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¿De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve?

De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve

(por Víctor Amat. WWW.CETEBREU.ES)
Después de haber leído a Haruki Murakami, el escritor japonés, siempre pensé que me hubiera gustado escribir algo copiándole el nombre de alguna de sus obras. Soy así de mitómano. Él tiene dos que empiezan como el título de este artículo y que recomiendo a las personas que me lean, a saber, “De qué hablo cuando hablo de correr” donde explica cómo entiende el hecho de practicar ese deporte y “De qué hablo cuando hablo de escribir” dónde hace lo mismo para explicar su oficio de escritor. Admiro a Murakami, de modo que llamarle a este artículo “De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve” es un homenaje a alguien que me ha proporcionado mucha inspiración.
No resulta fácil escribir en unas pocas líneas sobre algo que te apasiona y le dedicas muchas horas de trabajo, pero voy a intentar describir aquí qué entiendo por terapia breve y cuál es el enfoque que me estimula.

El encuadre o contrato terapéutico
La primera cosa a tener en cuenta es explicitar claramente a qué nos referimos con breve. La terapia es un encuentro entre, como mínimo, dos personas que ponen su inteligencia al servicio de la resolución de uno o varios problemas. Lo que hace especial a este tipo de trabajo es la capacidad de dirimir cuál es el tema que más nos importuna en este momento. Poder trabajar con los aspectos de la vida que más nos duelen en el momento actual, nos permite entrar por una de las puertas del cambio. Por supuesto hay otras entradas, pero a nosotros los terapeutas breves, nos gusta entrar por esta.
Este encuentro al que llamamos terapia, no tiene una duración estipulada. Aunque, en mi caso, suelo reservar en mi agenda una hora por cada paciente, es muy habitual que mis consultas duren treinta o cuarenta minutos. En ocasiones quince, depende del caso, de lo que esté ocurriendo, y del momento en el que se halle la terapia. La experiencia nos ha demostrado sobradamente que hacer durar la sesión durante un tiempo estipulado (por ejemplo, una hora) hace derivar la atención del paciente y el terapeuta a otros temas que a lo mejor no son relevantes para ayudar a resolver el problema. El nudo terapéutico, es decir, aquello que realmente supone cambio, dura lo que dura. En nuestra opinión, hay que aprovechar ese tiempo para trabajar y saber concluir la sesión sin abrir nuevos frentes. Solemos trabajar con un máximo de 10 visitas. Consideramos que, normalmente, la gente no aguanta mucho más tiempo en los tratamientos y si encima no hay cambios en la vida del paciente, pues con razón la gente abandona la aventura. Pensamos que en 5 o 6 sesiones, debería ser suficiente para poder movilizar el caso y facilitar que la persona que consulta se sienta con más control sobre la situación. Puede pasar, y de hecho ocurre con cierta frecuencia que, aun siendo la terapia de ayuda, la persona precise de más sesiones. En estos casos, la norma es “Ni una más de las que hacen falta, ni una menos de las que hacen falta”, así que dependiendo de muchas variables, podemos tener terapias resueltas en una sesión hasta otras que nos han llevado muchas más. Lo usual, es que podamos obtener resultados en esas seis sesiones comentadas.
Resumen: Terapia breve es igual a un proceso terapéutico con un máximo de diez sesiones, con una duración no determinada de antemano que puede durar desde 30 min hasta una hora y con el objetivo de resolver una problemática.

¿Qué se hace en una sesión?
El formato es el de una entrevista. A pesar de que es una conversación libre entre dos personas sobre lo que una de ellas percibe como una dificultad a resolver, en la terapia breve el o la terapeuta asume un rol preponderante. De manera muy respetuosa, el profesional puede hacer preguntas o indicaciones acerca del modo de resolver el tema. Pare ello, se requiere de un tipo de escucha especial, profundamente empática que dé a entender al paciente que está siendo comprendido. Este es un punto troncal, sin duda. El trabajo del profesional está encaminado a establecer una vinculación en la que la persona que consulta siente que se está haciendo “equipo” para resolver aquello que le oprime. Así pues, la persona que viene a una terapia de este estilo, debe esperar una conversación ágil entre terapeuta y ella, dónde él o la terapeuta puede proponer intervenciones y preguntar cuidadosamente sobre el problema.
Otra curiosidad del tipo de terapia que usamos es la que llamamos “prescripciones”, para ahorrar tiempo y dinero a nuestros pacientes, pensamos que proponer tareas comportamentales es una manera de hacer terapia cada día. Eso nos permite espaciar las visitas con bastante buen resultado de modo que logramos economizar en términos de tiempo y dinero todo este proceso. Se trata, en definitiva, de que las personas que consultan se pongan activas para lograr el mejoramiento de sus vidas. Más adelante, en el presente artículo, desvelaremos qué tipo de tareas pueden aparecer a lo largo de un tratamiento.

Resumen: El formato de la entrevista es una conversación a dos bandas. El terapeuta asume un rol preponderante y ofrece sugerencias. Cabe esperar, que un usuario de la terapia breve, realice las tareas que diseñe el terapeuta con el objetivo de resolver una dificultad.

¿Cuál es la teoría de la terapia breve?
Este no es un artículo académico y nuestra voluntad es la de aclarar, de manera sucinta, de qué va esto. A nivel epistemológico diremos que la terapia breve que practicamos tiene un componente fuertemente Ericksoniano y se deriva del trabajo de la Escuela MRI de Palo Alto de los años 70. Para explicarlo mejor diríamos que se basa en un tipo de comunicación muy sugestiva basada en modelos hipnóticos sin trance y pone en práctica un modelo de resolución de problemas basado en la detección de los intentos de solución ineficaces de la persona.
Estos intentos de solución que no han resuelto el problema forman parte del problema a resolver. Veamos un ejemplo, imaginemos que una persona padece de insomnio. Supongamos que este insomnio no tiene un origen orgánico, es decir, no forma parte de una enfermedad. El insomne, seguramente hará muchas cosas para dormir. La lógica de la persona es algo parecido a “He de dormir”. Con este pensamiento, el paciente habrá realizado, con mucha seguridad, muchos intentos para lograr su deseo como, por ejemplo:
Meterse en la cama y obligarse a dormir, intentar relajarse, contar ovejas, leer, escuchar la radio o ver la TV, escuchar audios de meditación, bañarse con agua caliente, hacer ejercicio durante el día, vigilar las ingestas, no tomar café, tomar infusiones relajantes, valerianas, tomar medicación, fumar cannabis, tener prácticas sexuales, etc.
Consideremos la situación, cuando vemos a un paciente insomne después de un cierto tiempo, probablemente nos diga: “Lo he probado todo”. Nuestro trabajo como terapeutas breves nos lleva a conjeturar que una nueva solución basada en la lógica “He de dormir” resultará tan ineficaz como los intentos anteriores. A estos intentos pertenecientes a una misma lógica los denominamos Cambios de tipo 1.

Esta es una de las principales claves: Los cambios de tipo 1, son los comportamientos que hace una persona para resolver un problema basados en una misma lógica de afrontamiento operativo de una dificultad.
Si la persona está en nuestra consulta, significa que estos intentos de solución no han fructificado, por lo tanto se hará necesario un Cambio de tipo 2.

El cambio de tipo 2, es un cambio en la manera de afrontar el cambio y que probablemente sea antinatural para la lógica que perpetuaba el problema. Sigamos con el ejemplo de nuestro insomne. Frente a la lógica “He de dormir” se han realizado muchos intentos, aparentemente muy diferentes. Pero todos son, para el terapeuta breve, iguales. El trabajo del profesional será dar a entender al paciente que esa lógica ha sido infructuosa. Una vez haya hecho esto, podría ser que el terapeuta pidiera a la persona que se acueste cada día a una determinada hora y que se esfuerce voluntariamente a mantenerse despierto. Como el lector o lectora pensará, pedirle que esté despierto es una solicitud contra natura en este caso. Sin embargo, eso es seguro, sabemos que la persona no durmió a la petición “He de dormir”. La petición “Manténgase despierto” será una intervención de Tipo 2. Es una propuesta aparentemente rara y paradójica que probablemente resolverá la situación.
Este tipo de cambio 2 es algo muy habitual en terapia breve, y cuando uno estudia esta modalidad se adentra en un mundo de irreverencia terapéutica.

Resumen: El estudio de las soluciones ineficaces del paciente para resolver un problema son la base de nuestro modelo de terapia breve. A estas soluciones se les llama Cambios de tipo 1. El trabajo del terapeuta se centra en modificar estas soluciones ineficaces para proponer nuevas vías de afrontamiento de las situaciones. A estos nuevos caminos los denominamos Cambios de tipo 2.

El mito de la profundidad
Una de las cosas que solemos escuchar por ahí, es que la terapia breve es superficial, o poco profunda. No creo que haya nada más alejado de la realidad. La idea de la profundidad en la terapia pertenece a un modelo de pensamiento muy médico, no hay que olvidar que Freud era neurólogo, y como precursor de la terapia tal y como la conocemos, aplicó un modelo causal a nuestro oficio. Es decir, si te pasa esto ahora, es porque hay una causa original. Este modelo de pensamiento, funciona a veces y no es raro escuchar a gente “trabajada” en psicoterapia decir cosas del tipo “La teoría ya me la sé” o “Sé por qué me ocurre esto”, sin que la persona pueda enfrentar de manera adecuada para ella sus dificultades. El pensamiento en nuestro modelo de psicoterapia es interaccional. Buscamos conocer la interacción de la persona con su síntoma, y parafraseando a Lacan, buscamos ayudar al paciente a que haga algo útil con él.
Creemos que hay, finalmente, dos tipos de terapia, la buena y la mala. La buena es profunda por definición, cambia modelos de comportamiento en situaciones dónde la persona no tenía recursos, y eso es muy poderoso cuando se hace bien. Muchas personas atendidas en nuestros centros de psicoterapia han hecho cambios, duraderos, estables y potentes. Por supuesto, en algunos casos hemos vuelto a atenderlos, algunas veces por recaídas y otras por nuevas dificultades que la vida, obstinadamente, suele ponernos delante.

Resumen: No consideramos que una terapia sea más profunda que otra por su duración, los cambios profundos pueden darse de una manera rápida. No pensamos tampoco que, por remover el pasado en exceso, una terapia sea más o menos profunda. El éxito de la terapia es una valoración subjetiva de paciente y terapeuta acompañada de cambios en el manejo de su propia vida.

Estas pocas ideas precisarían de un lugar más extenso para poder ser desarrolladas en su totalidad pero lo importante es poder hacer llegar nuestro modelo de trabajo a los y las profesionales del cambio. Ninguna idea está por encima de otra, sólo la práctica diaria nos puede dar las informaciones necesarias para saber si andamos en la buena vía.

Sé feliz!: Qué paradoja

No hace mucho, viajando en transporte público pude observar a una madre que hablaba con su hija, en un determinado momento la señora arengó a la muchacha e intentando animarla le dijo imperativamente: “Sé feliz!”. Al escuchar esta demanda de la dama tomé conciencia de la maldición que se cernía sobre la adolescente.

Parece que estamos en la época de la necesidad de que todos sean felices, la sociedad, los gobiernos, las grandes corporaciones, destilan este mensaje de manera que nuestra vida está sumergida en la aparente necesidad de ser feliz.

Las personas acudimos a centros de psicoterapia, medicina, gimnasios, etc, con la expectativa de ser felices, nos involucramos en relaciones con mayor o menor compromiso intentando descubrir dónde se halla el gozo total. Los cursos de meditación, en cualquiera de sus formatos, el yoga, los retiros, la espiritualidad, cualquier camino parece bueno para conseguir la quimera de la felicidad. La cuestión es que si estas cosas funcionaran bien, probablemente la gente en general estaría más feliz y no necesitaría consumir todas esas cosas.

La manera en la que es casi seguro que vamos a estar mal es autoimponiéndonos la felicidad o imponiendo la felicidad a otros.

Habrá que explicarlo más detalladamente. Cuando la mamá de nuestro relato introductorio le ordena a su hija que sea feliz en un momento en el que no  lo es, la pobre muchacha tiene que obligarse a ser feliz a la fuerza. Es decir, su problema va a aumentar, puesto que sobre la base de que le pasa algo y no está bien, cabe añadirle el nuevo problema de no poder ser feliz cuando se le pide. A la dificultad cotidiana, sea la que sea se le suma la incapacidad de ser feliz cuando estás mal. Esa es la gran paradoja. Al pedir a alguien la felicidad se la niegas por definición.

¿No es absurdo? Si una está mal por cualquier avatar de la vida, no puede ser feliz en ese momento. Obligamos a ser felices en un momento IMPOSIBLE como en el que estamos mal nos proporciona un resultado funesto.

Ser feliz es un acontecimiento espontáneo. Algo sucede, o tal vez nada concreto sucede y te sientes feliz. En muchas ocasiones, basta reflexionar sobre el asunto para perder ese estado maravilloso. basta pensar algo como: “Cielos, qué feliz me siento!” y automáticamente dejo de sentirme así, es como si te sales de esa experiencia para ir a cualquier otro lado, normalmente comparas con otras veces en las que fuiste feliz, o simplemente aparece un miedo a perder lo que tienes o a dejar de estar bien. La felicidad es tan fugaz como el paisaje que observamos desde la ventana de un tren. Tenemos un espíritu sutil y una experiencia emocional esquiva por eso las emociones fluyen a través de nosotros. El detalle de la espontaneidad es importante puesto que, como decíamos antes, algo que debería ser espontáneo no puede ser realizado a voluntad. Cuanta más voluntad le pongas, más lejos estarás de lo que deseas sentir. Pongamos algunos ejemplos: intentar que te caiga bien alguien que te cae mal, querer a alguien que no  quieres, desear a una persona no deseable, pretender que te guste un sabor que detestas, existen un montón de experiencias para ilustrar lo que quiero decir.

¿Qué hacer, entonces? Bueno, las cosas duran lo que duran a condición de que no las compliquemos nosotros. Lo malo y lo bueno acaba pasando, no hay mal que cien años dure y no hay felicidad que persista eternamente, de modo que os sugerimos tres pequeños tips para no caer en siniestras paradojas:

  1. Aprende a dejar que las emociones pasen. recuerda que nada dura eternamente. Si estamos mal, lo mejor es partir de esa base y no esforzarse en sentir otra cosa
  2. Actívate aún estando mal, no dejes que estar mal sea una excusa. Advierte a los demás que no estás fino y no hables demasiado del tema porque la gente te pedirá que sientas cosas que no puedes sentir en ese momento. Y cuando eso pasa, te sientes super raro e inútil.
  3. La felicidad dura lo que dura, si te descubres estando feliz, relájate…desafortunadamente pasará.

Maldita autoestima

Maldita autoestima

No es raro que la gente se acerque a mi consulta comentando acerca de su falta de autoestima y de cómo ese problema afecta a su vida. Desde los años 70 del pasado siglo la autoestima ha resultado una buena coartada para no hacerse cargo de uno mismo. Durante esos años posteriores a la cultura hippy y en una sociedad americana marcada por la derrota en la guerra del Vietnam, la psicoterapeuta estadounidense Virginia Satir acuñó en sus talleres y sesiones la palabra “Autoestima” con el objetivo de que aprendiéramos a comunicarnos mejor con nosotros mismos. Quería que las personas pudiéramos ser más indulgentes y amorosas con nosotros mismos. No era una mala propuesta en aquella época, de modo que esa idea, sembrada en un mundo donde la mente humana es fértil creando laberintos donde perder la cordura, creció hasta perder su propia esencia.

El tiempo ha pasado, inexorable, y la autoestima ha desvirtuado el concepto original.
Es curioso lo que ha ocurrido con la autoestima, la gente la tenemos muy presente pero no sabemos muy bien de lo que se trata. Parece que tener una buena autoestima sirve para enfrentar la vida con éxito, siendo maravillosos a los propios ojos y a los de los demás. Tener buena autoestima debería propulsarnos en globo a la estratosfera de la felicidad y sin embargo, casi nunca sucede eso. Lo habitual, es escuchar otro tipo de discurso. Las personas solemos contar aquello que nos atribula, y cuando mostramos nuestro dolor, nos sentimos inadecuados y tendemos a etiquetarnos con esos conceptos mágicos que respiramos en el aire como si realmente existieran.

Autodiagnosticarse “baja autoestima” o, peor aún, recibir ese diagnóstico de una buena amiga o amigo, puede ser motivo de iniciar una búsqueda dislocada hacia el interior de uno mismo.

“Subir la autoestima”, pues, parece el recurso lógico de alguien que padece de un raquítico autoamor y es por eso que las personas nos esforzamos en hacer cosas para “querernos”.
Sentir o pensar que uno no se quiere, se sabotea o piensa mal de sí mismo podría no tener que ver con un defecto en la autoestima, eso es tener una visión lineal de la vida y la vida será lo que sea, pero es poco lineal. Normalmente las personas nos metemos en bucles circulares, algo como “Cuando me pasa A, es por B y cuando me pasa B, es porque me pasa A”. O lo que es lo mismo, cuánto más A, más B y cuanto más B, más A. Eso nos lleva a la idea de que para sentirnos mejor deberíamos buscar la manera de revertir el bucle. Para ello hemos de aprender a pensar diferente sobre las cosas, ya lo decía Goethe:

“La locura es hacer siempre lo mismo y esperar un resultado diferente”.
Veamos qué podemos hacer. Una persona con una vida normal puede tener una determinada dificultad, si cuando se enfrenta a ella, no la soluciona, es probable que se resienta su propia concepción de sí misma ¿no? Pues ya lo tenemos. Nuestra hipótesis es que:

“Cualquier persona que enfrenta una dificultad sin éxito tenderá a verse como poco adecuado o poco eficiente con lo que su autoestima (Cabría llamarla más adecuadamente “autoapreciación”) se ve disminuida.”

De este modo, la autoestima podría verse más que como una causa de los problemas como un efecto de los mismos. Si pensamos detenidamente, el hecho de quejarse acerca de una mala vida, o de una tremenda situación, podría ser visto como un indicador de autoestima puesto que si no valiéramos nada, no nos quejaríamos puesto que estaríamos de acuerdo con que nuestro infortunio tiene que ver con nuestra falta de merecimiento. ¿No es curioso? Lucir las propias desgracias muchas veces tiene que ver con tener cierta soberbia, del tipo, “¿Ves qué mal lo paso? (No hay nadie que sufra más ni mejor que yo)”. Hay un punto dónde la persona podría parecer que se exhibe. En estas ocasiones, el discurso de la baja autoestima es falaz, puesto que en el fondo la persona siente un cierto orgullo en mostrar su desdicha. La baja autoestima debería llevar a otro lugar, tal vez a la resignación.
¿Qué solemos ocultar detrás de la “Baja autoestima”? Pues es sencillo de responder: El miedo. Afrontar el miedo eficientemente puede ayudarnos a sobrellevar ese proceso de mejora continua que es la vida. Hemos explicado cómo manejar el miedo http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en otro artículo. Aunque ahí van tres propuestas para afrontarlo:
1. Reconoce que tienes miedo. Eso te hace automáticamente más fuerte
2. Evita evitar
3. Haz las cosas con miedo sin intentar ser “valiente”
No dejes que la maldita autoestima sea tu escollo donde naufragar, es un concepto inventado por alguien que sólo resulta interesante si es útil. Es una buena excusa, no obstante.

Pensamos demasiado: cuando darle vueltas a las cosas es sufrir

PENSAMOS DEMASIADO: cuando darle vueltas  a las cosas es sufrir

La vida es rica en experiencias maravillosas, pero también nos aporta grandes temas sobre los que preocuparnos. Todo ello puede conducir a que, en ocasiones, nos esforcemos demasiado en pensar e intentemos resolver las cosas dándole vueltas a lo que nos pasa por la cabeza. Si ese proceso resulta muy intenso el propio pensamiento puede adueñarse de una persona y hacerla sufrir. Es como empezar a abrocharse mal una camisa: al final todo es un desbarajuste. Parece que el hecho de volver sobre una cuestión una y otra vez puede resultar de ayuda, y es probable que así sea, salvo que esa cadena de pensamientos esté basada en algún tipo de idea o de lógica equivocada. Cuando eso ocurre es fácil quedar atrapado en la telaraña de la mente, a merced del cansancio que eso suele producir, sintiéndose estancado o sin capacidad de acción.
Cuenta una vieja historia que un ciempiés paseando por el bosque se topó con una hormiga. Ésta, sorprendida por la elegancia del insecto al desplazarse, le preguntó cómo lograba caminar de manera tan armoniosa teniendo tantas patas. ¿No tropezaba? ¿No se equivocaba de pie a la hora de emprender la marcha? ¿Nunca se había hecho un lío? El ciempiés, reflexionó un rato y, con la intención de explicarle a la curiosa hormiga cómo hacía para caminar tan bien, intentó hacerlo a la vez que pensaba, con el resultado de que ya pudo volver a caminar nunca más. A menudo las personas, como el ciempiés de esta historia, olvidamos caminar con soltura y permanecemos atascados en el círculo de nuestros pensamientos.

Controlar el mundo con el pensamiento

De todos los autoengaños que el ser humano es capaz de crear, uno de los más dolorosos tal vez sea la fantasía de pretender dominar el mundo con el pensamiento. Es decir, el hecho de creer que pensando algo suficientemente es posible asegurarse el control de cualquier empresa. Y es que, cuando nos olvidamos de vivir la vida por el hecho de pasarla reflexionando sobre ella, nos alojamos en el hotel de las noches amargas de la infelicidad. Curiosamente, cuanto más pensamos para no sufrir, más nos hace padecer nuestro pensamiento; y cuando sentimos ese dolor, más pensamos, lo que nos sume en el desconcierto. Precisamente, ese es el círculo en el que perdemos de vista lo sensorial alejándonos de todo aquello que a través de los sentidos nos conecta con la vida.

Cuando pensar es sufrir

Son muchas las personas que intentan dirimir sus conflictos internos pensando y pensando sin encontrar soluciones. ¿Qué hacen entonces? Pues si no llegan a ningún lugar, se les ocurre que tal vez no han pensado bastante.
Es muy común intentar obtener respuestas lógicas a cuestiones que no lo son tanto, o razonar sobre cuestiones que permanecen en el universo de las emociones y sentimientos sin poder dirimirlas en su totalidad. Un ejemplo sería la mujer que dedica tanto tiempo a detallar los planes que la llevarían a ponerse en forma que no le queda tiempo para poder materializarlos y se siente por ello fracasada. Otra muestra podría ser el hombre que intenta razonar con su esposa para que ella cambie en función de lo que él piensa sin darse cuenta de que lo que hace es aumentar su problema.
Vivir con el supuesto de que solo es factible conseguir las cosas de una manera genera un dolor que podría no tener fin. Recuerda al de aquella mula que, al no poder pasar a través de una pared, se obstinaba en golpearla cada vez más fuerte con su cabeza.
Nuestra red neuronal forma un sistema maravilloso que nos permite investigar el mundo y vivirlo, pero conviene conocer sus limitaciones. Las personas disponemos de esa herramienta precisamente para experimentar la realidad, no tanto para filtrarla a través del pensamiento. Cuando niños, simplemente descubríamos el mundo con la mente curiosa como la de un científico: probábamos las cosas, llevándolas a la boca y jugando placenteramente con las texturas, olores, etc.
Es justamente con el uso de razón cuando empezamos a alejarnos de la experiencia y a reflexionar acerca de ella. ¿Qué significan las cosas? ¿Qué van a pensar de mí? De ese modo el niño o el joven se apartan de vivir la vida para reflexionar y encontrar la manera de acertar y agradar. Cuanto más dura haya sido nuestra vivencia de la infancia, más probable es que nuestra necesidad de reflexionar, de asegurarnos, sea mayor. Tal vez por ello, para no sentir la incertidumbre, el no saber que pasará, evitamos volver a lo sensorial a base de pensar y pensar. Jiddu Krishnamurti decía al respecto: “Cuando la inseguridad en busca de certezas nos domina, el pensamiento se convierte en nuestro peor enemigo”.
Según la tradición expresada en los cuentos maravillosos, se dan tres tipos de funciones del pensamiento que vienen simbolizadas por los personajes arquetípicos del Rey, el Héroe y el Hada. El Rey (o Reina) representa la reflexión, vigila que todo esté en orden en el reino para que las semillas crezcan y den fruto encarnando las fuerzas de la inteligencia, la autoridad y la decisión. El Héroe, dispuesto a todo, representa la conexión emocional con las cosas, sus fuerzas son el coraje y el compromiso. Por fin, el Hada representa la fecundidad infinita aportando el poder maravilloso de conseguir las metas. Tomando esta rica metáfora, parece que cuando pensamos demasiado, nuestra función de Rey está teñida por nuestros apriorismos, nuestras verdades. Nuestro Rey interno, a veces, se pierde el disfrute de reinar dando prioridad a su mente en lugar de sentir y actuar haciendo más presentes los arquetipos del Héroe y el Hada.

¿Pensar o experimentar la vida? Aprende a actuar

Existen muchos ejemplos cotidianos de cómo podemos amargarnos la vida a través de nuestros pensamientos. Una situación muy común puede ser la que nos comentaba una madre en la consulta: cuando discutía con su hijo al pedirle que colaborara en casa, si él no lo hacía ella se imaginaba que de mayor sería probablemente un fracasado, un vago, etc. Todos estos pensamientos la hacían sufrir, y ella se esforzaba en no pensar en esas cosas tan terribles, pero entonces caía en la paradoja que describe el filósofo griego Epicteto: “Pensar en no pensar ya es pensar”.
Las trampas mentales creadas por un exceso de pensamiento que resulta ineficaz son muy habituales, como recuerda el psicólogo Giorgio Nardone, y podrían agruparse en tres categorías:
El control que lleva a perder el control. Sucede cuando se intentan controlar las sensaciones y emociones junto a sus reacciones fisiológicas mediante el pensamiento. Sería el caso de quien se limita a repetir fórmulas como: “No quiero estar ansioso, debo relajarme”.
Pensar en no pensar. Equivaldría a pretender anular pensamientos incómodos o temidos pensando en otra cosa.
Buscar respuestas correctas a preguntas incorrectas. En ocasiones una persona se afana en intentar encontrar respuestas certeras y tranquilizadoras a dilemas que no pueden resolverse pensando. En ese caso, por mucho que se reflexione, se estarán buscando las respuestas en el lugar equivocado, como aquel borracho que perdió las llaves y las buscaba bajo una farola “porque ahí había luz”. ¿Será lo bastante dulce esa fruta que no hemos saboreado? Solo conoceremos su dulzor probándolos.
Si prestamos la suficiente atención nos daremos cuenta de que en estas tres categorías existen un sinfín de experiencias cotidianas donde resulta muy fácil excederse pensando sin solucionar ninguna preocupación. Por supuesto, no hacemos un alegato a favor de no pensar, simplemente prevenimos sobre lo inadecuado de pensar en exceso, en especial cuando la solución no da los resultados apetecidos.
Aprender a combinar pensamiento y acción no garantiza la felicidad pero nos mantiene alejados de la obsesión y suele deparar un aprendizaje interesante. Como afirmaba el monje trapense y escritor Thomas Merton: “No me hice sacerdote para no sufrir, sino para hacerlo más eficazmente”. Es decir, obtener resultados más interesantes a través de la experiencia y el aprendizaje de una vida bien vivida.

Hacer para crecer

“Nunca ararás el campo revolviéndolo con el pensamiento”, dice un proverbio irlandés. No es fácil enfrentar el problema de cavilar y pensar en cosas que nos preocupan centrando la atención sobre todo en los aspectos negativos. Puede parecer ilógico que pensar demasiado nos acarree numerosos peligros. Y no es difícil maquillar la postergación de acciones que pueden mejorar nuestra vida tras una apariencia de perspicacia y capacidad reflexiva.
En la vida es preciso tomar decisiones y llevarlas a cabo y, cuando lo hacemos, nos sentimos liberados. Dejar de rumiar sin fin requiere la capacidad de darse cuenta de cuándo hay que poner fin al pensamiento para pasar a la acción. Buscar ayuda de alguien con capacidad de acción en ese momento puede ser un recurso válido. Comprometerse emocionalmente con lo que queremos hacer y hacerlo es otorgar a nuestro Héroe y nuestra Hada interiores un lugar al lado del Rey. De este modo, cuando una persona está pensando demasiado y sufre lo que podría llamarse “la parálisis del análisis”, le puede convenir establecer un plan de acción y realizar los primeros movimientos que, poco a poco, le ayuden a lograr aquello que busca. Si las ruedas del coche caen en un socavón, una buena táctica puede ser ir suavemente adelante y atrás hasta que el vehículo se impulse lo suficiente para salir del atasco. De modo paralelo, permitirse la posibilidad de que en nuestro plan haya que ir adelante y atrás nos alivia frente a la “obligación” de acertar a la primera.
La vida, decía Osho, no es un problema para resolver sino un misterio para descubrir. Es, pues, momento de romper el yugo de la cavilación y hacer cosas para crecer al tiempo que mejoramos el lugar de nuestra existencia.

En un tuit 1
Sabes más de lo que crees que sabes
Las neurociencias han demostrado que el cerebro registra millones de datos a cada momento; como no podemos darnos cuenta de todo, omitimos muchas de estas informaciones que van a parar a nuestro inconsciente. Algunas personas llaman intuición al fruto de esa información oculta en algún lugar de nuestra mente. Encontrar maneras de confiar en nuestra intuición y practicar ejercicios creativos para liberar esa sabiduría son excelentes alternativas para dejar de pensar sin fin. Disciplinas como el yoga, la meditación, la hipnosis ericksoniana o la PNL pueden ser de utilidad, así como la práctica de actividades que estimulen la espontaneidad en la vida cotidiana.

En un tuit 2
Pensar menos y vivir más
El pensamiento excesivo y la cavilación son procesos que generan un considerable desgaste mental. Nos referimos concretamente al hecho de pensar hasta sentir una sensación de bloqueo que afecta a la propia estima. Si se detecta eso, puede resultar útil poner en marcha alguna de estas sugerencias:
Practicar una actividad física. Hacer ejercicio en cualquiera de sus formas contribuye a modificar la bioquímica cerebral. Puede mejorar el efecto de ciertos fármacos que se usan para la depresión o incluso sustituirlos en algunos casos.
Consultar a un profesional. Reconocer la debilidad puede ser un signo de verdadera fortaleza y un requisito en la curación. Una persona experta puede ayudar a trazar planes verdaderamente realistas y a avanzar por el camino de la acción.
Dedicar un rato estipulado a pensar. Un buen ejercicio para “dominar” el pensamiento desbocado suele ser establecer un horario fijo para preocuparse y pensar. Proponerse hacer alguna cosa y llevarla a cabo es una manera ideal de utilizar el tiempo restante.
Aceptar que no somos perfectos. La perfección no existe. Hacer algo incluso sabiendo que no nos irá bien del todo puede ser mucho mejor que quedarse en casa pensando.
Dar un tiempo diario a retornar a lo sensorial. Dedicar unos minutos a sentir tu cuerpo, a saborear un plato, escuchar una canción, oler una flor, bailar, pasear y sentir el viento suele dar resultado tras un corto tiempo de práctica.
Descubrir la meditación o el mindfullness. Cuando se practican técnicas meditativas la percepción se hace más viva al tiempo que se aprende a confiar menos en los propios pensamientos.
Confiar más en la intuición. Hay estudios que demuestran que tomamos decisiones correctas en el corto espacio de tiempo 3 segundos, sin embargo fallamos mucho más cuando nos damos un tiempo amplio para razonar. Atrevámonos a descubrirlo.

Libros recomendados:
El túnel. Ernesto Sábato. Ed. Cátedra
Pienso luego sufro. Giorgio Nardone. Ed. Paid
Cuando la depresión se contagia. Michael Yapko. Ed. Urano

Master y Postgrado en Terapia Breve y Estratégica (IESP-CETEBREU-Universitat de Girona)

Nos da mucho placer presentar nuestra primera Edición del Master en Terapia Breve tras más de 20 ediciones de nuestro Postgrado. Hemos diseñado una formación muy completa, con  la mirada puesta en el desarrollo del Terapeuta. Comunicación, relación y estrategia serán diseccionados y puestos en práctica en nuestro master. Es una oportunidad única en el panorama formativo para adquirir la estructura operativa de un/una terapeuta breve. Un poco más abajo y en otro color tenéis un link que os llevará directamente a la información!

 

Aquí tenéis toda la información sobre el Master en Terapia Breve y Estratégica que realizamos conjuntamente con IESP y la Universitat de Girona.

Lo negativo del pensamiento positivo

LO NEGATIVO DEL PENSAMIENTO POSITIVO
Al final de la extraordinaria película “La vida de Brian” hay una de las escenas más delirantes y acertadas que he visto nunca. Un montón de personas ajusticiadas y clavadas en la cruz intentan animar a Brian, el personaje principal, frente al terrible error que supone su condena a morir crucificado. Uno de ellos, un personaje que nos recuerda al buen ladrón de la Biblia, empieza a arengar al resto para decirles algo sobre las cosas buenas de su situación mientras Brian lo mira anonadado. La escena tiene un in crescendo donde todos entonan animosamente una canción titulada “Mira siempre el lado bueno de la vida” al tiempo que la cámara nos descubre un descarnado panorama con decenas de seres castigados a la crucifixión frente a una fosa común.
A día de hoy,  y siento que en esas estamos con todo lo que nos cae encima en la vida cotidiana,

pareciera que uno es tonto si no se ocupa de pensar en positivo.

Una horda de líderes inspiracionales, coachs y terapeutas positivos nos excomulgan si nos atrevemos a pensar en negativo. Hay que ser optimista, has de cambiar, enfermarás si piensas que te pondrás enfermo y, aún peor, crearás aquello en lo que piensas para arder en el fuego del infierno en la vida.

En pleno siglo XXI hemos llegado al fundamentalismo positivo.

Todo lo que no sea eso, nos aleja del éxito en la vida y nos convierte en seres dignos de morir en el cadalso.
La vida es óptima pero a veces duele como el diablo. Cuando uno está mal, no siempre se puede pensar en positivo. El pensamiento positivo, el optimista, nace….no se hace. Forzarse a optimizar una situación es la mejor manera de perpetuar el sufrimiento y a menudo es la peor de las maneras de salir de un pozo. En mi trabajo como psicólogo y psicoterapeuta he descubierto que hay muchísima gente que reacciona muy mal al ingenuo intento de pensar en positivo cuando el  miedo lo atenaza o cuando las circunstancias de la vida invitan a refugiarse en la cueva a lamerte las heridas.

Muchas personas entran en el grupo que denomino “Gente paradójica”, es decir, cuanto más intentan animarse a sí mismas, más se desaniman y cuánto más intentan controlarse, más se descontrolan.

Y es que, cuando el mal rollo va en aumento, nuestra estructura cognitiva se muestra irracional. ¿No lo crees? ¿Has intentado en vano no sentir miedo o que te caiga bien alguien que no soportas? Es probable que cuanto más te esfuerzas, menos logras tu objetivo y más empiezas a sentirte inútil. Llamamos a eso frustración.
La frustración aparece, sin duda, cuando comprobamos que nuestros esfuerzos por resolver el problema no funcionan y cuando vemos que no somos capaces de hacer aquello que hacíamos con niveles más bajos de preocupación o cuando no podemos seguir las indicaciones bienintencionadas de nuestro entorno. El pensamiento negativo aparece y permanece, a pesar de nuestros esfuerzos en no pensar. Es ahí donde podemos cambiar. Donde podemos reivindicar nuestras capacidades mentales y aprovecharlas a nuestro favor, es lo que llamo un “pensamiento eficientemente negativo” y dónde a pesar de la paradoja, el hecho de permitirse ser negativo nos lleva a un estado de bienestar.
En un tuit
1. ¿Quién ha dicho que para tener una buena vida hay que pensar en positivo? La humanidad ha avanzado porque muchos previeron todo lo que podía ir mal y se esforzaron en arreglar el mundo
2. ¿Intentas animarte y no lo logras? Tal vez es el momento de desanimarte voluntariamente. Siéntate en la penumbra y da lo mejor de ti mismo en pensar lo peor durante 30 minutos seguidos.
3. Avisa a los demás que eres el encargado del control de calidad. Cuando los ingenuos optimistas diseñen un proyecto diles que te autoricen a ver lo que falta o lo que no funcionará para que ellos encuentren nuevas soluciones, así hasta encontrar el proyecto ideal

 

Tu relación con la autoridad

Tu relación con la autoridad

Un antropólogo visitó una tribu y se fijó que el jefe daba a sus súbditos sólo las órdenes que podían cumplir. El investigador se lo hizo notar al gran jefe y éste le miró sorprendido diciéndole: ¡Pues claro! ¡Qué tipo de jefe sería yo si no hiciera esto!

Una de las cosas más desagradables que puede ocurrirnos es sentir que perdemos la autoridad o que tal vez no la hemos tenido nunca. La autoridad se relaciona con los méritos, es decir, con la idea de que merecemos orientar a otros. No es algo que nadie nos pueda otorgar, simplemente es algo que ganamos en nuestra vida a través de la experiencia y la capacidad de ser responsables y de cumplir con nuestros deberes. Ese aprendizaje es resultado de la tarea que hemos realizado en la vida junto a nuestros padres, nuestros educadores y la escuela.

¿Quién no se ha sentido incómodo alguna vez al imponer algo a los demás? ¿Por qué, en ocasiones, llevamos fatal que nos digan qué es lo que tenemos que hacer? Quizás tenemos la sensación de que nuestra libertad queda seriamente afectada cuando tenemos que respetar las reglas que la sociedad nos impone o tal vez tememos coartar la libertad del otro. Pero, ¿en qué momento aprendimos cuál era la manera correcta de actuar frente a la autoridad? ¿Cómo nos relacionamos con ella?

Enlace con la sociedad

En la infancia, nuestra familia y nuestros padres hacen la tarea de enlazarnos con la sociedad y el mundo que nos rodea. Es por ello que cada sistema familiar tiene unas normas y reglas que, desde su propia idiosincrasia, nos facilita la tarea de ser aceptados por el mundo y que nos permite encontrar nuestro lugar. La salud emocional de la familia es primordial para lograr este encaje. Las normas nos permiten coordinar nuestras propias acciones con las de otras personas. Cuando en un grupo todos seguimos las mismas normas, todo se hace más estable y nuestras decisiones y comportamientos en general son más predecibles por el resto del sistema. Obviamente, una de las funciones de la autoridad es la de conseguir que todos cumplan en la mayor medida. Desde esta perspectiva, la cuestión es ¿Cómo nos transmitieron esos mensajes y reglas que permiten este encaje? ¿De qué manera las entendimos? ¿Cómo nos sentimos con ellas y con las personas que nos las sugirieron?

Podemos decir que a grosso modo existen dos caminos en la educación, uno tiene que ver con “enseñar” al niño las cosas, la vieja idea del cuenco lleno de sabiduría que vierte el preciado tesoro en la vasija vacía del que aprende. El otro, el que cree que el aprendiz tiene la sabiduría en su interior y que requiere de un guía que le facilita la tarea de aflorarla al exterior. Nuestras figuras de autoridad podrían, pues, pertenecer a cualquiera de esas dos escuelas de vida. De cómo nuestros padres o nuestros referentes educativos transmitieron esos conceptos dependerá nuestra manera de sentir la autoridad, comprenderla, padecerla o ejercerla.

La evolución de las familias

Con el devenir de los años, hemos pasado de una organización familiar de tipo patriarcal a otra nuclear. No hace tanto que las familias eran más numerosas, y estaban organizadas en función de los adultos. En este tipo de organización familiar, solía ejercer la autoridad uno de los progenitores (normalmente el padre) y, cuando lo hacía, ésta era poco empática. Muchos de nosotros nos criamos en un ambiente así, donde el padre pasaba mucho tiempo trabajando y cuando estaba presente, ejercía un tipo severo o intransigente de autoridad.

En la actualidad, sin embargo, ha disminuido el número de componentes de la familia, hay muchas familias con hijos únicos y, en comparación con tiempos pasados, hoy en día casi toda la familia está volcada con el cuidado de los pequeños. Una especie de pirámide invertida, donde abuelos, tíos y, por supuesto, padres están al servicio de los niños. Se ha pasado a un modelo más permisivo de autoridad donde se rechaza cualquier cosa que nos recuerde al “autoritarismo” de antaño. Como todo en la vida, eso conlleva cosas buenas y otras no tan buenas, huir de la propia autoridad puede acabar generando múltiples problemas debido a que los chicos no toleran la disciplina y actúan conflictivamente cuando se intenta que se ciñan a límites y reglas.

¿Cómo nos llevamos con la autoridad?

En psicología suele aceptarse el hecho de que nuestro modo de convivir con la autoridad tiene que ver con los patrones que aprendimos en la infancia. Por supuesto, existen tantas maneras de relacionarse con las figuras de autoridad como personas hay en el mundo con lo que hay que ser muy prudentes a la hora de establecer “categorías”. ¿Cuál es nuestro sentimiento frente al requerimiento de obedecer? ¿Nos sentimos manipulados por la culpa? ¿Nos enseñaron que si no hacíamos lo que nos pedían éramos malos o peores que otros? ¿Nos apremiaban con órdenes tajantes y “dictatoriales”? En nuestra consulta solemos ver sufrir a personas que en su infancia se sintieron maltratadas o despreciadas, también atendemos a personas a las que sus padres no les pusieron límites y sufren ahora frente a las dificultades que la vida les propone. Conocemos casos de personas que viven en guerra contra la autoridad y tienen problemas para mantener sus empleos, o relaciones íntimas donde el amor requiere de consenso y ellos sólo pueden proponer conflicto. ¿Qué aprendimos de nuestras familias? ¿Aprendimos que éramos dignos de confianza, o por el contrario, se nos mostró que no éramos de fiar y alguien tenía que llevar el control por nosotros? Muchas personas confiesan sentir temor y aislamiento u otros sentimientos limitantes frente a la autoridad. Otros tuvieron la suerte de sentir que las personas de su alrededor les hicieron sentir importantes y valiosos al tiempo que les ayudaban a desarrollar sus competencias en la vida. Para estas personas es probable que la autoridad no les suponga un mayor problema. Ahí radica la clave, mirarla a los ojos para hacerla humana. Sólo cuando podemos sentir de este modo a la autoridad, podemos ejercerla amorosamente y vivirla con congruencia.

Estilos de autoridad

La psicoterapeuta norteamericana Virginia Satir entrevistó a miles de familias, de su trabajo extrajo interesantes teorías acerca de cómo las familias se comunicaban. Estudió como los padres se dirigían a sus hijos y cómo les educaban. Describió cuatro estilos de comunicación basándose en la comunicación verbal y corporal de los elementos de la familia.

Analizando con detalle estos patrones universales podemos explicarlos así:

Estilo Acusador: es un patrón autoritario basado en el guión “Yo soy quién manda aquí” El acusador se considera mejor que los demás, y se comunica con tensión, su voz es dura. Podemos imaginarlo señalando al otro con el dedo. Se siente eficaz en base a la obediencia conseguida. Si fuimos educados en base a este modelo de familia, es probable que nos manejemos mal con personas autoritarias, tal vez evitemos la confrontación o, por el contrario, tal vez nos agrade la “batalla” y busquemos los conflictos. (Temor)
Estilo Aplacador: Su guión se basa en la idea “Sólo vivo para hacerte feliz”. Usa un tono de voz congraciador, tratando de agradar al otro. Adopta una actitud de mártir y podemos imaginarlo arrodillado frente al otro. Las personas que recibieron mensajes de personas aplacadoras, pueden convertirse en pequeños tiranos. Seres que exigen cualquier capricho, puesto que siempre recibieron esas atenciones en su infancia. También podemos encontrar personas que se identifiquen con el estilo aplacador y que presenten baja autoestima al tiempo que aceptan el “maltrato” del otro sometiéndose a todo tipo de órdenes. (Culpa)
Estilo Calculador: Es la persona que lo racionaliza todo, su guión tiene que ver con la idea:”Si pienso lo suficiente, evitaré el dolor”. Son personas que no demuestran sus emociones tal vez porque sienten miedo de ellas. Las personas que recibieron este tipo de autoridad pueden presentar un patrón de preocupación por ser “perfectos” y controlarlo todo. Tal vez busquen estar seguros al cien por cien de que las cosas saldrán como quieren y es posible que sientan una gran responsabilidad y miedo al fracaso. (Paranoia, envidia)
Estilo Distractor: Nunca están dónde tienen que estar, y sus palabras no tienen que ver con lo que está pasando. Tienen la sensación de no importar a nadie y viven acompañados de una gran soledad. Nada es seguro con el distractor, buscan divertir al otro con lo que un niño podría sentirse tan desorientado que no sabría qué hacer, ni cómo actuar frente a la vida. Sobretodo cuando ésta no es divertida y nos pone a prueba. Su guión es: “Lo importante es divertirse” (Desorientación)
Autoridad Niveladora

Frente a estos estilos poco eficientes de educación, Virginia Satir propuso un tipo de comunicación más congruente, a la que llamó Niveladora. Una familia nutricia se comunica de modo más empático y creativo que fomenta una autoestima elevada, una comunicación directa y clara, con reglas humanas, flexibles y susceptibles de ser cambiadas si es preciso. La comunicación niveladora facilita un enlace con la sociedad abierto y confiado. Esta autoridad depende de los aprendizajes que le proporciona la vida misma y de las actualizaciones que hace de esos nuevos conocimientos. Ejerce, por decirlo de alguna manera, un liderazgo creativo que se va reajustando a medida que los entornos cambian. Quizás todo esto parece difícil, si nuestras experiencias fueron dolorosas. La buena noticia, sin embargo, es que siempre existe la esperanza de que cambie tu vida, porque tienes la capacidad de aprender cosas nuevas.

Con ello pretendemos decir que tras años de experiencia en psicoterapia, nos damos cuenta de que ya no cabe seguir culpando a los padres, sin importar lo dolorosos que hayan sido sus actos. Consideramos que las personas adultas son responsables de aceptar las consecuencias de sus actos y de aprender a conducirse de otra manera. Para ello, el reto está servido, re-conectarse con la propia valía es una oportunidad que está presente toda nuestra vida. Nunca es tarde para empezar.

Empezar a recuperar nuestra propia autoridad.

El verso XVIII del Tao Te Ching empieza así:

Cuando la grandeza del Tao está presente,

Los actos surgen del corazón.

Cuando la grandeza del tao está ausente,

Los actos provienen de las normas,

La autoridad y la justicia.

Tal vez la propuesta puede ser radical, pero se basa en la idea de que las personas necesitan amarse a si mismas para poder fomentar la autoestima en el otro, y ello aún es más importante cuando hablamos de educar. Cuando nuestro deseo es el de ayudar a otro ser humano a crecer.

Esta autoridad niveladora encuentra una manera de sostener la confrontación entre enseñar y permitir aprender. Como en el cuento sufí, no necesitamos elegir entre la bella princesa y la bruja malvada, podemos integrar esas dos polaridades de manera elegante. Quizás el verdadero camino se halla en algún lugar entre ambas opciones. Enseñar, y al tiempo facilitar el deseo exploratorio del niño permitiendo así que aprenda. Esto mismo nos sirve para ejercer una autoridad congruente con cualquier ser humano. El filósofo José Antonio Marina en su libro “La recuperación de la autoridad” pide a los padres que olvidemos el miedo a la ternura y la exigencia, es decir, si podemos exigir desde la ternura logramos algo tan maravilloso como poder unir algo que parece separado.

Quién vence a los demás es fuerte, quién se vence a si mismo es invencible.

Lao Tse (Tao te ching)

El padre del Taoísmo nos sugiere un camino interesante a recorrer. La idea de que la autoridad radica en el propio interior. Vencerse a si mismo para poder ser congruente entre nuestras peticiones y nuestros actos. O lo que es lo mismo “Hacer lo que se dice”. Cualquier niño descubre fácilmente nuestras incongruencias señalándonoslas cuando queremos que haga una cosa que nosotros mismos no hacemos. Milton Erickson, legendario psicoterapeuta, solía pedir a sus pacientes que hicieran cosas que podían parecer inverosímiles para curarse. Cuando fue preguntado de porqué confiaba de que los clientes le harían caso, él señalaba: “¡Cómo no van a hacerlo, saben que hablo en serio!”.

Liderazgo Nivelador

Siempre estamos a tiempo para reconectar con nuestra autoridad interna. Para ello es bueno empezar conectando con nuestro propio centro. Desde ahí proponemos algunas sugerencias para ejercer un liderazgo congruente y nivelador:

Ten claro lo que quieres, de este modo será más fácil transmitir tus deseos.
Las reglas son útiles y conviene añadirles la regla de oro: “¡Ojo, las reglas pueden mejorarse!”
Aprende a diferenciar lo que las personas hacen y lo que son. “Has tirado el agua” tiene que ver con el comportamiento y, en cambio “Eres un desastre!” afecta a la identidad del otro. Ese es un tipo de maldición que provoca mucho dolor a los demás.
Ofrece sugerencias alternativas de comportamiento: Casi siempre, después de una crítica, podemos sugerir a la persona qué hacer o cómo hacerlo mejor.
Si somos humanos, la ira y la impotencia nos vendrá a visitar. Una persona madura sabe reconocer estos sentimientos y los sitúa en el contexto adecuado. Es probable que tu impotencia no tenga que ver con lo que está pasando ahora. Si la ira nos invade a menudo, tal vez es un buen momento para dejarse ayudar por algún profesional.
Trabaja tu autoestima, frente a un abuso de autoridad es importante conocerse. Así podemos saber cómo, en ocasiones, participamos en mantener ese problema.
Aún cuando ejerces la autoridad, sigues siendo el mismo. Se puede seguir siendo buena persona aunque tomes decisiones que no gusten a los demás.
Recuerda perder el miedo a ser tierno y exigente. No hay que olvidar que, como Óscar Wilde solía decir: “A menudo, con las mejores intenciones se consiguen los peores efectos”.