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¿De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve?

De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve

(por Víctor Amat. WWW.CETEBREU.ES)
Después de haber leído a Haruki Murakami, el escritor japonés, siempre pensé que me hubiera gustado escribir algo copiándole el nombre de alguna de sus obras. Soy así de mitómano. Él tiene dos que empiezan como el título de este artículo y que recomiendo a las personas que me lean, a saber, “De qué hablo cuando hablo de correr” donde explica cómo entiende el hecho de practicar ese deporte y “De qué hablo cuando hablo de escribir” dónde hace lo mismo para explicar su oficio de escritor. Admiro a Murakami, de modo que llamarle a este artículo “De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve” es un homenaje a alguien que me ha proporcionado mucha inspiración.
No resulta fácil escribir en unas pocas líneas sobre algo que te apasiona y le dedicas muchas horas de trabajo, pero voy a intentar describir aquí qué entiendo por terapia breve y cuál es el enfoque que me estimula.

El encuadre o contrato terapéutico
La primera cosa a tener en cuenta es explicitar claramente a qué nos referimos con breve. La terapia es un encuentro entre, como mínimo, dos personas que ponen su inteligencia al servicio de la resolución de uno o varios problemas. Lo que hace especial a este tipo de trabajo es la capacidad de dirimir cuál es el tema que más nos importuna en este momento. Poder trabajar con los aspectos de la vida que más nos duelen en el momento actual, nos permite entrar por una de las puertas del cambio. Por supuesto hay otras entradas, pero a nosotros los terapeutas breves, nos gusta entrar por esta.
Este encuentro al que llamamos terapia, no tiene una duración estipulada. Aunque, en mi caso, suelo reservar en mi agenda una hora por cada paciente, es muy habitual que mis consultas duren treinta o cuarenta minutos. En ocasiones quince, depende del caso, de lo que esté ocurriendo, y del momento en el que se halle la terapia. La experiencia nos ha demostrado sobradamente que hacer durar la sesión durante un tiempo estipulado (por ejemplo, una hora) hace derivar la atención del paciente y el terapeuta a otros temas que a lo mejor no son relevantes para ayudar a resolver el problema. El nudo terapéutico, es decir, aquello que realmente supone cambio, dura lo que dura. En nuestra opinión, hay que aprovechar ese tiempo para trabajar y saber concluir la sesión sin abrir nuevos frentes. Solemos trabajar con un máximo de 10 visitas. Consideramos que, normalmente, la gente no aguanta mucho más tiempo en los tratamientos y si encima no hay cambios en la vida del paciente, pues con razón la gente abandona la aventura. Pensamos que en 5 o 6 sesiones, debería ser suficiente para poder movilizar el caso y facilitar que la persona que consulta se sienta con más control sobre la situación. Puede pasar, y de hecho ocurre con cierta frecuencia que, aun siendo la terapia de ayuda, la persona precise de más sesiones. En estos casos, la norma es “Ni una más de las que hacen falta, ni una menos de las que hacen falta”, así que dependiendo de muchas variables, podemos tener terapias resueltas en una sesión hasta otras que nos han llevado muchas más. Lo usual, es que podamos obtener resultados en esas seis sesiones comentadas.
Resumen: Terapia breve es igual a un proceso terapéutico con un máximo de diez sesiones, con una duración no determinada de antemano que puede durar desde 30 min hasta una hora y con el objetivo de resolver una problemática.

¿Qué se hace en una sesión?
El formato es el de una entrevista. A pesar de que es una conversación libre entre dos personas sobre lo que una de ellas percibe como una dificultad a resolver, en la terapia breve el o la terapeuta asume un rol preponderante. De manera muy respetuosa, el profesional puede hacer preguntas o indicaciones acerca del modo de resolver el tema. Pare ello, se requiere de un tipo de escucha especial, profundamente empática que dé a entender al paciente que está siendo comprendido. Este es un punto troncal, sin duda. El trabajo del profesional está encaminado a establecer una vinculación en la que la persona que consulta siente que se está haciendo “equipo” para resolver aquello que le oprime. Así pues, la persona que viene a una terapia de este estilo, debe esperar una conversación ágil entre terapeuta y ella, dónde él o la terapeuta puede proponer intervenciones y preguntar cuidadosamente sobre el problema.
Otra curiosidad del tipo de terapia que usamos es la que llamamos “prescripciones”, para ahorrar tiempo y dinero a nuestros pacientes, pensamos que proponer tareas comportamentales es una manera de hacer terapia cada día. Eso nos permite espaciar las visitas con bastante buen resultado de modo que logramos economizar en términos de tiempo y dinero todo este proceso. Se trata, en definitiva, de que las personas que consultan se pongan activas para lograr el mejoramiento de sus vidas. Más adelante, en el presente artículo, desvelaremos qué tipo de tareas pueden aparecer a lo largo de un tratamiento.

Resumen: El formato de la entrevista es una conversación a dos bandas. El terapeuta asume un rol preponderante y ofrece sugerencias. Cabe esperar, que un usuario de la terapia breve, realice las tareas que diseñe el terapeuta con el objetivo de resolver una dificultad.

¿Cuál es la teoría de la terapia breve?
Este no es un artículo académico y nuestra voluntad es la de aclarar, de manera sucinta, de qué va esto. A nivel epistemológico diremos que la terapia breve que practicamos tiene un componente fuertemente Ericksoniano y se deriva del trabajo de la Escuela MRI de Palo Alto de los años 70. Para explicarlo mejor diríamos que se basa en un tipo de comunicación muy sugestiva basada en modelos hipnóticos sin trance y pone en práctica un modelo de resolución de problemas basado en la detección de los intentos de solución ineficaces de la persona.
Estos intentos de solución que no han resuelto el problema forman parte del problema a resolver. Veamos un ejemplo, imaginemos que una persona padece de insomnio. Supongamos que este insomnio no tiene un origen orgánico, es decir, no forma parte de una enfermedad. El insomne, seguramente hará muchas cosas para dormir. La lógica de la persona es algo parecido a “He de dormir”. Con este pensamiento, el paciente habrá realizado, con mucha seguridad, muchos intentos para lograr su deseo como, por ejemplo:
Meterse en la cama y obligarse a dormir, intentar relajarse, contar ovejas, leer, escuchar la radio o ver la TV, escuchar audios de meditación, bañarse con agua caliente, hacer ejercicio durante el día, vigilar las ingestas, no tomar café, tomar infusiones relajantes, valerianas, tomar medicación, fumar cannabis, tener prácticas sexuales, etc.
Consideremos la situación, cuando vemos a un paciente insomne después de un cierto tiempo, probablemente nos diga: “Lo he probado todo”. Nuestro trabajo como terapeutas breves nos lleva a conjeturar que una nueva solución basada en la lógica “He de dormir” resultará tan ineficaz como los intentos anteriores. A estos intentos pertenecientes a una misma lógica los denominamos Cambios de tipo 1.

Esta es una de las principales claves: Los cambios de tipo 1, son los comportamientos que hace una persona para resolver un problema basados en una misma lógica de afrontamiento operativo de una dificultad.
Si la persona está en nuestra consulta, significa que estos intentos de solución no han fructificado, por lo tanto se hará necesario un Cambio de tipo 2.

El cambio de tipo 2, es un cambio en la manera de afrontar el cambio y que probablemente sea antinatural para la lógica que perpetuaba el problema. Sigamos con el ejemplo de nuestro insomne. Frente a la lógica “He de dormir” se han realizado muchos intentos, aparentemente muy diferentes. Pero todos son, para el terapeuta breve, iguales. El trabajo del profesional será dar a entender al paciente que esa lógica ha sido infructuosa. Una vez haya hecho esto, podría ser que el terapeuta pidiera a la persona que se acueste cada día a una determinada hora y que se esfuerce voluntariamente a mantenerse despierto. Como el lector o lectora pensará, pedirle que esté despierto es una solicitud contra natura en este caso. Sin embargo, eso es seguro, sabemos que la persona no durmió a la petición “He de dormir”. La petición “Manténgase despierto” será una intervención de Tipo 2. Es una propuesta aparentemente rara y paradójica que probablemente resolverá la situación.
Este tipo de cambio 2 es algo muy habitual en terapia breve, y cuando uno estudia esta modalidad se adentra en un mundo de irreverencia terapéutica.

Resumen: El estudio de las soluciones ineficaces del paciente para resolver un problema son la base de nuestro modelo de terapia breve. A estas soluciones se les llama Cambios de tipo 1. El trabajo del terapeuta se centra en modificar estas soluciones ineficaces para proponer nuevas vías de afrontamiento de las situaciones. A estos nuevos caminos los denominamos Cambios de tipo 2.

El mito de la profundidad
Una de las cosas que solemos escuchar por ahí, es que la terapia breve es superficial, o poco profunda. No creo que haya nada más alejado de la realidad. La idea de la profundidad en la terapia pertenece a un modelo de pensamiento muy médico, no hay que olvidar que Freud era neurólogo, y como precursor de la terapia tal y como la conocemos, aplicó un modelo causal a nuestro oficio. Es decir, si te pasa esto ahora, es porque hay una causa original. Este modelo de pensamiento, funciona a veces y no es raro escuchar a gente “trabajada” en psicoterapia decir cosas del tipo “La teoría ya me la sé” o “Sé por qué me ocurre esto”, sin que la persona pueda enfrentar de manera adecuada para ella sus dificultades. El pensamiento en nuestro modelo de psicoterapia es interaccional. Buscamos conocer la interacción de la persona con su síntoma, y parafraseando a Lacan, buscamos ayudar al paciente a que haga algo útil con él.
Creemos que hay, finalmente, dos tipos de terapia, la buena y la mala. La buena es profunda por definición, cambia modelos de comportamiento en situaciones dónde la persona no tenía recursos, y eso es muy poderoso cuando se hace bien. Muchas personas atendidas en nuestros centros de psicoterapia han hecho cambios, duraderos, estables y potentes. Por supuesto, en algunos casos hemos vuelto a atenderlos, algunas veces por recaídas y otras por nuevas dificultades que la vida, obstinadamente, suele ponernos delante.

Resumen: No consideramos que una terapia sea más profunda que otra por su duración, los cambios profundos pueden darse de una manera rápida. No pensamos tampoco que, por remover el pasado en exceso, una terapia sea más o menos profunda. El éxito de la terapia es una valoración subjetiva de paciente y terapeuta acompañada de cambios en el manejo de su propia vida.

Estas pocas ideas precisarían de un lugar más extenso para poder ser desarrolladas en su totalidad pero lo importante es poder hacer llegar nuestro modelo de trabajo a los y las profesionales del cambio. Ninguna idea está por encima de otra, sólo la práctica diaria nos puede dar las informaciones necesarias para saber si andamos en la buena vía.

Abordaje de las dificultades en infancia y adolescencia en Centre de Terapia Breu

Abordaje de las dificultades en infancia y adolescencia en Centre de Terapia Breu

(Escrito por Bet Font)

Miedos, falta de confianza, dificultades relacionales, ayuda en momentos puntuales de estrés, duelos o acomodaciones a situaciones críticas… No es raro que nos consulten acerca de si atendemos a niños y niñas en nuestro centro, si los vemos con sus padres o al formato de entrevista que utilizaremos para trabajar la situación. En cualquier caso el enfoque que utilizamos es de terapia familiar breve y, por tanto, tiene en cuenta la totalidad del sistema implicado y sus interrelaciones.

Atendemos a los niños cuando tienen una queja o quieren ser ayudados en una dificultad que ellos mismos vivan como tal o bien cuando consideramos que esa será la estrategia eficiente que requerirá la situación concreta considerando a los diferentes miembros de la familia y su posición respecto la dificultad, lo cual determinamos a partir de una primera entrevista conjunta con los afectados que se presten a colaborar.

Puede parecer una obviedad, pero a menudo encontramos preocupaciones por parte de un padre o de una madre que no son sentidos como dificultad por el propio hij@ u otros miembros de la familia. De ser así, los críos podrían mostrarse reacios o pasivos a movilizarse para el tratamiento. Sin ir más lejos, un ejemplo frecuente lo encontramos cuando un padre pierde pie en su autoridad como tal y te trae a su hijo porque no le hace caso o cuando una madre padece por los miedos de su hija, por su timidez, por sus recurrentes errores o su falta de esfuerzo en las tareas escolares o la colaboración en casa. Estas y muchas otras dificultades que generan sufrimiento en la familia o en algunos de sus miembros son las que cabe preguntarse si el niño o adolescente señalado como paciente identificado está motivado para trabajarlas y en qué términos.

En nuestra experiencia como profesionales y, especialmente, teniendo en cuenta el enfoque de terapia breve según el cual la predisposición al cambio que se quiere efectuar es un elemento clave para la intervención nos conduce en no pocas ocasiones hacia el trabajo indirecto con los adultos. Por otro lado consideramos que la normalidad del niño o de la niña pasa por jugar, estar con sus seres queridos e ir a la escuela o allá donde hayan decidido que amplie sus aprendizajes.

La consulta entraría en juego solo cuando el bloqueo no se resuelva en esos ámbitos cotidianos o para cuando hay una demanda explícita de ayuda de un profesional y una motivación por parte del propio pequeño.

En caso de duda siempre queda la opción de consultar, para lo cual averiguaremos con los implicados qué les preocupa a los padres, cómo intentan ayudar a sus hijos o qué es lo que no funciona, a pesar de que en teoría y aparentemente, debería funcionar.

Cuando las cosas no van como quisiéramos no resulta inusual que los padres y/o cuidadores de los niños, o ell0s mismos, intenten reiteradamente solucionar las cosas que les pasan con sus recursos o inercias habituales.

Cuando no surge el resultado deseado a pesar de esos intentos (esa vivencia común de “ya no sé qué más hacer, lo hemos probado todo”!) y persiste el malestar al respecto es cuando podemos acudir a un profesional para revisar estas estrategias.

Permitir y acompañar adecuadamente a un niño a solucionar una situación estresante puede ser el mayor de los regalos que le podemos brindar como padres o como profesionales al tiempo que ejercemos de modelos para afrontar y manejar con mayor efectividad cuestiones futuras.

 

 

Damn self-steem!

Damn self-esteem:
By Victor Amat
Translated by Sara Riesner

It is not uncommon for people to approach my office commenting on their lack of self-esteem and how that problem affects their life. Since the 70s self-esteem has been a good excuse to not take responsibility for oneself. In the years following the hippie culture, and in an American society distraught by the defeat of the Vietnam War, the American psychotherapist Virginia Satir, coined in the word “Self-esteem” in one of her workshops. She did this with the objective of helping one learn how to better communicate with oneself. Satir was hoping that we would be more lenient and loving with ourselves. This was not a bad suggestion in those days. As a result this idea took root in a world where the fertile human mind is quick to create labyrinths in which to lose ones sanity, and it grew so much that it lost its essence.
Time has passed, relentlessly, and self-esteem has been distorted from the original concept. It is remarkable what has happened with self-esteem. People are very aware of it but not quite sure what it is. It would seem that having a good self-esteem enables one to face life successfully. It does wonders for the way we view ourselves and how we are viewed.

Having a good self-esteem should feel like a fantastic trip into the stratosphere of happiness, and yet it almost never does.

Typically a very different discourse takes place. As people we usually have something that burdens us. When we show our pain, it is usual to feel inadequate and we are prone to label ourselves with those magical concepts that we breathe from the air as if they really existed.

To self-diagnose with “low self esteem” or worse, to get that diagnosis from good friend can be the start of a distorted search for insight.

“Improving self-esteem” seems like the logical cure for someone suffering from a meager amount of self-love and for this reason we go to such lengths to do things that translate into “loving ourselves”. To feel or think that one lacks self-love, to be one’s worst enemy or to have bad thoughts about oneself may have little to do with a damaged self-esteem. That would be having a very linear vision of life, and while life is many things it is not linear. Normally people get into loops such as, “when A happens, B follows.” Or, “when B happens it’s because of A”. Or what are essentially the same things, the more “A” one get, the more “B” and the other way around. This makes us believe that the best way to feel better is to reverse the loop. That’s why it is important to learn to think differently about things. As a great man once said:

“Insanity is doing the same thing over and over again and expecting different results.”

Let’s see what can be done. Let’s say a person with a normal life has a specific issue. If after confronting it, the problem is not solved, there is a great probability that self-worth will be affected, right? That’s it. We have a hypothesis:

“Anyone facing a difficulty unsuccessfully has a tendency to view themselves as being inadequate or inefficient. This diminishes self-esteem. (A more appropriate name might be “self-appreciation”).

Thus, self-esteem would seem less like the cause of problems and more as an effect thereof. If we think about it, complaining about a bad life or a terrible situation can be taken as a measure of self-esteem given that if we had no worth, we would not complain. If that were the case we would agree with our misfortune, feeling that it’s a reflection of our unworthiness. Isn’t i t interesting?

To flaunt one’s misfortune is often a matter of pride. It’s like saying, “Can you see how I suffer? (No one has suffered more or better than me).”

There are times where it seems like the person is on display. On these occasions, the argument for low self-esteem is false because deep down inside, the person feels a certain sense of pride in showing off their misery. Low self-esteem should lead to something else, perhaps resignation.

What do we usually hide behind “low self-esteem?” This is an easy answer: fear. To efficiently face fear can help us cope with the continuous process that is to improve one’s life. We have explained how to handle fear in another article http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en. Here are three proposals to address it:
1. Recognize that you have fear. This automatically makes you stronger.
2. Avoid avoiding.
3. Do things with fear without trying to be brave.
4. Don’t let self-esteem be the pitfall that trips you. It’s a concept invented by someone that’s only interesting if it’s useful. Nonetheless, it is a good excuse.

Maldita autoestima

Maldita autoestima

No es raro que la gente se acerque a mi consulta comentando acerca de su falta de autoestima y de cómo ese problema afecta a su vida. Desde los años 70 del pasado siglo la autoestima ha resultado una buena coartada para no hacerse cargo de uno mismo. Durante esos años posteriores a la cultura hippy y en una sociedad americana marcada por la derrota en la guerra del Vietnam, la psicoterapeuta estadounidense Virginia Satir acuñó en sus talleres y sesiones la palabra “Autoestima” con el objetivo de que aprendiéramos a comunicarnos mejor con nosotros mismos. Quería que las personas pudiéramos ser más indulgentes y amorosas con nosotros mismos. No era una mala propuesta en aquella época, de modo que esa idea, sembrada en un mundo donde la mente humana es fértil creando laberintos donde perder la cordura, creció hasta perder su propia esencia.

El tiempo ha pasado, inexorable, y la autoestima ha desvirtuado el concepto original.
Es curioso lo que ha ocurrido con la autoestima, la gente la tenemos muy presente pero no sabemos muy bien de lo que se trata. Parece que tener una buena autoestima sirve para enfrentar la vida con éxito, siendo maravillosos a los propios ojos y a los de los demás. Tener buena autoestima debería propulsarnos en globo a la estratosfera de la felicidad y sin embargo, casi nunca sucede eso. Lo habitual, es escuchar otro tipo de discurso. Las personas solemos contar aquello que nos atribula, y cuando mostramos nuestro dolor, nos sentimos inadecuados y tendemos a etiquetarnos con esos conceptos mágicos que respiramos en el aire como si realmente existieran.

Autodiagnosticarse “baja autoestima” o, peor aún, recibir ese diagnóstico de una buena amiga o amigo, puede ser motivo de iniciar una búsqueda dislocada hacia el interior de uno mismo.

“Subir la autoestima”, pues, parece el recurso lógico de alguien que padece de un raquítico autoamor y es por eso que las personas nos esforzamos en hacer cosas para “querernos”.
Sentir o pensar que uno no se quiere, se sabotea o piensa mal de sí mismo podría no tener que ver con un defecto en la autoestima, eso es tener una visión lineal de la vida y la vida será lo que sea, pero es poco lineal. Normalmente las personas nos metemos en bucles circulares, algo como “Cuando me pasa A, es por B y cuando me pasa B, es porque me pasa A”. O lo que es lo mismo, cuánto más A, más B y cuanto más B, más A. Eso nos lleva a la idea de que para sentirnos mejor deberíamos buscar la manera de revertir el bucle. Para ello hemos de aprender a pensar diferente sobre las cosas, ya lo decía Goethe:

“La locura es hacer siempre lo mismo y esperar un resultado diferente”.
Veamos qué podemos hacer. Una persona con una vida normal puede tener una determinada dificultad, si cuando se enfrenta a ella, no la soluciona, es probable que se resienta su propia concepción de sí misma ¿no? Pues ya lo tenemos. Nuestra hipótesis es que:

“Cualquier persona que enfrenta una dificultad sin éxito tenderá a verse como poco adecuado o poco eficiente con lo que su autoestima (Cabría llamarla más adecuadamente “autoapreciación”) se ve disminuida.”

De este modo, la autoestima podría verse más que como una causa de los problemas como un efecto de los mismos. Si pensamos detenidamente, el hecho de quejarse acerca de una mala vida, o de una tremenda situación, podría ser visto como un indicador de autoestima puesto que si no valiéramos nada, no nos quejaríamos puesto que estaríamos de acuerdo con que nuestro infortunio tiene que ver con nuestra falta de merecimiento. ¿No es curioso? Lucir las propias desgracias muchas veces tiene que ver con tener cierta soberbia, del tipo, “¿Ves qué mal lo paso? (No hay nadie que sufra más ni mejor que yo)”. Hay un punto dónde la persona podría parecer que se exhibe. En estas ocasiones, el discurso de la baja autoestima es falaz, puesto que en el fondo la persona siente un cierto orgullo en mostrar su desdicha. La baja autoestima debería llevar a otro lugar, tal vez a la resignación.
¿Qué solemos ocultar detrás de la “Baja autoestima”? Pues es sencillo de responder: El miedo. Afrontar el miedo eficientemente puede ayudarnos a sobrellevar ese proceso de mejora continua que es la vida. Hemos explicado cómo manejar el miedo http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en otro artículo. Aunque ahí van tres propuestas para afrontarlo:
1. Reconoce que tienes miedo. Eso te hace automáticamente más fuerte
2. Evita evitar
3. Haz las cosas con miedo sin intentar ser “valiente”
No dejes que la maldita autoestima sea tu escollo donde naufragar, es un concepto inventado por alguien que sólo resulta interesante si es útil. Es una buena excusa, no obstante.

Pensamos demasiado: cuando darle vueltas a las cosas es sufrir

PENSAMOS DEMASIADO: cuando darle vueltas  a las cosas es sufrir

La vida es rica en experiencias maravillosas, pero también nos aporta grandes temas sobre los que preocuparnos. Todo ello puede conducir a que, en ocasiones, nos esforcemos demasiado en pensar e intentemos resolver las cosas dándole vueltas a lo que nos pasa por la cabeza. Si ese proceso resulta muy intenso el propio pensamiento puede adueñarse de una persona y hacerla sufrir. Es como empezar a abrocharse mal una camisa: al final todo es un desbarajuste. Parece que el hecho de volver sobre una cuestión una y otra vez puede resultar de ayuda, y es probable que así sea, salvo que esa cadena de pensamientos esté basada en algún tipo de idea o de lógica equivocada. Cuando eso ocurre es fácil quedar atrapado en la telaraña de la mente, a merced del cansancio que eso suele producir, sintiéndose estancado o sin capacidad de acción.
Cuenta una vieja historia que un ciempiés paseando por el bosque se topó con una hormiga. Ésta, sorprendida por la elegancia del insecto al desplazarse, le preguntó cómo lograba caminar de manera tan armoniosa teniendo tantas patas. ¿No tropezaba? ¿No se equivocaba de pie a la hora de emprender la marcha? ¿Nunca se había hecho un lío? El ciempiés, reflexionó un rato y, con la intención de explicarle a la curiosa hormiga cómo hacía para caminar tan bien, intentó hacerlo a la vez que pensaba, con el resultado de que ya pudo volver a caminar nunca más. A menudo las personas, como el ciempiés de esta historia, olvidamos caminar con soltura y permanecemos atascados en el círculo de nuestros pensamientos.

Controlar el mundo con el pensamiento

De todos los autoengaños que el ser humano es capaz de crear, uno de los más dolorosos tal vez sea la fantasía de pretender dominar el mundo con el pensamiento. Es decir, el hecho de creer que pensando algo suficientemente es posible asegurarse el control de cualquier empresa. Y es que, cuando nos olvidamos de vivir la vida por el hecho de pasarla reflexionando sobre ella, nos alojamos en el hotel de las noches amargas de la infelicidad. Curiosamente, cuanto más pensamos para no sufrir, más nos hace padecer nuestro pensamiento; y cuando sentimos ese dolor, más pensamos, lo que nos sume en el desconcierto. Precisamente, ese es el círculo en el que perdemos de vista lo sensorial alejándonos de todo aquello que a través de los sentidos nos conecta con la vida.

Cuando pensar es sufrir

Son muchas las personas que intentan dirimir sus conflictos internos pensando y pensando sin encontrar soluciones. ¿Qué hacen entonces? Pues si no llegan a ningún lugar, se les ocurre que tal vez no han pensado bastante.
Es muy común intentar obtener respuestas lógicas a cuestiones que no lo son tanto, o razonar sobre cuestiones que permanecen en el universo de las emociones y sentimientos sin poder dirimirlas en su totalidad. Un ejemplo sería la mujer que dedica tanto tiempo a detallar los planes que la llevarían a ponerse en forma que no le queda tiempo para poder materializarlos y se siente por ello fracasada. Otra muestra podría ser el hombre que intenta razonar con su esposa para que ella cambie en función de lo que él piensa sin darse cuenta de que lo que hace es aumentar su problema.
Vivir con el supuesto de que solo es factible conseguir las cosas de una manera genera un dolor que podría no tener fin. Recuerda al de aquella mula que, al no poder pasar a través de una pared, se obstinaba en golpearla cada vez más fuerte con su cabeza.
Nuestra red neuronal forma un sistema maravilloso que nos permite investigar el mundo y vivirlo, pero conviene conocer sus limitaciones. Las personas disponemos de esa herramienta precisamente para experimentar la realidad, no tanto para filtrarla a través del pensamiento. Cuando niños, simplemente descubríamos el mundo con la mente curiosa como la de un científico: probábamos las cosas, llevándolas a la boca y jugando placenteramente con las texturas, olores, etc.
Es justamente con el uso de razón cuando empezamos a alejarnos de la experiencia y a reflexionar acerca de ella. ¿Qué significan las cosas? ¿Qué van a pensar de mí? De ese modo el niño o el joven se apartan de vivir la vida para reflexionar y encontrar la manera de acertar y agradar. Cuanto más dura haya sido nuestra vivencia de la infancia, más probable es que nuestra necesidad de reflexionar, de asegurarnos, sea mayor. Tal vez por ello, para no sentir la incertidumbre, el no saber que pasará, evitamos volver a lo sensorial a base de pensar y pensar. Jiddu Krishnamurti decía al respecto: “Cuando la inseguridad en busca de certezas nos domina, el pensamiento se convierte en nuestro peor enemigo”.
Según la tradición expresada en los cuentos maravillosos, se dan tres tipos de funciones del pensamiento que vienen simbolizadas por los personajes arquetípicos del Rey, el Héroe y el Hada. El Rey (o Reina) representa la reflexión, vigila que todo esté en orden en el reino para que las semillas crezcan y den fruto encarnando las fuerzas de la inteligencia, la autoridad y la decisión. El Héroe, dispuesto a todo, representa la conexión emocional con las cosas, sus fuerzas son el coraje y el compromiso. Por fin, el Hada representa la fecundidad infinita aportando el poder maravilloso de conseguir las metas. Tomando esta rica metáfora, parece que cuando pensamos demasiado, nuestra función de Rey está teñida por nuestros apriorismos, nuestras verdades. Nuestro Rey interno, a veces, se pierde el disfrute de reinar dando prioridad a su mente en lugar de sentir y actuar haciendo más presentes los arquetipos del Héroe y el Hada.

¿Pensar o experimentar la vida? Aprende a actuar

Existen muchos ejemplos cotidianos de cómo podemos amargarnos la vida a través de nuestros pensamientos. Una situación muy común puede ser la que nos comentaba una madre en la consulta: cuando discutía con su hijo al pedirle que colaborara en casa, si él no lo hacía ella se imaginaba que de mayor sería probablemente un fracasado, un vago, etc. Todos estos pensamientos la hacían sufrir, y ella se esforzaba en no pensar en esas cosas tan terribles, pero entonces caía en la paradoja que describe el filósofo griego Epicteto: “Pensar en no pensar ya es pensar”.
Las trampas mentales creadas por un exceso de pensamiento que resulta ineficaz son muy habituales, como recuerda el psicólogo Giorgio Nardone, y podrían agruparse en tres categorías:
El control que lleva a perder el control. Sucede cuando se intentan controlar las sensaciones y emociones junto a sus reacciones fisiológicas mediante el pensamiento. Sería el caso de quien se limita a repetir fórmulas como: “No quiero estar ansioso, debo relajarme”.
Pensar en no pensar. Equivaldría a pretender anular pensamientos incómodos o temidos pensando en otra cosa.
Buscar respuestas correctas a preguntas incorrectas. En ocasiones una persona se afana en intentar encontrar respuestas certeras y tranquilizadoras a dilemas que no pueden resolverse pensando. En ese caso, por mucho que se reflexione, se estarán buscando las respuestas en el lugar equivocado, como aquel borracho que perdió las llaves y las buscaba bajo una farola “porque ahí había luz”. ¿Será lo bastante dulce esa fruta que no hemos saboreado? Solo conoceremos su dulzor probándolos.
Si prestamos la suficiente atención nos daremos cuenta de que en estas tres categorías existen un sinfín de experiencias cotidianas donde resulta muy fácil excederse pensando sin solucionar ninguna preocupación. Por supuesto, no hacemos un alegato a favor de no pensar, simplemente prevenimos sobre lo inadecuado de pensar en exceso, en especial cuando la solución no da los resultados apetecidos.
Aprender a combinar pensamiento y acción no garantiza la felicidad pero nos mantiene alejados de la obsesión y suele deparar un aprendizaje interesante. Como afirmaba el monje trapense y escritor Thomas Merton: “No me hice sacerdote para no sufrir, sino para hacerlo más eficazmente”. Es decir, obtener resultados más interesantes a través de la experiencia y el aprendizaje de una vida bien vivida.

Hacer para crecer

“Nunca ararás el campo revolviéndolo con el pensamiento”, dice un proverbio irlandés. No es fácil enfrentar el problema de cavilar y pensar en cosas que nos preocupan centrando la atención sobre todo en los aspectos negativos. Puede parecer ilógico que pensar demasiado nos acarree numerosos peligros. Y no es difícil maquillar la postergación de acciones que pueden mejorar nuestra vida tras una apariencia de perspicacia y capacidad reflexiva.
En la vida es preciso tomar decisiones y llevarlas a cabo y, cuando lo hacemos, nos sentimos liberados. Dejar de rumiar sin fin requiere la capacidad de darse cuenta de cuándo hay que poner fin al pensamiento para pasar a la acción. Buscar ayuda de alguien con capacidad de acción en ese momento puede ser un recurso válido. Comprometerse emocionalmente con lo que queremos hacer y hacerlo es otorgar a nuestro Héroe y nuestra Hada interiores un lugar al lado del Rey. De este modo, cuando una persona está pensando demasiado y sufre lo que podría llamarse “la parálisis del análisis”, le puede convenir establecer un plan de acción y realizar los primeros movimientos que, poco a poco, le ayuden a lograr aquello que busca. Si las ruedas del coche caen en un socavón, una buena táctica puede ser ir suavemente adelante y atrás hasta que el vehículo se impulse lo suficiente para salir del atasco. De modo paralelo, permitirse la posibilidad de que en nuestro plan haya que ir adelante y atrás nos alivia frente a la “obligación” de acertar a la primera.
La vida, decía Osho, no es un problema para resolver sino un misterio para descubrir. Es, pues, momento de romper el yugo de la cavilación y hacer cosas para crecer al tiempo que mejoramos el lugar de nuestra existencia.

En un tuit 1
Sabes más de lo que crees que sabes
Las neurociencias han demostrado que el cerebro registra millones de datos a cada momento; como no podemos darnos cuenta de todo, omitimos muchas de estas informaciones que van a parar a nuestro inconsciente. Algunas personas llaman intuición al fruto de esa información oculta en algún lugar de nuestra mente. Encontrar maneras de confiar en nuestra intuición y practicar ejercicios creativos para liberar esa sabiduría son excelentes alternativas para dejar de pensar sin fin. Disciplinas como el yoga, la meditación, la hipnosis ericksoniana o la PNL pueden ser de utilidad, así como la práctica de actividades que estimulen la espontaneidad en la vida cotidiana.

En un tuit 2
Pensar menos y vivir más
El pensamiento excesivo y la cavilación son procesos que generan un considerable desgaste mental. Nos referimos concretamente al hecho de pensar hasta sentir una sensación de bloqueo que afecta a la propia estima. Si se detecta eso, puede resultar útil poner en marcha alguna de estas sugerencias:
Practicar una actividad física. Hacer ejercicio en cualquiera de sus formas contribuye a modificar la bioquímica cerebral. Puede mejorar el efecto de ciertos fármacos que se usan para la depresión o incluso sustituirlos en algunos casos.
Consultar a un profesional. Reconocer la debilidad puede ser un signo de verdadera fortaleza y un requisito en la curación. Una persona experta puede ayudar a trazar planes verdaderamente realistas y a avanzar por el camino de la acción.
Dedicar un rato estipulado a pensar. Un buen ejercicio para “dominar” el pensamiento desbocado suele ser establecer un horario fijo para preocuparse y pensar. Proponerse hacer alguna cosa y llevarla a cabo es una manera ideal de utilizar el tiempo restante.
Aceptar que no somos perfectos. La perfección no existe. Hacer algo incluso sabiendo que no nos irá bien del todo puede ser mucho mejor que quedarse en casa pensando.
Dar un tiempo diario a retornar a lo sensorial. Dedicar unos minutos a sentir tu cuerpo, a saborear un plato, escuchar una canción, oler una flor, bailar, pasear y sentir el viento suele dar resultado tras un corto tiempo de práctica.
Descubrir la meditación o el mindfullness. Cuando se practican técnicas meditativas la percepción se hace más viva al tiempo que se aprende a confiar menos en los propios pensamientos.
Confiar más en la intuición. Hay estudios que demuestran que tomamos decisiones correctas en el corto espacio de tiempo 3 segundos, sin embargo fallamos mucho más cuando nos damos un tiempo amplio para razonar. Atrevámonos a descubrirlo.

Libros recomendados:
El túnel. Ernesto Sábato. Ed. Cátedra
Pienso luego sufro. Giorgio Nardone. Ed. Paid
Cuando la depresión se contagia. Michael Yapko. Ed. Urano

Master y Postgrado en Terapia Breve y Estratégica (IESP-CETEBREU-Universitat de Girona)

Nos da mucho placer presentar nuestra primera Edición del Master en Terapia Breve tras más de 20 ediciones de nuestro Postgrado. Hemos diseñado una formación muy completa, con  la mirada puesta en el desarrollo del Terapeuta. Comunicación, relación y estrategia serán diseccionados y puestos en práctica en nuestro master. Es una oportunidad única en el panorama formativo para adquirir la estructura operativa de un/una terapeuta breve. Un poco más abajo y en otro color tenéis un link que os llevará directamente a la información!

 

Aquí tenéis toda la información sobre el Master en Terapia Breve y Estratégica que realizamos conjuntamente con IESP y la Universitat de Girona.

Afrontar el miedo

AFRONTAR EL MIEDO

Pensemos en el inicio de la vida. La mayoría de mujeres que se convierten en madres es porque así lo desean, sin embargo en nuestro caso, no podemos dejar de pensar en el miedo que nos invadía cuando tuvimos a nuestros propios hijos. Estábamos ilusionados, sentíamos un fuerte deseo y, al mismo tiempo, nos inundaba un gran temor frente a ese proyecto. Deseábamos que todo fuera bien al mientras temíamos el impacto que ese nacimiento podía tener en nosotros. Zozobrábamos frente a los peligros que están relacionados con la seguridad en el embarazo y el nacimiento de los bebés, el propio miedo a no ser capaces de ejercer bien la paternidad y en ocasiones, nos asaltaba el temor al impacto que todo ello podía conllevar con nuestra vida individual, nuestra pérdida de libertad, o dificultades que se pudieran generar en la pareja por causa de ese importante acontecimiento. Aun así, a pesar de esos recelos, disfrutamos del nacimiento de nuestros hijos y de nuestro día a día.

No sentir temor frente a los avatares de la vida, sus vaivenes y sus cambios sería una imprudencia propia del iluso, porque en nuestra existencia, desear algo y a la vez temerlo es una experiencia cotidiana.

Nuestros temores pueden llevarnos a valorar nuestra vida y a hacerla más interesante pero cuando el temor nos atenaza, nos frena y nos hace sufrir es cuando tenemos que poner manos a la obra para encontrar caminos hacia una vida más plena.
Somos seres sociales
Las personas somos seres sociales, es decir,

precisamos de los demás para poder salir delante de una manera sana.

Cuando nacemos carecemos de las capacidades necesarias para sobrevivir, de modo que desarrollamos otras capacidades que nos permitan pertenecer a una red que nos proteja, nos nutra, nos permita crecer. Es por ello que desde nuestra más tierna infancia ponemos en marcha recursos que nos permitan generar vínculos duraderos y saludables para poder proseguir con nuestra vida. Nuestra biología activa nuestros cuerpos para que nuestros sistemas hormonales se equilibren con las personas que nos han de cuidar. Con el tiempo, cuando somos niños, aprendemos las leyes y normas de nuestro entorno y aprendemos a hacer cosas para ser aceptados y queridos por nuestros allegados. Esa vinculación es la estructura del amor y la peor de las maldiciones que puede padecer una criatura es tener el sentimiento de la pérdida de este vínculo amoroso.

Curiosamente, el nacimiento de este tipo de miedo está en el amor.

Parece que sea la otra cara del amor, al que siempre acompaña. Este desasosiego, pues, se convierte en una especie de “pegamento” relacional y aprendemos que ese sentimiento nos ayuda a actuar prudentemente para sentirnos a salvo en los “brazos virtuales” de aquellos que nos cuidan.

La pérdida del amor
Si existe una vulnerabilidad insuperable es la de la posible pérdida del amor y del cuidado. Es por ello, que en la vida las personas nos esforzamos en ser buenas, precisamos del sentimiento que el afecto del otro nos hace sentir. Es por ello que nos comprometemos, en muchas ocasiones en agradar a los demás o en demostrar cuán válidos somos. Sentirse valioso, ser amado en sus diferentes versiones como la del amor filial, la de nuestra familia de origen, o el romántico amor de pareja igual que el reconocimiento social que nos pueden proporcionar nuestros logros son alimentos orientados a sentirnos bien, adecuados y queridos. De ahí, que el dolor que causa la pérdida del amor sea como un lobo que nos muerde poderosamente el corazón. Ese dolor nos lleva a la imagen del miedo, y ese miedo puede llegar a ser paralizante si nos alejamos de nosotros mismos y de nuestros anhelos.

El temor y la prudencia
Otra de las caras del temor es la que nos lleva a vivir la vida con una cierta prudencia. Este tipo de recelo puede hacernos sobrevivir en una situación de peligro, una experiencia estresante o frente a los retos a los que la propia vida nos invita. Todo ello parece estar relacionado con el deseo de seguridad y protección que toda persona tiene, atendiendo a la historia, el miedo ha sido un protector de la vida humana y la incertidumbre ha facilitado que los seres humanos desarrollemos vías extraordinarias para sobrevivir en entornos durísimos.

La carencia del temor, habría acabado con toda certeza con nuestra especie.

Las personas nos movemos entre la ambivalencia de aquello que queremos conseguir y el temor que sentimos ante el fracaso. No es fácil la vida, de hecho, como podemos observar, la vida aparece como una excepción en el universo y ante tanta fragilidad la prudencia y el miedo no son malas compañías. Así pues cuando queremos asegurarnos de que las cosas van a ir bien es importante poder ser comedidos.
Del temor al miedo que paraliza
Como vamos indicando, el temor no tiene porqué resultar nocivo. La vida es rica en experiencias que nos causan temor y eso no es tan malo si podemos aceptar el temor como una acompañante en nuestro viaje.

Sólo cuando evitamos aquello que tememos es cuando alimentamos al monstruo del miedo, sólo cuando pensamos que el miedo se evaporará tan sólo con no pensar en él, o cuando creemos que no llevando a cabo algo que tememos nos ayuda.

Nunca nadie ha conseguido hacer nada sin realizarlo. No aprendemos a conducir sin pasar por el temor de hacerlo, no podemos conocer la felicidad del amor si tememos ser derrotados de antemano. Nadie logró una cita sin correr el riesgo de ser rechazado en ella. Garantizamos una vida lamentable cuando posponemos nuestros deseos, postergamos las sensaciones desagradables que nos proporcionan algunas cosas. A veces le llamamos pereza y, sin embargo, no es más que la evitación de aquello que tememos. La parálisis del miedo se perpetúa en la inacción, en la excusa, y en la duda sin fin. Cuanto más nos alejamos de aquello que queremos, más de ve dañada nuestra autoconfianza y por ello sería conveniente aprender a avanzar a pesar de la inquietud que nos produce aquello que evitamos.
La incertidumbre puede convertirse en la espoleta del miedo a condición de querer controlarlo todo con el pensamiento. Cuando el temor nos atenaza, solemos pensar y pensar, dándole vueltas a aquello que intentamos en vano dominar.

El mundo es maravilloso si estás dispuesto a explorarlo en la acción en vez de buscar verdades tranquilizadoras de antemano.

Uno sólo puede conocer el sabor de un fruto después de probarlo, evitar una posibilidad por querer ahorrarse una experiencia desagradable resulta una gestión ineficaz del miedo. Puesto que las amenazas crecen en la oscuridad de la evitación

Crecer
La armadura del miedo no crece. Nosotros si. Cuando éramos pequeños, aprendimos que el temor podía protegernos y con el tiempo nos damos cuenta de que aquella coraza que protegía nuestro tierno espíritu en la infancia nos viene pequeña, nos resulta tremendamente incómoda. Aquello que sin duda fue útil en el pasado puede que ahora no nos haga falta. Crecer es eso, tomar conciencia de cómo el miedo antaño nos proporcionó seguridad y aprender a reconocérselo para poder sacarlo de nuestro interior para, por vez primera, ir de la mano con él. Ese es el primer paso para poder seguir adelante, en lugar de estar en medio de la calle luchando con la armadura, inmóviles, mientras la vida tiene otros planes.

Podemos negociar con el dragón para pedirle que nos coja de la mano y nos ayude a cruzar la calle encharcada de las dificultades de nuestra existencia.

Alcanzar la madurez
El director norteamericano de cine Francis Ford Coppola suele decir que:

“La mejor manera de prever el futuro es inventarlo”.

Tal vez por eso las personas construimos objetivos y retos en nuestras mentes como recurso para vencer el malestar. Pasamos durante la vida diferentes etapas para alcanzar la madurez de nuestro espíritu. El ciclo del crecimiento parece cumplir con diferentes procesos: Deseamos, nos ponemos en marcha para alcanzar las cosas que queremos, nos acomodamos a esos logros y con el tiempo, esos logros se nos quedan pequeños. Notamos que tenemos necesidad de seguir avanzando, puede que las dificultades nos venzan, y extraemos aprendizajes de todo ello. Durante algún tiempo podemos estar instalados en crisis que nos enseñan a transformarnos y nos obligan a encontrar nuevas maneras de funcionar. Luego, de nuevo, nos acomodamos y con el tiempo, volver a empezar.

Hacia la libertad
No podemos esperar a que el miedo desaparezca por sí solo. No suele irse de nuestra vera así como así. Es un malestar que nos invita al reto paradójico de aprender a vivir con él para vivir si él. Es el caso del que aprende a salir de casa aun sintiendo miedo en lugar de permanecer siempre en ella esperando a ver si mañana ocurre un milagro y me siento bien, el caso del que dice la verdad aun teniendo miedo de que alguien resulte dañado, puesto que todos sabemos que la mentira aún duele más al ser descubierta. Temer y vivir como la vacuna contra el miedo como dijo el poeta Francisco de Quevedo ‘Siempre se ha de conservar el temor pero debemos aprender a no mostrarlo’. Las personas que superan el miedo y la desconfianza que genera lo hacen invitándolos a hacer esas cosas contra las que nos previenen, “Lo haré con miedo pero lo haré”. La experiencia nos suele demostrar de que no es tan fiero el león como lo pintan y de que, a posteriori, los beneficios de hacer aquello que tememos suelen ser muy enriquecedores. Así pues,

ser valiente significa afrontar las vicisitudes de la vida y los retos que comporta aun teniendo miedo. Dejar de pedirnos ser otros para encontrar una manera de ser nosotros mismos pero más eficientes recordando que el coraje no es la ausencia de miedo sino la capacidad de dejarse acompañar por él en la consecución de lo que es importante para nosotros.
Evita evitar
Una de las respuestas clásicas a las cosas que tememos es evitarlas. La evitación puede parecer una respuesta lógica para preservarse de la angustia aunque en grandes dosis perpetúa nuestro miedo y afecta a nuestra percepción sobre nosotros mismos.

Nunca se pudo dominar un acontecimiento evitándolo y, por el contrario, cuando afrontamos nuestros temores y llevamos a cabo las situaciones temidas nuestra persona se ve reforzada.

Afrontar paulatinamente, en cambio, nos proporciona sentimientos de satisfacción y eficiencia personal que redunda en nuestra autoestima. Dar pequeños y prudentes pasos siempre es mejor que no hacer nada por temor.
El poder negativo de las expectativas
Cuando tememos algo normalmente nuestro cerebro genera una imagen interna donde nos vemos a nosotros mismo logrando algo con éxito, con total tranquilidad. Cualquier resultado que no sea igual que nuestra imagen interna, nos genera frustración y tendemos minusvalorar el hecho de haber afrontado la situación. Así pues, las expectativas de éxito pueden estar funcionando en nuestra contra. Qué tal sería decirnos a nosotros mismos: “Aunque salga mal, lo importante es hacerlo”. Si esperamos a estar totalmente seguros de que todo irá bien, seguramente no haremos demasiadas cosas.

En el mundo hay una inteligencia mayor que tú: Entrevista a Stephen Gilligan

Entrevista a Stephen Gilligan

“En el mundo existe una inteligencia mayor que tú”.

Stephen Gilligan es un californiano de 58 años, doctor en Psicología por la Universidad de Stanford. Divorciado y padre de una hija de veinte años, suele decir que su paternidad le brinda la oportunidad de reorganizar constantemente su propia identidad.

Estudió 6 años con el psiquiatra y precursor de la hipnosis terapéutica Milton Erickson, y llena su discurso de anécdotas y referencias sobre él. Tiene una consulta en el sur de California cerca de la frontera con México aunque me cuenta que pasa 260 días al año compartiendo sus conocimientos por todo el planeta. Ha publicado muchos artículos científicos y varios libros, el último: “El coraje de amar”, se está traduciendo al castellano y contiene sus experiencias acerca de su propio enfoque terapéutico que llama “Terapia de las Relaciones del Self”.

Tras más de treinta años dedicado a la psicoterapia, propone que el amor es terapéutico y eso es lo que hace diariamente en su trabajo. Enseñar a las personas que el amor puede ser su cura. Sin embargo, no habla sólo del amor romántico, sino de un amor con mayúsculas que debiera impregnar toda nuestra cotidianeidad.

Cinturón negro de Aikido, un arte marcial cuyo nombre significa “El camino del amor universal”, combina sus conocimiento de este arte de la lucha con las prácticas budistas y la hipnosis, disciplina que promueve en sus talleres. Esta fusión de diferentes prácticas le ha permitido desarrollar una nueva visión sobre las personas y sus relaciones. Proponiendo prácticas de meditación y autohipnosis, al tiempo que propone innovadores enfoques en la práctica de la psicoterapia. Nos dice: “Hay que trabajar para salir de nuestros estados alterados negativos de conciencia, en realidad, estamos siempre en un trance. Salgan de él si eso les maltrata a si mismos”. Es un conversador locuaz y cuando te mira sabes que ama lo que está haciendo. Tuvimos ocasión de conversar con él en una de sus formaciones avanzadas:

Cetebreu: Stephen, gracias por atendernos y por compartir con nosotros tu tiempo, quisiera preguntarte, ¿Qué quieres decir cuando explicas que tenemos tres mentes, tres inteligencias?

Gilligan: Creo que el punto interesante es que tenemos diferentes maneras de experimentar el mundo, a mí me gusta repartirlas en tres áreas: Tú puedes experimentar el mundo en el cuerpo y a eso le llamamos la mente somática. Mucha gente trata el cuerpo como una máquina y no le presta atención, ni a la inteligencia que manifiesta su propio cuerpo. Podríamos decir que hay personas que andan desconectadas de esa primera mente. Claro, después tenemos otros aspectos que tienen que ver en cómo usamos nuestros pensamientos, nuestras verdades, nuestra inteligencia pensante. Intentamos ahí que las personas se den cuenta de cómo esa mente, que llamamos cognitiva, incide en la vida cotidiana para bien o para mal. La cosa curiosa es que estas dos mentes no siempre están colaborando. La mente somática y la mente cognitiva se hallan en un contexto más amplio que tiene que ver con la relación entre ambas. Llamo a este amplio contexto campo o mente relacional, y tiene que ver con un espacio mayor al de la propia mente humana. Esta mente relacional crea un espacio entre tus propios conflictos y el de los conflictos con los otros y con el mundo.

Cetebreu: Entiendo, sin embargo me cuesta imaginar eso en un plano más práctico ¿Cómo puede funcionar esto cuando alguien tiene problemas como el miedo, la tristeza, etc?

Gilligan: Bien, un profesional que conoce la idea de las tres inteligencias, debe prestar ayuda en las tres áreas, ¿cómo siente eso en el cuerpo? ¿en qué lugar del cuerpo se localiza eso? Existen muchas maneras de prestar atención a lo que el cuerpo de una persona está manifestando. Llegados a este punto, ¿cómo le hace sentir eso? ¿qué significado le da dentro de un infinito de significados que eso podría tener? ¿Cómo lleva lo que le ocurre? Se trata de ayudar a la persona que se queja a permitirse dar un nuevo significado y un nuevo lugar a lo que le está pasando. Acompañar a la persona en el proceso de estar curiosa acerca de lo que le está aconteciendo. La idea es que en muchas ocasiones la sanación se halla en la circunstancia de convertir a viejos enemigos internos en buenos amigos.

Cetebreu: Entonces ¿enseñas a tus clientes a hacer eso?

Gilligan: ¡Si, claro! Escucho a la persona y siempre hay muchas maneras de abordar lo que le pasa, una posibilidad es que yo pueda apoyar a la persona a aproximarse a su problema con mayor ternura y conectándola con sus recursos, con sus puntos mejores. Puntos que en muchas ocasiones parecen estar ocultos para la persona que vive con el problema. Si podemos hacer eso, muy buenas cosas van a empezar a ocurrir.

Cetebreu: Parece que eso permite que las personas cambien su manera de pensar, ¿Las personas pueden hacer este trabajo rápidamente? ¿Les lleva mucho tiempo?

Gilligan: Hace unos dias trabajé con una pareja. Ella sentía mucha culpa por cosas que le habían sucedido en el pasado, lo que le había llevado a una gran depresión. Investigué con ella a lo largo de una sesión de dos horas y pensamos en la manera en que ella podía poner a su familia y a si misma curiosa acerca de su depresión. Como si pudieran tocarla, para que todos pudieran percibir mayor ternura hacia esa depresión. Dos semanas después, ella me decía que había notado enormes cambios tras esa sesión. El punto crucial aquí es: ¿Qué tipo de relación estás teniendo tú con el problema? ¿Estás pensando que el problema es algo malo y que hay que eliminarlo? Hay que pensar sobre eso. Puedes cambiar tu relación con el problema y automáticamente éste parece transformarse en algo diferente, posibilitador. Tu experiencia alrededor de lo que está pasando va a cambiar.

Cetebreu: El budismo dice: “Lo que resistes persiste, lo que aceptas, se transforma”…

Gilligan: Si…

Cetebreu: Sin embargo, la aceptación no es fácil. Seguramente el camino puede ser doloroso para las personas que sufren.

Gilligan: Uno de los principios que suelo utilizar en la terapia de las relaciones del self es: “La vida es óptima pero a veces duele como el diablo”. (Ríe) Una de las cosas que impide el cambio o la curación es el deseo de no sufrir. A veces hay que sufrir, simplemente. Cuando perdemos un ser querido, por ejemplo, ¿Puede alguien no sufrir? No podemos luchar contra eso. Duele. Pero ese dolor puede ser bueno. Y seguramente la curación está en algún lugar más allá de ese sufrimiento. Ese recorrido no es malo, enriquece a la persona.

Cetebreu: El problema entonces es que la gente pelea en contra de lo que le ocurre ¿es eso?

Gilligan: Así parece. Me gusta decir que la vida se mueve a través tuyo excepto cuando no lo hace. Parece una obviedad pero olvidamos esta premisa. En principio la vida fluye a través de ti. No hay que forzar nada, en realidad cuando tratas de forzar la vida es cuando las cosas se complican. Te olvidas de ti y empiezas a buscar en otro lugar. Pienso en la historia de Nasrudín, el sabio loco de la cultura sufi, que busca las llaves bajo una farola en la noche. No las ha perdido ahí, pero bajo la farola hay más luz. Eso sucede cuando perdemos nuestra conexión con nuestro centro.

Cetebreu: Titulas tu libro: “El coraje de amar”. ¿Puede el amor cambiar la visión de la vida de alguien que tiene problemas? Realmente ¿hace falta coraje para amar?

Gilligan: Desafortunadamente la gente piensa que el amor es un estado sentimental que nos ocurre de vez en cuando. Si eres padre, por ejemplo, piensa en tus hijos. Piensa en una manera de desarrollar tu habilidad para amar. Para ser tierno, cuidador y a la vez ser firme y estar presente. Como cuando sujetas un pájaro. Decía el actor Errol Flynn cuando era preguntado acerca de su habilidad como espadachín teatral que su destreza con el sable provenía de su habilidad de sujetarlo. “Ni demasiado fuerte, ni demasiado flojo” como sujetar un pajarillo. En las habilidades que surgen como padres, están la del amor fuera de toda duda. Mi hija, en plena efervescencia adolescente, cometió un error: “Papá” –me dijo- “¿me seguirás queriendo?”. Pensé entonces que nada podía hacer para dejar de quererla. Y quise decírselo. “No hay nada que puedas hacer para que yo deje de quererte, pero ahora estoy enfadado, cariño”. Cuando alguien tiene una dificultad, una enfermedad, es bueno saber que el amor le puede permitir reconectarse. El amor es una habilidad humana. Es una habilidad madura. Hay que entrenarla, practicarla y eso puede requerir de mucho coraje en algunas ocasiones.

Cetebreu: Es un concepto que puede resultarle chocante a algunas personas, el amor como habilidad que hay que desarrollar…¿cómo explicarlo?

Gilligan: Una de las cosas iniciales con las que trabajo es lo que llamo el proceso de centramiento. Por ejemplo: Cuando una pareja discute ¿dónde están poniendo la atención? Uno de los dos apunta al otro con el dedo y levanta la voz. El otro, como respuesta, pone el cuerpo tenso y mira a su pareja con rabia o miedo. Cada miembro de esa pareja está poniendo la atención en el otro. La atención funciona como un puntero del ordenador. Puedes moverla para cualquier sitio que desees. La alternativa es pedirle a cada una de las personas que pongan atención en su propio centro. La atención para adentro, respirar profundamente y llevar la atención a su abdomen. Responder desde ahí. desde esa percepción sentida del centro. Por eso digo que el amor es una habilidad aprendida y que se puede reaprender. Es una alternativa a la dicotomía entre luchar y huir. Es una tercera opción que en Aikido se llama fluir y que pretendo enseñar o mostrar a mis clientes.

Cetebreu: ¿Esa tercera opción es la creación de lo que llamas tercera inteligencia o campo relacional?

Gilligan: La idea es que nuestra conciencia y nuestra inteligencia incluye mucho más que nuestra “sabiduría” individual. Nuestra cultura, nuestros sistemas de pertenencia: la familia, las creencias religiosas, etc. son un “campo” que nutre nuestra mente inconsciente. Eso es una inteligencia mucho mayor que la nuestra propia, que proviene de nuestros ancestros, del mundo que nos rodea. Jung lo llamó inconsciente colectivo, pero recibe diferentes nombres en todas las culturas: recibe el nombre de “inocencia”, de “justicia”, “trance”, en el ámbito del rendimiento deportivo se le conoce como “zona”…en las religiones se le llama”Dios”. En otras palabras, el campo es algo vivo que desea ayudarnos a ser más nosotros mismos. El “campo” no es una cosa, no puede ser concretado, cualquier acepción usada para definirlo no es más que un poema que apunta para definir una experiencia personal. A mi me gusta afirmar a las personas que me consultan que en el mundo existe una inteligencia mayor que la nuestra. Así defino el amor. El amor es un “campo” donde podemos manifestar esa ternura curativa. Está dentro de nosotros y alrededor nuestro, en nuestro entorno.

Cetebreu: ¿Propones entonces que tengamos amor al síntoma?

Gilligan: Exactamente, esa es la clave. No está mal un poco de eso para variar. Nuestro trabajo como terapeutas está ahí. En ese campo creado entre el terapeuta y la persona que padece, ahí pueden darse cita cosas increíbles.

Cetebreu: En los cuentos maravillosos, los cuentos de Hadas, se tiene conciencia de ese campo desde tiempos inmemoriales. El “Universo del todo es posible”.

Gilligan: Claro, Jung se refiere a eso cuando nos hablaba de los arquetipos como manifestaciones del inconsciente colectivo. También Erickson, el famoso hipnoterapeuta con quién tuve la oportunidad de aprender creía eso.

Él decía: “El cliente tiene todos los recursos, nosotros los terapeutas, sólo creamos un espacio donde nuestro paciente puede hacer el trabajo”. Creo que no hay mejor definición de lo que quiero explicar. Generamos la posibilidad de crear ese lugar donde la persona puede hacer el trabajo.

En Oriente, están más habituados a ese concepto de permitir esa posibilidad, en cambio en Occidente el individualismo lleva a la persona a sufrir sola. A sufrir menos eficazmente. En cierta ocasión un religioso me decía: “No he elegido mi camino para sufrir más que los demás, sino para hacerlo más eficazmente”. Hemos olvidado que el contacto con otros es curativo.

Cetebreu: Pero…¿Cómo se hace?…

Gilligan: Hay que aprender a aplicar las ideas principales. Tres principios que se entrelazan: El primero es buscar una alianza con lo que está apareciendo (el síntoma) y darle cobijo. Apadrinarlo. El segundo principio es buscar el self complementario de eso. Lo que la persona que sufre olvidó o, sencillamente, no ve para así dar lugar a el tercer principio, desarrollar una inteligencia relacional que pueda abarcar y mediar entre las otras dos. La meditación, el trance hipnótico y otras actividades de este tipo facilitan ese tipo de enfoque. Así se busca la alineación entre las tres inteligencias. Lo curativo es la integración entre ella. Hoy en día se conoce este estado como Flow, fluir. Algunos filósofos más tradicionales se refieren a ello como una experiencia numinosa.

Cetebreu: Para acabar Stephen ¿Cuál sería una respuesta soñada, para un pregunta ideal?

Gilligan: Amor. Amor, esa es la respuesta.

Libros publicados por Stephen Gilligan

En castellano:

Co-autor junto a Jeffrey Zeig:

Terapia Breve: Métodos, Mitos y Metáforas

Ed. Amorrortu (1990. Buenos Aires, Argentina)

en inglés:

Therapeutic Trances: The Cooperation Principle in Ericksonian Hypnotheraphy

Brunner/Mazel (1987. Nueva York, USA)

co-autor con R. Price:

Therapeutic Conversations

Norton (1993. Nueva York, USA)

En preparación en castellano:

El Coraje de Amar: Principios y Prácticas en la Psicoterapia de Relaciones del Self

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