sentimientos de satisfacción y eficiencia personal que redunda en nuestra autoestima. Dar pequeños y prudentes pasos siempre es mejor que no hacer nada por temor.
El poder negativo de las expectativas
Cuando tememos algo normalmente nuestro cerebro genera una imagen interna donde nos vemos a nosotros mismo logrando algo con éxito, con total tranquilidad. Cualquier resultado que no sea igual que nuestra imagen interna, nos genera frustración y tendemos minusvalorar el hecho de haber afrontado la situación. Así pues, las expectativas de éxito pueden estar funcionando en nuestra contra. Qué tal sería decirnos a nosotros mismos: “Aunque salga mal, lo importante es hacerlo”. Si esperamos a estar totalmente seguros de que todo irá bien, seguramente no haremos demasiadas cosas.

El arte de la empatía

El arte de la empatía

En cierta ocasión pudimos ver una escena de esas que suceden de vez en cuando en el parque infantil.  Mientras nuestros hijos jugaban, uno de los críos que andaba por allí cayó desde lo alto de un tobogán. Al levantarse del suelo, se dio cuenta de que la sangre manaba de sus labios y se asustó mucho, llorando desconsolado. Todos corrimos a acercarnos para socorrerlo, y mientras el pequeño aullaba, se hizo un coro en que todos decían a una: “¡No llores, no es nada!” “¡Sólo es un poco de sangre!” La mamá del pobre crío, lloraba también, mientras abrazándole le gritaba: “¡Ay, mi niño!”. Todos nos esforzamos en ayudar, y sin embargo nos quedó la sensación de que tal vez no habíamos acompañado bien esa experiencia. ¿Le resultamos útiles para calmar su dolor? ¿Fuimos capaces de hacerle saber que comprendíamos lo que  necesitaba?
Al hablar de empatía todos evocamos el concepto de sufrir, de sentir aquello que el otro siente. La propia etimología de la palabra nos remite al concepto griego de pathos o sufrimiento. No obstante, algunas personas empatizan demasiado, llegando a estar sufriendo por los demás en la totalidad del tiempo, mientras otros ni siquiera son capaces de percibir cuando el otro se siente vulnerable o feliz. La empatía saludable nos permite participar de los sentimientos de los que nos rodean y congratularnos o dolernos con ellos para poder vivir en armonía con el entorno.

«LA EMPATÍA SALUDABLE NOS PERMITE PARTICIPAR DE LOS SENTIMIENTOS DE LOS QUE NOS RODEAN»

 

Acompañar a los demás y hacerlo bien puede permitirnos mejorar sensiblemente la calidad de nuestras relaciones, redundando todo ello en una mayor sensación de plenitud y autoestima. Nadie puede vivir solo, aislado de los sentimientos de los demás pero, cuidado, nadie debería vivir inmerso eternamente en la turbulencia de la emocionalidad propia y ajena.
Cuando la empatía duele
En las relaciones humanas saber compartir los acontecimientos vitales,  las crisis, las alegrías y las experiencias dolorosas de los demás forma parte del arte del buen vivir, es por ello que hay que estar atento a lo que sucede a nuestro alrededor. Lo cierto es, sin embargo, que para mucha gente este tipo de sintonía se convierte en una pesada carga. Son personas que son incapaces de establecer separación entre lo que les ocurre a los otros y lo que les pasa a ellos mismos. Sufrir en demasía por un hijo puede impedirle un crecimiento sano y padecer a todas horas por una pareja,  un familiar o un amigo, no suele ser eficaz en la resolución de las dificultades sino que además puede hacernos sentir desgraciados e incompetentes. Muchas personas que padecen dolores crónicos y depresión suelen comentar que se pasan la vida padeciendo por los demás. Por supuesto, como ya hemos dicho antes, es importante preocuparse por los que nos importan pero hay que saber prevenir cuando nuestra capacidad de compartir las emociones excede lo saludable y lo útil. Una buena pregunta a realizarse cuando nos damos cuenta de que estamos empatizando en exceso es la siguiente ¿Está colaborando mi malestar a que el otro se sienta mejor?
Cuando por empatía sentimos la angustia por lo que le sucede al otro, solemos abordar la situación de diferentes maneras, en ocasiones sermoneamos a la persona sin demasiado éxito, en otras, actuamos directamente realizando acciones que nadie nos ha pedido. La psicoterapeuta y experta en Constelaciones Familiares, Marina Solsona suele decir, en una afortunada analogía, que cada persona carga con su propia cruz. Entendemos la empatía como pretender arrancársela de sus manos para llevarla nosotros, sin embargo, en muy pocas ocasiones se nos agradece el hecho y menudo la persona resulta ofendida por nuestro “empático” intento de ayuda. Nuestra propuesta, pues, no es dejar de preocuparnos y ayudar a quién queremos, sino aprender a hacerlo más de manera más sana.
Prestar atención
Es más fácil decirlo que hacerlo, pero la primera etapa de la empatía saludable empieza prestando atención a aquellos que nos importan. Poner nuestra agudeza sensorial al servicio de nuestro interlocutor puede ayudarnos mejor a comprenderlo sin invadir su experiencia. Tenemos el hábito de “traducir” aquello que observamos en el otro a nuestro propio idioma y extraemos conclusiones de lo que ocurre en base a nuestras experiencias, historias personales y expectativas. Si lo que queremos es empatizar, no hay nada peor que pretender que los demás vivan las cosas exactamente como nosotros y que consecuentemente actúen como nos parece correcto. Observar, escuchar y dejarse sentir es el paso previo a un buen acompañamiento;  interesarse por el otro, preguntándole y mostrando interés puede ayudarnos a formarnos una idea más clara de lo que anda ocurriendo en la persona que nos interesa. Si un consejo dado nunca es seguido, es un primer indicador de que no estamos siendo suficientemente empáticos o que lo estamos siendo demasiado.  Lo ideal sería un enfoque curioso, de “no saber”, que nos permita calibrar aquello que la persona está vivenciando. Cuando somos capaces de poner nuestra atención sin actuar precipitadamente y sin enjuiciar, podemos abrir la puerta a una conexión de confianza que nos conduzca a la empatía genuina.

«CUANDO SOMOS CAPACES DE PONER NUESTRA ATENCIÓN SIN ACTUAR PRECIPITADAMENTE Y SIN ENJUICIAR, PODEMOS ABRIR LA PUERTA A UNA CONEXIÓN DE CONFIANZA QUE NOS CONDUZCA A LA EMPATÍA GENUINA»

 

El simple hecho de ser mirado desde esa perspectiva hace que la persona se sienta validada sin sentirse juzgada lo que redunda en una mayor posibilidad de comprender al otro.
La comprensión
La empatía podría ser definida como “el arte de que el otro se sienta comprendido”, aunque su arte no se basa tanto en comprender como de ser capaz de enviar señales inequívocas de que podemos entender lo que le ocurre al otro. ¿Quién no tuvo, en la infancia la sensación de nuestros padres eran incapaces de demostrarnos que nos entendían? Nos sentíamos frustrados y tal vez decíamos –No me quieren, no me entienden- por cosas que seguramente ellos habían vivido también.
Este es el sentido de la empatía, el de conectar con la experiencia de quién nos importa para poder crear un campo de comprensión entre ambos que le permita al otro encontrar la fórmula de cómo gestionar lo que le acontece. Poder admirar la cruz del ajeno para ofrecer un reconocimiento al que discurre con tan pesada carga. Esa, sin duda, puede ser una eficaz manera de ser empático.
Ponerse en segunda
En cada situación existen, por lo menos, tres posiciones de percepción. La primera hace referencia a mí mismo. ¿Cómo percibo lo que pasa? ¿Qué pienso sobre ello? La segunda posición, por otro lado, se refiere a cómo el otro vivencia la experiencia ¿Cómo es esta situación si soy el otro? En una tercera posición visualizamos como observadores lo que está ocurriendo. No es raro estar anclados a esa primera posición y cotejar la realidad desde nuestro punto de vista, es ahí donde puede resultar enriquecedor ponerse en segunda. En una discusión,  sería ser capaz de enfundarse en el papel del otro para experimentar la situación desde ahí. La empatía es una manera emocionalmente inteligente de usar este cambio de perspectiva. La asertividad, en cambio, es la capacidad de ponernos en la primera posición, es decir, volver a nuestro propio lugar. Una persona que domina la habilidad de colocarse en “la piel del otro” puede facilitar anticiparse a lo que el otro va a sentir y ser de gran ayuda en momentos de dificultad.

«LA PERSONA QUE DOMINA LA HABILIDAD DE PONERSE EN LA PIEL DEL OTRO PUEDE FACILITAR ANTICIPARSE A LO QUE EL OTRO VA A SENTIR»

También en los momentos de alegría y felicidad, poder experimentar la posición del otro nos garantiza acompañar la experiencia de manera más rica. No hace mucho, la pediatra que atendía a nuestro hijo le advertía, “la inyección duele, pero me parece que llorarás sólo un poquito” logrando que el pequeño soportara el pinchazo estoicamente y sin derramar una sola lágrima. En estos casos, ratificar la experiencia del otro permite dar lugar a un buen acompañamiento que facilite cualquier acción posterior. El mensaje es, a diferentes niveles, entiendo lo que pasa y valido cómo te sientes. Está bien sentirse así.
La empatía útil
Este es el punto crucial. Cuando nuestra angustia no mejora el estado del otro, ni tan siquiera permite al otro sentirse como se siente, es cuando hay que dar paso a la empatía útil. En una ocasión visitamos a una enfermera que había perdido un bebé recién nacido. Estaba muy deprimida y lloraba tristemente. Como tenía dos hijos más, uno de cuatro años y otra de dos, todo el mundo intentaba animarla. Le preguntaban cómo estaba y luego la aconsejaban –tienes otros dos hijos por los que deberías estar contenta y tirar adelante- le decían. Ese es un ejemplo poco eficiente de empatía. Si prestamos atención al otro, cabe darse cuenta de que la tristeza y la rabia son reacciones naturales en un caso así. Poniéndonos en segunda, probablemente nos demos cuenta de que el hecho de tener hijos no te restituye la pérdida del hijo que murió. La verdadera empatía nace con la idea de que la persona que sufre se sabe validada en su experiencia, de modo que decirle: “¿Cómo no vas a estar mal? ¿Qué saben ellos?” era una manera de expresar que comprendíamos lo que pasaba. Entre sollozos dijo: “No me han dejado llorarlo”. Poder hablar de ello nos permitió, con el tiempo, crear un ritual para ayudarla a seguir adelante al tiempo que podía despedirse de su bebé.
Esa es la base de la empatía útil, poder mirar  a la persona como a esa criatura que siente dolor y hacerle saber que, simplemente, está bien sentirse así.
En un tuit 1
Huir del consejo bienintencionado. El consejo suele pertenecer a nuestro modelo de mundo. En ocasiones nos angustiamos tanto con lo que le ocurre al otro que nos precipitamos. Recordemos que si la persona pudiera hacer de inmediato lo que le pedimos, no tendría los problemas que tiene. Ser paciente con los demás y respetar sus tiempos es un camino real hacia la empatía.
En un tuit 2
Practicar las diferentes posiciones de percepción. Practiquemos un par de veces por semana la siguiente propuesta: ¿Cómo sería mi vida si fuera él/ella? Es un ejercicio que no debe durar más que unos segundos. Por ejemplo, si tu hija se muerde las uñas, pregúntate ¿Cómo sería morderme las uñas? ¿Qué tiene eso de gustoso? Por el contrario, si has detectado que sueles “empatizar” demasiado, practica la propuesta siguiente, pregúntate: ¿Me sienta bien esto que pasa? ¿A quién se lo tengo que decir?

 

Hablando Claro con la Dra. Joanna Moncrieff

Entrevista a Jane Moncrieff
Joanna Moncrieff es una psiquiatra controvertida, hace unos años empezó a mover conciencias con su primer libro llamado «El mito de la cura química”. Durante este tiempo, la Dra. Moncrieff ha investigado con profundidad los estudios que se han realizado sobre los diferentes tipos de psicofármacos y ha puesto en marcha estudios rigurosos acerca de cómo estos medicamentos afectan a los pacientes. Los tratamientos y seguimientos que realiza con pacientes que padecen trastornos psicológicos la ha llevado a exponer sus teorías acerca de cómo la industria farmacéutica ha influido en el pensamiento de los médicos y los pacientes para poder aumentar y garantizar su éxito a la hora de vender sus productos.
Profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, ejerce también la práctica clínica. Es fundadora y presidenta de Critical Psychiatry Network, entidad que agrupa a psiquiatras que se oponen al modelo biologicista tradicional y su enfoque de coacción sobre el paciente. A pesar de que puede parecer una mujer frágil, critica con determinación el uso excesivo de los medicamentos psiquiátricos y denuncia la influencia negativa de  la industria farmacéutica sobre los médicos y sus pacientes.
Ha visitado nuestro país con motivo de la presentación de su segundo libro publicado titulado: “Hablando Claro”. En él sigue explicando su visión acerca de los medicamentos psicoactivos y alentando a sus lectores a ejercer una opinión activa y crítica frente a la prescripción masiva de estos tratamientos. Aprovechando su presentación en el Colegio de Médicos de Catalunya, Cuerpomente la ha entrevistado para poder conocer más a fondo su trabajo y sus opiniones. La Dra. Moncrieff esuna mujer decidida y su mirada transparente nos indica que es una profesional comprometida con el bienestar de sus pacientes.
CM: Dra. Moncrieff ¿cómo le vino la idea de escribir este libro?
JM: Bueno, la verdad es que siempre he sido muy observadora y curiosa, ya cuando estudiaba medicina, durante mi residencia de psiquiatría, me daba cuenta de que algo no cuadraba entre lo que me decían mis profesores y los libros que leía y lo que observaba en los pacientes. La cuestión era que cuando los miraba, solía ver a personas que actuaban como zombies y me preguntaba si realmente eso era lo que pretendíamos ver como la cura de una enfermedad, todo eso me resultaba contradictorio. No veía a la gente curada, la veía aturdida.
CM: ¿Qué ocurrió entonces?
JM: Empecé a leer mucho sobre esto. Descubrí muchas cosas que relato en mi libro. Estudié artículos científicos e investigaciones sobre cómo los fármacos afectaban a las personas. Luego empecé a promover algún estudio con el que empecé a emitir mis propias opiniones.
CM: ¿Cuándo empezó a pensar diferente del resto de sus colegas?
JM: Ahora que lo pregunta, nunca me había detenido a pensar cómo empecé a prestar atención a esas cosas. Quizá al tener en cuenta el efecto placebo, comparando los resultados con el efecto placebo me sorprendí al ver que los resultados no estaban siendo demasiado significativos. Cuando tomaban los tratamientos veíamos cambios en los pacientes, pero no siempre eran los esperados. Por ello, empezamos a pensar que en realidad el fármaco provoca estados que son diferentes a los trastornos sobre los que actúan. No hacen aquello que se suponía que deben hacer. Según el pensamiento tradicional, el medicamento debía restablecer un equilibrio químico. Sin embargo no tenemos pruebas de que eso ocurra.
CM: ¿Entonces qué es lo que ocurría?
JM: Los medicamentos crean un estado diferente al que el paciente tiene. Si hacen eso, no podemos pensar que la persona tiene el trastorno, tiene otra cosa. Algo creado por el fármaco que no es la normalidad. Como consecuencia de esas observaciones cambiamos el foco de atención de la enfermedad a los efectos creados por el medicamento. Al hacer eso, todo cambió y nos dimos cuenta de que esos fármacos podrían ser perjudiciales.
CM: Los médicos prescriben a sus pacientes estos medicamentos argumentando que curan las patologías que sus usuarios padecen. Dicen que estos productos proporcionan al cerebro sustancias químicas de las que el cerebro carece. ¿El mito de la cura química?
JM: Si, Hay muchos médicos que dicen eso. Toma esta droga, dicen, puesto que tienes falta de serotonina o cosas así podemos presuponer que entonces la cura a través fármaco viene al restablecer el nivel de la química cerebral, sin embargo eso no funciona de ese modo. Para explicar cómo funciona, veamos, por ejemplo, el caso del alcohol. Es popularmente conocido que tomar un par de copas puede ayudar a una persona tímida a desinhibirse y poder mantener una conversación. En muchos casos, la persona tímida, puede sentir, tras tomar cierta cantidad de alcohol que es una persona mucho más interesante. Sin embargo, a nadie se le ocurriría argumentar que el alcohol cura la timidez, ¿verdad? El alcohol crea un estado alterado que “tapa” la dificultad, pero que puede generar problemas posteriores graves, ¿no cree?
CM: En ocasiones, la gente que toma estas medicinas, no se reconoce a sí misma ¿Pueden tener estos fármacos efectos indeseables?
JM: Si, por supuesto. Los psicofármacos afectan de muy diversas maneras al sistema nervioso de las personas. En ocasiones, esa afectación es mejor que el trastorno que la persona padece, pero en otras no es tan eficaz. Queremos decir que, el efecto del psicofármaco es la creación de un estado que se solapa con el del paciente, esa es la idea del modelo centrado en el fármaco. La pastilla genera un estado alterado que tiene ventajas pero que también puede tener grandes inconvenientes. La mayoría de los usuarios de estos fármacos no son conscientes de crean estados alterados. Algunos de ellos son tan tremendos que no justifican su utilización puesto que son peores que el propio trastorno que pretenden tratar.
CM: ¿Significa eso que los pacientes desconocen el impacto real de esos tratamientos?
JM: Es conveniente saber que muchos pacientes, cuando dejan de tomar esos productos es cuando se dan cuenta realmente de cuán alterado estaba su estado de conciencia mientras consumían el fármaco, y sienten un tremendo efecto de carencia del producto que se confunde con una recaída. Esta recaída justifica de nuevo el tratamiento con el fármaco. Se convierte en un bucle que puede ser pernicioso. La persona se siente mal, se le prescribe un tratamiento que crea un estado alterado de conciencia pero cuando deja de tomarlo, la persona sufre un efecto rebote, es decir, tiene un empeoramiento en su estado que puede ser causado por la carencia del fármaco. Esta recaída justifica de nuevo la utilización de fármaco, puede que hasta en mayor dosis, creando así la posibilidad de una cronificación.
CM: ¿Cuál es, entonces, el origen de este enfoque terapéutico?
JM: La industria farmacéutica tuvo mala prensa cuando la gente empezó a hacerse adicta a algunos medicamentos. Por ello tuvo que pensar en nuevas justificaciones que permitieran a la gente tomar medicación. Creó la gran idea de que tu cerebro carece de ciertas sustancias y que para poder subsanar el problema había que consumirlas. Sin embargo todo eso carece de fundamento, como demuestro en mi libro. No es cierto que, por ejemplo, una persona que está aquejada de depresión carezca de ciertos niveles de serotonina. No se ha demostrado que eso sea así. Lo que se ha demostrado en cierta manera es que tomando un antidepresivo la persona tiene un estado alterado de conciencia que se solapa con su depresión. Ese nuevo estado no podemos llamarlo depresión, pero tampoco es una recuperación completa e ideal. Tomar un antidepresivo no equilibra tus niveles de serotonina, solo enmascara la depresión.
CM: Entonces ¿No hay que tomarlos?
JM: No digo eso, en ocasiones el nuevo estado es más interesante que el anterior para el paciente. Por ejemplo, algunos tranquilizantes, pueden ayudarte puntualmente para sobrellevar situaciones. Pueden permitir que la persona enfrente el problema más eficientemente. ¿Por qué no tomarlos, si son útiles? La cuestión es en que el usuario de un producto como ése desconoce toda la información acerca de los efectos secundarios, el efecto rebote, o peor aún no se le ha dicho nada acerca del efecto que causará la retirada del fármaco si la persona se encuentra mejor, que en algunos casos es un puro síndrome de abstinencia.
CM: ¿Pueden provocar “adicción psicológica”?
JM: Por supuesto. Ése es uno de sus peores efectos. Las personas que toman medicación, por definición, empiezan a desconfiar de ellos mismos y de su capacidad para enfrentar situaciones sin ella. Algunos psicofármacos pueden convertirse en una falsa ayuda. La persona que, por ejemplo, enfrenta una reunión tomando una pastilla puede llegar a la conclusión de que sólo si consume ese producto puede enfrentar dicha reunión. Muchos estudios muestran que una buena psicoterapia puede ser de más ayuda que un tratamiento con psicofármacos.
CM: ¿Cómo ven sus colegas sus propuestas? ¿Tienen aceptación?
JM: Poco a poco voy dando a conocer los resultados de mi trabajo. Hay controversia y las opiniones son diversas. Muchos están en desacuerdo conmigo, pero algunos de mis compañeros psiquiatras se muestran interesados en privado pero suelo ser ignorada. Afortunadamente hoy en día, cada vez hay más profesionales comprometidos con nuestro enfoque y eso nos ayuda a estar esperanzados con el futuro.
CM: Imaginemos un escenario sin tanta medicación ¿Qué es lo que sugiere que podemos hacer con alguien con una depresión moderada, por ejemplo?
JM: Es importante contar con todas las personas que están involucradas, la familia, los médicos, pero lo que es crucial es encontrar lo que a esa persona le sucede. Cuando ponemos una etiqueta, como por ejemplo la depresión, convertimos a la persona en una foto fija. ¿Qué es lo que le pasa? Sin duda, ese es un trabajo esencial. Ayudar a un ser humano a ver qué es lo que tiene que mejorar o cambiar en su vida. Una pastilla no va a cambiarle la vida y sabemos que no va a devolverle ningún equilibrio químico. Necesitamos actuar con la intención  de hacer que la persona sea responsable de su vida.
CM: En el libro habla de dejar la medicación cuando no ha resultado útil o cuando hay una mejoría evidente ¿Usan en su centro algún enfoque especial para “desintoxicar” al paciente que ha sido tratado durante mucho tiempo?
JM: Cada persona tiene necesidades diferentes, tenemos pacientes que han precisado de meses, incluso años, y nos adaptamos al tipo de problema que tienen y pueden ser tratados de manera puntual. Por ejemplo, pacientes graves con esquizofrenia, deben de ser tratados con mucha delicadeza al retirarles la medicación y debemos estar pendientes de su evolución por si necesitan ser apoyados farmacológicamente durante un episodio de recaída. Sin embargo, es vital para nosotros estudiar cada caso para poder comprender que causa el trastorno de nuestro paciente para poder ajustar todo el tratamiento a cada individuo.

M: ¿Qué encuentran principalmente cuando estudian esos casos?
JM: Es increíble el número de personas jóvenes que visitamos que padecen trastornos importantes como resultado de un uso de drogas “recreativas” como el cannabis, las anfetaminas y sus derivados. Muchos jóvenes quedan atrapados en un tipo de trastorno grave como consecuencia de consumos de sustancias psicoactivas. La cuestión es que son tratados por fármacos tan potentes que pueden cronificar su situación. Los estados generados por este tipo de medicación son tan alterados que impiden que el paciente pueda hacer una vida normalizada. Tal vez, esta nueva situación permita a sus familias gestionarlo mejor, pero vemos muy a menudo como estos casos son empeorados con algunos de estos tratamientos.
CM: ¿Qué hay sobre los tratamientos naturales? ¿Qué tipo de experiencia tienen con ellos?
JM: Bueno, no tratamos a nuestros pacientes con un tratamiento específico. Lo más importante es que aprendan a llevar una vida saludable. Una revista como la suya, sin duda aporta información sobre como mejorar algunos aspectos de la salud. Una buena alimentación es vital, conseguir una vida libre de estrés y hacer actividades que permitan a la persona mejorar su autoestima. Esto, claro, depende de cada caso, y no tenemos una recomendación estándar, escuchamos a nuestros pacientes y los alentamos a tener una vida sana. Tener capacidades para gestionar la ansiedad es algo que se ha mostrado útil, practicar ejercicio y, sobre todo, encontrar actividades donde el paciente se sienta útil.
CM: Cuando hablamos de medicación y de trastornos hay que hacer un punto y aparte para hablar de los niños. Hoy en día todos escuchamos sobre los trastornos que aquejan a las criaturas, pero sobretodo parece que la hiperactividad y el déficit de atención van al alza. Los médicos intentan controlar estos trastornos pero ¿Cuál es su opinión sobre este tema?
JM: Bueno, no creo que en España sea muy diferente que en Inglaterra. No parece que los entornos escolares sean muy propicios para niños que sean muy movidos, dispersos o que puedan tener necesidades específicas. Intentar controlar a los niños dándoles anfetaminas no nos parece muy buena idea. La falta de flexibilidad del sistema educativo y la vida estresada de muchas familias son un potente caldo de cultivo para trastornos de este tipo. Necesitaríamos grupos más reducidos y mayor variedad de enfoques educativos, sin duda alguna.
CM: Un conocido psicólogo, experto en salud infanto-juvenil, suele decir que hay muchos críos que se curan en septiembre, con el cambio de profesores.
JM: Claro. Es una visión inteligente pero no hay que olvidar que la industria presiona mucho puesto que los tratamientos logran generar estados en los niños en los que los niños están quietos y atentos a las explicaciones. Debo decir, no obstante, que no hay evidencias de que la hiperactividad sea una enfermedad en estricto sentido de la palabra, por tanto hay muchos casos en los que se está prescribiendo un tratamiento que no es necesario y que causa muchas secuelas a las personas que los consumen.
CM: Pues parece que cada vez hay más trastornos que pueden diagnosticarse
JM: Esa es una estrategia de la industria farmacéutica. Equiparan un síndrome, que no es más que una agrupación de síntomas, a una enfermedad. Un síndrome de ataque de pánico, por ejemplo, no es una enfermedad. Creo que tiene que ver con un complejo de inferioridad de los psiquiatras.
CM: ¿Complejo de los psiquiatras?
JM: En el inicio de la psiquiatría no existían los fármacos y los trastornos mentales se trataban de manera muy rudimentaria, con internamientos en centros cerrados y terapias de choque. Eso consideraba la psiquiatría como una disciplina poco avanzada y casi policial. El diseño de estos fármacos y la creación de nuevos trastornos ha potenciado la percepción de la psiquiatría como una disciplina muy científica. Ha disparado la autoestima de los psiquiatras.
CM: Frente a este poder de la industria y de una visión como la que impera ¿Qué podemos hacer?
JM: Como titular periodístico podríamos decir que lo importante es saber que frente a la industria farmacéutica y el lobby médico el paciente tiene derechos. Sería ideal si los facultativos pudieran informar sobre las potentes drogas que prescriben. Informar sobre los efectos que cabe esperar de esa medicación.
CM: ¿Cómo podemos ejercer esos derechos?
JM: Debería existir un diálogo médico-paciente sobre las consecuencias a medio y largo plazo de esos efectos y  sobre los devastadores resultados del consumo de estas sustancias. Los pacientes y sus familias deben preguntar acerca de los fármacos y de cómo afectarán a sus vidas. No debemos olvidar tampoco las dificultades relacionadas con el hecho de dejar de tomar este tipo de fármacos y de cómo abandonar un tratamiento crea problemáticas que pueden ser confundidas con recaídas. Tomar psicofármacos es un asunto de gran importancia y debemos tener precaución y conocimiento antes de entrar en un tratamiento de este tipo. A todos nos gustaría poder dar con una pastilla mágica que arregle nuestro sufrimiento, pero no existe ese tipo de pastilla por el momento. Existe el sentido común de los profesionales y sus pacientes.

 

Joanna Moncrieff

Liberarse del enfado

LIBERARSE DEL ENFADO

Todos, en algún momento, hemos podido presenciar la pataleta de un niño. Sucede alguna cosa y la criatura no se sale con la suya. En ese momento se avecinan nubarrones y, tras un par de segundos, se pone rojo, llora y se encoleriza. Observando esa escena, podemos percibir como actúa la emoción, cómo estalla dentro y fuera del crío. ¡Cuánto poder! ¡Da la impresión de que puede destruir el mundo entero! Sin embargo, es probable que tras unos pocos minutos, el niño se distraiga y cambie de estado, pasando de la tormenta a la calma. Los pequeños tienen la capacidad de salir de un enfado en pocos instantes, habilidad que con la edad, parece que los adultos vamos perdiendo. No es raro que los mayores encontremos ocasiones para permanecer en el enojo mucho más tiempo, sintiéndonos mal y repitiéndonos una y otra vez en nuestra mente las situaciones que nos hacen sentir desairados. Pareciera entonces que permanecer enfurecidos sea una pena que debemos arrastrar, una experiencia que los demás deben conocer o, aún peor, una condena que debemos disimular mientras intentamos mostrar nuestra mejor cara sintiéndonos encrespados por dentro. En algún lugar o en algún tiempo aprendimos a retener el enfado, a mantenerlo vivo como aquellas ascuas que al recibir un buen soplo de aire, renacen para seguir ardiendo con mayor viveza. La relación que las personas tenemos con el enfado no deja de ser consecuencia de cómo se gestionó esa emoción en nuestro pasado, en nuestra infancia, y de cómo las familias enmarcan ese tipo de emociones, cómo las toleran y como las encauzan. Lo que hacemos con esas emociones que nos visitan de vez en cuando son es una responsabilidad que tenemos para poder compartir nuestras vidas y nuestros sentimientos. Así pues, podemos mejorar nuestra relación con el enfado y descubrir sus peculiaridades para poder estar mejor, pues cabe recordar que por cada minuto que permanecemos disgustados, perdemos sesenta segundos de felicidad.

La energía del enfado

El enfado es algo muy humano, es una alteración de nuestro ánimo que sobreviene cuando nos falla algo que esperamos, o cuando las cosas no son como pensamos que deberían ser. Podemos mostrar esta emoción de muy diferentes maneras: rabia, hostilidad, agresión contra alguien o como silencio amenazante. La clave del enfado es que nos paraliza, no nos da opciones para actuar creativamente y nos sume en la frustración de querer que el mundo, las personas y las cosas no sean como son. Prestando atención a lo que nos ocurre cuando nos enfadamos es posible que nos demos cuenta de que la cólera es como un invasor que logra que nosotros nos vayamos mientras dejamos la situación a merced de esa especie de “alienígena”. Un torrente de energía se apodera de nosotros de una forma muy tosca, poco humana. Podemos admirar este tipo de naturaleza en una rabieta, pero también en la carcajada de un niño. Y podemos verla en su mejor versión en las celebraciones espontáneas o en la sexualidad intensa. Este tipo de energía puede ser horrible y sin embargo, puede ser también preciosa a condición de vibrar con ella. Hacer que el enfado se transforme en riqueza dependerá de cómo consigamos dotarlo de presencia humana, es decir, de aportarle comprensión y dirección, igual que el jinete experimentado puede lograr que su montura galope en la dirección que él desea pareciendo un único ser.

¿Para qué nos enfadamos?

¿Cuándo fue la última vez que nos desairamos? Es muy probable que todos tengamos alguna experiencia fresca en nuestra memoria, de modo que no resulta difícil preguntarnos ¿Qué pretendíamos conseguir con ello? Según la Programación Neuro Lingüística, todos los comportamientos tienen una intención positiva. Esto quiere decir que buscábamos alguna cosa con ese enfado. Muchos de nosotros nos enfadamos al pretender que alguien nos haga caso y, sin embargo, ¡qué pocas veces conseguimos nuestros deseos a través de ese enojo! Lo verdaderamente curioso del caso es que, cuando vemos que con nuestro enfado no conseguimos esa atención, solo se nos ocurre algo que probablemente no va a funcionar: enfadarnos aún más. Stephen Gilligan, precursor de la terapia de las relaciones del self y autor del libro “La Valentía de Amar” insiste en la idea de que buscamos a través de nuestros comportamientos tres “tesoros” básicos: Ser queridos, ser aceptados y ser reconocidos,  puesto que esos son los tres regalos que todo bebé debería recibir al nacer; el oro, el incienso y la mirra que todos necesitamos en nuestra infancia. Es por ello que no siempre preguntarse el por qué del enfado es algo útil. Puesto que tenemos muchas respuestas para esa pregunta y además nos resulta muy fácil encontrar justificaciones a nuestros comportamientos, quizás preguntarnos el para qué nos enfadamos nos proporcione mayor comprensión sobre lo que nos está pasando. ¿Queríamos que el otro nos diera la razón? Ése es un tipo de reconocimiento. Si lo que pretendíamos era que nos abrazaran o nos mimaran es probable que levantando la voz y tensando el cuerpo con un rostro en el que expresamos hostilidad no sea la mejor manera de conseguirlo. La respuesta habitual cuando uno es preguntado acerca del para qué se enojó es la siguiente: Me enfadé para desahogarme, para sentirme bien. Sin embargo, el desahogo es una manera de gestionar el estrés, y cuando un niño se estresa, por ejemplo, suele aliviarse con el abrazo de sus papás. El escritor escocés Robert Louis Stevenson, autor de novelas tan famosas como La Isla del Tesoro, pone en boca de su personaje, el Dr. Jeckyll la frase siguiente: “Abrázame cuando menos lo merezca, porque es cuando más lo necesito”. Tal vez, nuestras explosiones de mal genio busquen ese abrazo primal que no siempre tuvimos y que tantas veces necesitamos.

Mantener el enojo

El psicoanalista francés Jacques Lacan dijo en alguna ocasión que toda emoción que dura más de cinco minutos es teatro. Lacan nos prevenía del malestar que nos generamos a nosotros mismos y a los demás cuando en lugar de vivir la emoción dejándola seguir su propio ciclo, empezamos a realizar cosas para gestionarla. Para poder asimilar una emoción como la ira o el enfado hacemos cosas, que lejos de ayudar contribuyen a mantenernos en un estado negativo. El místico hindú Osho afirma también que la ira no es un fenómeno duradero por su propia naturaleza. La creatividad humana es tan grande que existen innumerables maneras de mantener y empeorar un buen enfado. Reconocer cuál es nuestro estilo nos permite conocernos mejor y saber, en principio, que podemos dejar de hacer para permanecer tan irritados.
Algunas maneras eficaces para mantener nuestra desazón son:
1. Crear falsas y elevadas expectativas acerca de las personas. Es decir, “enamorarnos” de la gente a primera vista y esperar que cumplan todos nuestros deseos.
2. Alimentar nuestras creencias negativas sobre nosotros mismos y estar convencido de que los que opinan diferente piensan que somos estúpidos.
3. Dejar de mirar lo que ocurre en realidad para prestar atención a las películas que surgen en nuestra mente, imaginar todo lo malo que pueda ocurrir, o cómo las personas pueden descarriarse si no nos hacen caso.
4. Pretender no sentirlo. Nada peor para enfadarse de verdad que intentar no hacerlo. Aguantarse o armarse de paciencia casi nunca funciona con la cólera.
5. Ser tan bueno como para no poder disgustarte nunca, o su variante más común ser bien educado y evitar las situaciones de conflicto.  En esas ocasiones solemos perder el control cuando queremos mantenerlo a toda costa, sin acabar de tener en cuenta que, casi siempre, evitar los conflictos los aumenta con lo que garantizamos el consiguiente enojo.

Seguro que existen tantas maneras de perpetuar el enfado como personas hay en el mundo, de manera que no deberíamos sorprendernos demasiado cuando vemos a alguien montar en cólera. Al contrario, quizás podemos darnos cuenta de que, como humanos, todos podemos caer en el círculo del mal genio.

Un río fluye a través tuyo

El maestro de la meditación tibetano, Chögyam Trungpa, acuño el término “punto tierno” para describir el aspecto principal de la presencia humana de una persona. Existen otros nombres para este punto, podría llamarse “alma”, “esencia” o el “centro” de un ser humano. La idea básica de este concepto es que todos podemos conocer esta presencia humana fundamental a través de lo que llamamos sensación sentida.  Evaluamos lo que nos ocurre a través de una sensación cuerpo-mente y la presencia de ese punto tierno es crucial para “sanar” algunas emociones negativas. Cuando estamos enojados, nos quedamos atrapados en formas de pensar y actuar muy dolorosas, y desde este lugar resulta muy difícil resolver el malhumor. No obstante, este dolor que sentimos en nuestro enfado forma parte de un despertar que no debemos negligir. Los budistas dicen que la vida atraviesa este punto delicado y nos ayuda a contactar con la propia bondad y la del mundo y el intento de ignorar esta llamada genera sufrimiento. Cuando sufrimos así, la vida no fluye a través nuestro y nos contraemos, tanto psicológica como muscularmente. El reto es el de dar la bienvenida a estas emociones que nos bloquean para darles la oportunidad de ser escuchadas y comprender lo que la vida nos ofrece. Aprender a centrarnos, respirar y aflojar nuestro cuerpo suele resultar de gran ayuda, aunque ello no nos garantiza que resulte agradable lo que nos esté sucediendo. En realidad, el arrebato que sentimos no hace daño si nos permitimos sentirlo, de ese modo la marea desaparece en muy poco tiempo. Sólo cuando le ponemos murallas es cuando ese río no puede fluir, estancándose y manteniéndose ahí.  También es bueno saber que muchos de nuestros aprendizajes más valiosos surgen de las experiencias que nos duelen. ¿Qué hacer pues cuando sentimos que empezamos a enojarnos? Tal vez un buen inicio sea aceptar nuestro enfado, darle la bienvenida y quedarnos a observar mientras esa energía crece dentro de nosotros. Como cuando abrazamos con amor a un bebé estresado, sabiendo que todo pasará. Abrazar nuestro yo enfadado al tiempo que le decimos suavemente, ¡Bienvenido! ¿Duele? Está bien, toma tu tiempo para que pueda pasar. El hecho de que podemos dar amor a esa parte de nosotros que está herida es un recurso curativo. Una experiencia que, con el devenir del tiempo, sana al mal genio.

En un tuit: El mal carácter tiene cura

Ser iracundo o tener mal genio no parece que sea una condición hereditaria, más bien nos hallamos ante aprendizajes que obtenemos de nuestro entorno o nuestra falta de recursos para lidiar con nuestros incendios emocionales. Ofrecemos aquí algunas ideas sencillas para lidiar con el enfado:
1. No esperes demasiado de las personas, ten expectativas realistas sobre la gente y de ese modo evitarás sulfurarte a menudo.
2. ¿Quién ha dicho que las personas tienen que ser como nosotros? Tal vez ofrecemos demasiado y los demás no pueden estar a la altura de ello, de modo que establecer con quién vale la pena esforzarse es un aprendizaje que nos ahorrará decepciones y enfados.
3. El humor es un recurso tan bueno o incluso mejor que la paciencia. Es frecuente encorajinarse cuando uno intenta ser demasiado paciente, no tomarse tan en serio a uno mismo en determinadas situaciones nos mantiene alejados del mal genio.
4. Aprende a detectar cuando empiezas a enfadarte. El psiquiatra Allan Santos, autor del “Libro Grande de la PNL”, suele decir: “Hay que acabar con el Dragón cuando es pequeño”. Muchos enfados nacen días atrás, cuando olvidamos señalar algo que nos disgustaba en aquél momento.
5. Acepta que no eres “la alegría de la fiesta”, ser un poco malhumorado no es grave cuando uno es consciente de ello. Lo verdaderamente inaguantable para los demás es cuando, encima de tener mal humor, no te aceptas a ti mismo. Seguro que entonces, garantizas un mal trago a los demás mientras te conviertes en un cántaro de bilis.
En un tuit: Una hora de felicidad

Olvidar el propio deseo es una de las causas más habituales del enfado. Por eso es tan importante aprender a recuperar nuestros gozos olvidados, esas cosas que nos conectan con nuestra satisfacción. Cuando nos olvidamos de nosotros, vivimos la vida de los demás, acumulando malestar que con el tiempo se convierte en ira. En demasiadas ocasiones nuestros sofocos son resultado de postergar cosas que queremos. Volver a practicar un deporte que nos gustaba, aprender un idioma raro, bailar o expresarse artísticamente, pueden ser maneras de conectarse de nuevo. Cada persona puede encontrar un recurso diferente, la idea es tener al menos una hora de felicidad al día. ¿Podremos afrontar este reto?
Bibliografía recomendada

La Valentía de amar.
Stephen Gilligan. Ed. Rigden Gestalt

Emociones.
Osho. Ed. EDAF

El libro grande de la PNL.
Allan Santos. Ed. Rigden Gestalt

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