¿De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve?

De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve

(por Víctor Amat. WWW.CETEBREU.ES)
Después de haber leído a Haruki Murakami, el escritor japonés, siempre pensé que me hubiera gustado escribir algo copiándole el nombre de alguna de sus obras. Soy así de mitómano. Él tiene dos que empiezan como el título de este artículo y que recomiendo a las personas que me lean, a saber, “De qué hablo cuando hablo de correr” donde explica cómo entiende el hecho de practicar ese deporte y “De qué hablo cuando hablo de escribir” dónde hace lo mismo para explicar su oficio de escritor. Admiro a Murakami, de modo que llamarle a este artículo “De qué hablo cuando hablo de Terapia Breve” es un homenaje a alguien que me ha proporcionado mucha inspiración.
No resulta fácil escribir en unas pocas líneas sobre algo que te apasiona y le dedicas muchas horas de trabajo, pero voy a intentar describir aquí qué entiendo por terapia breve y cuál es el enfoque que me estimula.

El encuadre o contrato terapéutico
La primera cosa a tener en cuenta es explicitar claramente a qué nos referimos con breve. La terapia es un encuentro entre, como mínimo, dos personas que ponen su inteligencia al servicio de la resolución de uno o varios problemas. Lo que hace especial a este tipo de trabajo es la capacidad de dirimir cuál es el tema que más nos importuna en este momento. Poder trabajar con los aspectos de la vida que más nos duelen en el momento actual, nos permite entrar por una de las puertas del cambio. Por supuesto hay otras entradas, pero a nosotros los terapeutas breves, nos gusta entrar por esta.
Este encuentro al que llamamos terapia, no tiene una duración estipulada. Aunque, en mi caso, suelo reservar en mi agenda una hora por cada paciente, es muy habitual que mis consultas duren treinta o cuarenta minutos. En ocasiones quince, depende del caso, de lo que esté ocurriendo, y del momento en el que se halle la terapia. La experiencia nos ha demostrado sobradamente que hacer durar la sesión durante un tiempo estipulado (por ejemplo, una hora) hace derivar la atención del paciente y el terapeuta a otros temas que a lo mejor no son relevantes para ayudar a resolver el problema. El nudo terapéutico, es decir, aquello que realmente supone cambio, dura lo que dura. En nuestra opinión, hay que aprovechar ese tiempo para trabajar y saber concluir la sesión sin abrir nuevos frentes. Solemos trabajar con un máximo de 10 visitas. Consideramos que, normalmente, la gente no aguanta mucho más tiempo en los tratamientos y si encima no hay cambios en la vida del paciente, pues con razón la gente abandona la aventura. Pensamos que en 5 o 6 sesiones, debería ser suficiente para poder movilizar el caso y facilitar que la persona que consulta se sienta con más control sobre la situación. Puede pasar, y de hecho ocurre con cierta frecuencia que, aun siendo la terapia de ayuda, la persona precise de más sesiones. En estos casos, la norma es “Ni una más de las que hacen falta, ni una menos de las que hacen falta”, así que dependiendo de muchas variables, podemos tener terapias resueltas en una sesión hasta otras que nos han llevado muchas más. Lo usual, es que podamos obtener resultados en esas seis sesiones comentadas.
Resumen: Terapia breve es igual a un proceso terapéutico con un máximo de diez sesiones, con una duración no determinada de antemano que puede durar desde 30 min hasta una hora y con el objetivo de resolver una problemática.

¿Qué se hace en una sesión?
El formato es el de una entrevista. A pesar de que es una conversación libre entre dos personas sobre lo que una de ellas percibe como una dificultad a resolver, en la terapia breve el o la terapeuta asume un rol preponderante. De manera muy respetuosa, el profesional puede hacer preguntas o indicaciones acerca del modo de resolver el tema. Pare ello, se requiere de un tipo de escucha especial, profundamente empática que dé a entender al paciente que está siendo comprendido. Este es un punto troncal, sin duda. El trabajo del profesional está encaminado a establecer una vinculación en la que la persona que consulta siente que se está haciendo “equipo” para resolver aquello que le oprime. Así pues, la persona que viene a una terapia de este estilo, debe esperar una conversación ágil entre terapeuta y ella, dónde él o la terapeuta puede proponer intervenciones y preguntar cuidadosamente sobre el problema.
Otra curiosidad del tipo de terapia que usamos es la que llamamos “prescripciones”, para ahorrar tiempo y dinero a nuestros pacientes, pensamos que proponer tareas comportamentales es una manera de hacer terapia cada día. Eso nos permite espaciar las visitas con bastante buen resultado de modo que logramos economizar en términos de tiempo y dinero todo este proceso. Se trata, en definitiva, de que las personas que consultan se pongan activas para lograr el mejoramiento de sus vidas. Más adelante, en el presente artículo, desvelaremos qué tipo de tareas pueden aparecer a lo largo de un tratamiento.

Resumen: El formato de la entrevista es una conversación a dos bandas. El terapeuta asume un rol preponderante y ofrece sugerencias. Cabe esperar, que un usuario de la terapia breve, realice las tareas que diseñe el terapeuta con el objetivo de resolver una dificultad.

¿Cuál es la teoría de la terapia breve?
Este no es un artículo académico y nuestra voluntad es la de aclarar, de manera sucinta, de qué va esto. A nivel epistemológico diremos que la terapia breve que practicamos tiene un componente fuertemente Ericksoniano y se deriva del trabajo de la Escuela MRI de Palo Alto de los años 70. Para explicarlo mejor diríamos que se basa en un tipo de comunicación muy sugestiva basada en modelos hipnóticos sin trance y pone en práctica un modelo de resolución de problemas basado en la detección de los intentos de solución ineficaces de la persona.
Estos intentos de solución que no han resuelto el problema forman parte del problema a resolver. Veamos un ejemplo, imaginemos que una persona padece de insomnio. Supongamos que este insomnio no tiene un origen orgánico, es decir, no forma parte de una enfermedad. El insomne, seguramente hará muchas cosas para dormir. La lógica de la persona es algo parecido a “He de dormir”. Con este pensamiento, el paciente habrá realizado, con mucha seguridad, muchos intentos para lograr su deseo como, por ejemplo:
Meterse en la cama y obligarse a dormir, intentar relajarse, contar ovejas, leer, escuchar la radio o ver la TV, escuchar audios de meditación, bañarse con agua caliente, hacer ejercicio durante el día, vigilar las ingestas, no tomar café, tomar infusiones relajantes, valerianas, tomar medicación, fumar cannabis, tener prácticas sexuales, etc.
Consideremos la situación, cuando vemos a un paciente insomne después de un cierto tiempo, probablemente nos diga: “Lo he probado todo”. Nuestro trabajo como terapeutas breves nos lleva a conjeturar que una nueva solución basada en la lógica “He de dormir” resultará tan ineficaz como los intentos anteriores. A estos intentos pertenecientes a una misma lógica los denominamos Cambios de tipo 1.

Esta es una de las principales claves: Los cambios de tipo 1, son los comportamientos que hace una persona para resolver un problema basados en una misma lógica de afrontamiento operativo de una dificultad.
Si la persona está en nuestra consulta, significa que estos intentos de solución no han fructificado, por lo tanto se hará necesario un Cambio de tipo 2.

El cambio de tipo 2, es un cambio en la manera de afrontar el cambio y que probablemente sea antinatural para la lógica que perpetuaba el problema. Sigamos con el ejemplo de nuestro insomne. Frente a la lógica “He de dormir” se han realizado muchos intentos, aparentemente muy diferentes. Pero todos son, para el terapeuta breve, iguales. El trabajo del profesional será dar a entender al paciente que esa lógica ha sido infructuosa. Una vez haya hecho esto, podría ser que el terapeuta pidiera a la persona que se acueste cada día a una determinada hora y que se esfuerce voluntariamente a mantenerse despierto. Como el lector o lectora pensará, pedirle que esté despierto es una solicitud contra natura en este caso. Sin embargo, eso es seguro, sabemos que la persona no durmió a la petición “He de dormir”. La petición “Manténgase despierto” será una intervención de Tipo 2. Es una propuesta aparentemente rara y paradójica que probablemente resolverá la situación.
Este tipo de cambio 2 es algo muy habitual en terapia breve, y cuando uno estudia esta modalidad se adentra en un mundo de irreverencia terapéutica.

Resumen: El estudio de las soluciones ineficaces del paciente para resolver un problema son la base de nuestro modelo de terapia breve. A estas soluciones se les llama Cambios de tipo 1. El trabajo del terapeuta se centra en modificar estas soluciones ineficaces para proponer nuevas vías de afrontamiento de las situaciones. A estos nuevos caminos los denominamos Cambios de tipo 2.

El mito de la profundidad
Una de las cosas que solemos escuchar por ahí, es que la terapia breve es superficial, o poco profunda. No creo que haya nada más alejado de la realidad. La idea de la profundidad en la terapia pertenece a un modelo de pensamiento muy médico, no hay que olvidar que Freud era neurólogo, y como precursor de la terapia tal y como la conocemos, aplicó un modelo causal a nuestro oficio. Es decir, si te pasa esto ahora, es porque hay una causa original. Este modelo de pensamiento, funciona a veces y no es raro escuchar a gente “trabajada” en psicoterapia decir cosas del tipo “La teoría ya me la sé” o “Sé por qué me ocurre esto”, sin que la persona pueda enfrentar de manera adecuada para ella sus dificultades. El pensamiento en nuestro modelo de psicoterapia es interaccional. Buscamos conocer la interacción de la persona con su síntoma, y parafraseando a Lacan, buscamos ayudar al paciente a que haga algo útil con él.
Creemos que hay, finalmente, dos tipos de terapia, la buena y la mala. La buena es profunda por definición, cambia modelos de comportamiento en situaciones dónde la persona no tenía recursos, y eso es muy poderoso cuando se hace bien. Muchas personas atendidas en nuestros centros de psicoterapia han hecho cambios, duraderos, estables y potentes. Por supuesto, en algunos casos hemos vuelto a atenderlos, algunas veces por recaídas y otras por nuevas dificultades que la vida, obstinadamente, suele ponernos delante.

Resumen: No consideramos que una terapia sea más profunda que otra por su duración, los cambios profundos pueden darse de una manera rápida. No pensamos tampoco que, por remover el pasado en exceso, una terapia sea más o menos profunda. El éxito de la terapia es una valoración subjetiva de paciente y terapeuta acompañada de cambios en el manejo de su propia vida.

Estas pocas ideas precisarían de un lugar más extenso para poder ser desarrolladas en su totalidad pero lo importante es poder hacer llegar nuestro modelo de trabajo a los y las profesionales del cambio. Ninguna idea está por encima de otra, sólo la práctica diaria nos puede dar las informaciones necesarias para saber si andamos en la buena vía.

Abordaje de las dificultades en infancia y adolescencia en Centre de Terapia Breu

Abordaje de las dificultades en infancia y adolescencia en Centre de Terapia Breu

(Escrito por Bet Font)

Miedos, falta de confianza, dificultades relacionales, ayuda en momentos puntuales de estrés, duelos o acomodaciones a situaciones críticas… No es raro que nos consulten acerca de si atendemos a niños y niñas en nuestro centro, si los vemos con sus padres o al formato de entrevista que utilizaremos para trabajar la situación. En cualquier caso el enfoque que utilizamos es de terapia familiar breve y, por tanto, tiene en cuenta la totalidad del sistema implicado y sus interrelaciones.

Atendemos a los niños cuando tienen una queja o quieren ser ayudados en una dificultad que ellos mismos vivan como tal o bien cuando consideramos que esa será la estrategia eficiente que requerirá la situación concreta considerando a los diferentes miembros de la familia y su posición respecto la dificultad, lo cual determinamos a partir de una primera entrevista conjunta con los afectados que se presten a colaborar.

Puede parecer una obviedad, pero a menudo encontramos preocupaciones por parte de un padre o de una madre que no son sentidos como dificultad por el propio hij@ u otros miembros de la familia. De ser así, los críos podrían mostrarse reacios o pasivos a movilizarse para el tratamiento. Sin ir más lejos, un ejemplo frecuente lo encontramos cuando un padre pierde pie en su autoridad como tal y te trae a su hijo porque no le hace caso o cuando una madre padece por los miedos de su hija, por su timidez, por sus recurrentes errores o su falta de esfuerzo en las tareas escolares o la colaboración en casa. Estas y muchas otras dificultades que generan sufrimiento en la familia o en algunos de sus miembros son las que cabe preguntarse si el niño o adolescente señalado como paciente identificado está motivado para trabajarlas y en qué términos.

En nuestra experiencia como profesionales y, especialmente, teniendo en cuenta el enfoque de terapia breve según el cual la predisposición al cambio que se quiere efectuar es un elemento clave para la intervención nos conduce en no pocas ocasiones hacia el trabajo indirecto con los adultos. Por otro lado consideramos que la normalidad del niño o de la niña pasa por jugar, estar con sus seres queridos e ir a la escuela o allá donde hayan decidido que amplie sus aprendizajes.

La consulta entraría en juego solo cuando el bloqueo no se resuelva en esos ámbitos cotidianos o para cuando hay una demanda explícita de ayuda de un profesional y una motivación por parte del propio pequeño.

En caso de duda siempre queda la opción de consultar, para lo cual averiguaremos con los implicados qué les preocupa a los padres, cómo intentan ayudar a sus hijos o qué es lo que no funciona, a pesar de que en teoría y aparentemente, debería funcionar.

Cuando las cosas no van como quisiéramos no resulta inusual que los padres y/o cuidadores de los niños, o ell0s mismos, intenten reiteradamente solucionar las cosas que les pasan con sus recursos o inercias habituales.

Cuando no surge el resultado deseado a pesar de esos intentos (esa vivencia común de “ya no sé qué más hacer, lo hemos probado todo”!) y persiste el malestar al respecto es cuando podemos acudir a un profesional para revisar estas estrategias.

Permitir y acompañar adecuadamente a un niño a solucionar una situación estresante puede ser el mayor de los regalos que le podemos brindar como padres o como profesionales al tiempo que ejercemos de modelos para afrontar y manejar con mayor efectividad cuestiones futuras.

 

 

Sé feliz!: Qué paradoja

No hace mucho, viajando en transporte público pude observar a una madre que hablaba con su hija, en un determinado momento la señora arengó a la muchacha e intentando animarla le dijo imperativamente: “Sé feliz!”. Al escuchar esta demanda de la dama tomé conciencia de la maldición que se cernía sobre la adolescente.

Parece que estamos en la época de la necesidad de que todos sean felices, la sociedad, los gobiernos, las grandes corporaciones, destilan este mensaje de manera que nuestra vida está sumergida en la aparente necesidad de ser feliz.

Las personas acudimos a centros de psicoterapia, medicina, gimnasios, etc, con la expectativa de ser felices, nos involucramos en relaciones con mayor o menor compromiso intentando descubrir dónde se halla el gozo total. Los cursos de meditación, en cualquiera de sus formatos, el yoga, los retiros, la espiritualidad, cualquier camino parece bueno para conseguir la quimera de la felicidad. La cuestión es que si estas cosas funcionaran bien, probablemente la gente en general estaría más feliz y no necesitaría consumir todas esas cosas.

La manera en la que es casi seguro que vamos a estar mal es autoimponiéndonos la felicidad o imponiendo la felicidad a otros.

Habrá que explicarlo más detalladamente. Cuando la mamá de nuestro relato introductorio le ordena a su hija que sea feliz en un momento en el que no  lo es, la pobre muchacha tiene que obligarse a ser feliz a la fuerza. Es decir, su problema va a aumentar, puesto que sobre la base de que le pasa algo y no está bien, cabe añadirle el nuevo problema de no poder ser feliz cuando se le pide. A la dificultad cotidiana, sea la que sea se le suma la incapacidad de ser feliz cuando estás mal. Esa es la gran paradoja. Al pedir a alguien la felicidad se la niegas por definición.

¿No es absurdo? Si una está mal por cualquier avatar de la vida, no puede ser feliz en ese momento. Obligamos a ser felices en un momento IMPOSIBLE como en el que estamos mal nos proporciona un resultado funesto.

Ser feliz es un acontecimiento espontáneo. Algo sucede, o tal vez nada concreto sucede y te sientes feliz. En muchas ocasiones, basta reflexionar sobre el asunto para perder ese estado maravilloso. basta pensar algo como: “Cielos, qué feliz me siento!” y automáticamente dejo de sentirme así, es como si te sales de esa experiencia para ir a cualquier otro lado, normalmente comparas con otras veces en las que fuiste feliz, o simplemente aparece un miedo a perder lo que tienes o a dejar de estar bien. La felicidad es tan fugaz como el paisaje que observamos desde la ventana de un tren. Tenemos un espíritu sutil y una experiencia emocional esquiva por eso las emociones fluyen a través de nosotros. El detalle de la espontaneidad es importante puesto que, como decíamos antes, algo que debería ser espontáneo no puede ser realizado a voluntad. Cuanta más voluntad le pongas, más lejos estarás de lo que deseas sentir. Pongamos algunos ejemplos: intentar que te caiga bien alguien que te cae mal, querer a alguien que no  quieres, desear a una persona no deseable, pretender que te guste un sabor que detestas, existen un montón de experiencias para ilustrar lo que quiero decir.

¿Qué hacer, entonces? Bueno, las cosas duran lo que duran a condición de que no las compliquemos nosotros. Lo malo y lo bueno acaba pasando, no hay mal que cien años dure y no hay felicidad que persista eternamente, de modo que os sugerimos tres pequeños tips para no caer en siniestras paradojas:

  1. Aprende a dejar que las emociones pasen. recuerda que nada dura eternamente. Si estamos mal, lo mejor es partir de esa base y no esforzarse en sentir otra cosa
  2. Actívate aún estando mal, no dejes que estar mal sea una excusa. Advierte a los demás que no estás fino y no hables demasiado del tema porque la gente te pedirá que sientas cosas que no puedes sentir en ese momento. Y cuando eso pasa, te sientes super raro e inútil.
  3. La felicidad dura lo que dura, si te descubres estando feliz, relájate…desafortunadamente pasará.

Damn self-steem!

Damn self-esteem:
By Victor Amat
Translated by Sara Riesner

It is not uncommon for people to approach my office commenting on their lack of self-esteem and how that problem affects their life. Since the 70s self-esteem has been a good excuse to not take responsibility for oneself. In the years following the hippie culture, and in an American society distraught by the defeat of the Vietnam War, the American psychotherapist Virginia Satir, coined in the word “Self-esteem” in one of her workshops. She did this with the objective of helping one learn how to better communicate with oneself. Satir was hoping that we would be more lenient and loving with ourselves. This was not a bad suggestion in those days. As a result this idea took root in a world where the fertile human mind is quick to create labyrinths in which to lose ones sanity, and it grew so much that it lost its essence.
Time has passed, relentlessly, and self-esteem has been distorted from the original concept. It is remarkable what has happened with self-esteem. People are very aware of it but not quite sure what it is. It would seem that having a good self-esteem enables one to face life successfully. It does wonders for the way we view ourselves and how we are viewed.

Having a good self-esteem should feel like a fantastic trip into the stratosphere of happiness, and yet it almost never does.

Typically a very different discourse takes place. As people we usually have something that burdens us. When we show our pain, it is usual to feel inadequate and we are prone to label ourselves with those magical concepts that we breathe from the air as if they really existed.

To self-diagnose with “low self esteem” or worse, to get that diagnosis from good friend can be the start of a distorted search for insight.

“Improving self-esteem” seems like the logical cure for someone suffering from a meager amount of self-love and for this reason we go to such lengths to do things that translate into “loving ourselves”. To feel or think that one lacks self-love, to be one’s worst enemy or to have bad thoughts about oneself may have little to do with a damaged self-esteem. That would be having a very linear vision of life, and while life is many things it is not linear. Normally people get into loops such as, “when A happens, B follows.” Or, “when B happens it’s because of A”. Or what are essentially the same things, the more “A” one get, the more “B” and the other way around. This makes us believe that the best way to feel better is to reverse the loop. That’s why it is important to learn to think differently about things. As a great man once said:

“Insanity is doing the same thing over and over again and expecting different results.”

Let’s see what can be done. Let’s say a person with a normal life has a specific issue. If after confronting it, the problem is not solved, there is a great probability that self-worth will be affected, right? That’s it. We have a hypothesis:

“Anyone facing a difficulty unsuccessfully has a tendency to view themselves as being inadequate or inefficient. This diminishes self-esteem. (A more appropriate name might be “self-appreciation”).

Thus, self-esteem would seem less like the cause of problems and more as an effect thereof. If we think about it, complaining about a bad life or a terrible situation can be taken as a measure of self-esteem given that if we had no worth, we would not complain. If that were the case we would agree with our misfortune, feeling that it’s a reflection of our unworthiness. Isn’t i t interesting?

To flaunt one’s misfortune is often a matter of pride. It’s like saying, “Can you see how I suffer? (No one has suffered more or better than me).”

There are times where it seems like the person is on display. On these occasions, the argument for low self-esteem is false because deep down inside, the person feels a certain sense of pride in showing off their misery. Low self-esteem should lead to something else, perhaps resignation.

What do we usually hide behind “low self-esteem?” This is an easy answer: fear. To efficiently face fear can help us cope with the continuous process that is to improve one’s life. We have explained how to handle fear in another article http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en. Here are three proposals to address it:
1. Recognize that you have fear. This automatically makes you stronger.
2. Avoid avoiding.
3. Do things with fear without trying to be brave.
4. Don’t let self-esteem be the pitfall that trips you. It’s a concept invented by someone that’s only interesting if it’s useful. Nonetheless, it is a good excuse.

Maldita autoestima

Maldita autoestima

No es raro que la gente se acerque a mi consulta comentando acerca de su falta de autoestima y de cómo ese problema afecta a su vida. Desde los años 70 del pasado siglo la autoestima ha resultado una buena coartada para no hacerse cargo de uno mismo. Durante esos años posteriores a la cultura hippy y en una sociedad americana marcada por la derrota en la guerra del Vietnam, la psicoterapeuta estadounidense Virginia Satir acuñó en sus talleres y sesiones la palabra “Autoestima” con el objetivo de que aprendiéramos a comunicarnos mejor con nosotros mismos. Quería que las personas pudiéramos ser más indulgentes y amorosas con nosotros mismos. No era una mala propuesta en aquella época, de modo que esa idea, sembrada en un mundo donde la mente humana es fértil creando laberintos donde perder la cordura, creció hasta perder su propia esencia.

El tiempo ha pasado, inexorable, y la autoestima ha desvirtuado el concepto original.
Es curioso lo que ha ocurrido con la autoestima, la gente la tenemos muy presente pero no sabemos muy bien de lo que se trata. Parece que tener una buena autoestima sirve para enfrentar la vida con éxito, siendo maravillosos a los propios ojos y a los de los demás. Tener buena autoestima debería propulsarnos en globo a la estratosfera de la felicidad y sin embargo, casi nunca sucede eso. Lo habitual, es escuchar otro tipo de discurso. Las personas solemos contar aquello que nos atribula, y cuando mostramos nuestro dolor, nos sentimos inadecuados y tendemos a etiquetarnos con esos conceptos mágicos que respiramos en el aire como si realmente existieran.

Autodiagnosticarse “baja autoestima” o, peor aún, recibir ese diagnóstico de una buena amiga o amigo, puede ser motivo de iniciar una búsqueda dislocada hacia el interior de uno mismo.

“Subir la autoestima”, pues, parece el recurso lógico de alguien que padece de un raquítico autoamor y es por eso que las personas nos esforzamos en hacer cosas para “querernos”.
Sentir o pensar que uno no se quiere, se sabotea o piensa mal de sí mismo podría no tener que ver con un defecto en la autoestima, eso es tener una visión lineal de la vida y la vida será lo que sea, pero es poco lineal. Normalmente las personas nos metemos en bucles circulares, algo como “Cuando me pasa A, es por B y cuando me pasa B, es porque me pasa A”. O lo que es lo mismo, cuánto más A, más B y cuanto más B, más A. Eso nos lleva a la idea de que para sentirnos mejor deberíamos buscar la manera de revertir el bucle. Para ello hemos de aprender a pensar diferente sobre las cosas, ya lo decía Goethe:

“La locura es hacer siempre lo mismo y esperar un resultado diferente”.
Veamos qué podemos hacer. Una persona con una vida normal puede tener una determinada dificultad, si cuando se enfrenta a ella, no la soluciona, es probable que se resienta su propia concepción de sí misma ¿no? Pues ya lo tenemos. Nuestra hipótesis es que:

“Cualquier persona que enfrenta una dificultad sin éxito tenderá a verse como poco adecuado o poco eficiente con lo que su autoestima (Cabría llamarla más adecuadamente “autoapreciación”) se ve disminuida.”

De este modo, la autoestima podría verse más que como una causa de los problemas como un efecto de los mismos. Si pensamos detenidamente, el hecho de quejarse acerca de una mala vida, o de una tremenda situación, podría ser visto como un indicador de autoestima puesto que si no valiéramos nada, no nos quejaríamos puesto que estaríamos de acuerdo con que nuestro infortunio tiene que ver con nuestra falta de merecimiento. ¿No es curioso? Lucir las propias desgracias muchas veces tiene que ver con tener cierta soberbia, del tipo, “¿Ves qué mal lo paso? (No hay nadie que sufra más ni mejor que yo)”. Hay un punto dónde la persona podría parecer que se exhibe. En estas ocasiones, el discurso de la baja autoestima es falaz, puesto que en el fondo la persona siente un cierto orgullo en mostrar su desdicha. La baja autoestima debería llevar a otro lugar, tal vez a la resignación.
¿Qué solemos ocultar detrás de la “Baja autoestima”? Pues es sencillo de responder: El miedo. Afrontar el miedo eficientemente puede ayudarnos a sobrellevar ese proceso de mejora continua que es la vida. Hemos explicado cómo manejar el miedo http://www.cetebreu.es/afrontar-el-miedo/en otro artículo. Aunque ahí van tres propuestas para afrontarlo:
1. Reconoce que tienes miedo. Eso te hace automáticamente más fuerte
2. Evita evitar
3. Haz las cosas con miedo sin intentar ser “valiente”
No dejes que la maldita autoestima sea tu escollo donde naufragar, es un concepto inventado por alguien que sólo resulta interesante si es útil. Es una buena excusa, no obstante.

Pensamos demasiado: cuando darle vueltas a las cosas es sufrir

PENSAMOS DEMASIADO: cuando darle vueltas  a las cosas es sufrir

La vida es rica en experiencias maravillosas, pero también nos aporta grandes temas sobre los que preocuparnos. Todo ello puede conducir a que, en ocasiones, nos esforcemos demasiado en pensar e intentemos resolver las cosas dándole vueltas a lo que nos pasa por la cabeza. Si ese proceso resulta muy intenso el propio pensamiento puede adueñarse de una persona y hacerla sufrir. Es como empezar a abrocharse mal una camisa: al final todo es un desbarajuste. Parece que el hecho de volver sobre una cuestión una y otra vez puede resultar de ayuda, y es probable que así sea, salvo que esa cadena de pensamientos esté basada en algún tipo de idea o de lógica equivocada. Cuando eso ocurre es fácil quedar atrapado en la telaraña de la mente, a merced del cansancio que eso suele producir, sintiéndose estancado o sin capacidad de acción.
Cuenta una vieja historia que un ciempiés paseando por el bosque se topó con una hormiga. Ésta, sorprendida por la elegancia del insecto al desplazarse, le preguntó cómo lograba caminar de manera tan armoniosa teniendo tantas patas. ¿No tropezaba? ¿No se equivocaba de pie a la hora de emprender la marcha? ¿Nunca se había hecho un lío? El ciempiés, reflexionó un rato y, con la intención de explicarle a la curiosa hormiga cómo hacía para caminar tan bien, intentó hacerlo a la vez que pensaba, con el resultado de que ya pudo volver a caminar nunca más. A menudo las personas, como el ciempiés de esta historia, olvidamos caminar con soltura y permanecemos atascados en el círculo de nuestros pensamientos.

Controlar el mundo con el pensamiento

De todos los autoengaños que el ser humano es capaz de crear, uno de los más dolorosos tal vez sea la fantasía de pretender dominar el mundo con el pensamiento. Es decir, el hecho de creer que pensando algo suficientemente es posible asegurarse el control de cualquier empresa. Y es que, cuando nos olvidamos de vivir la vida por el hecho de pasarla reflexionando sobre ella, nos alojamos en el hotel de las noches amargas de la infelicidad. Curiosamente, cuanto más pensamos para no sufrir, más nos hace padecer nuestro pensamiento; y cuando sentimos ese dolor, más pensamos, lo que nos sume en el desconcierto. Precisamente, ese es el círculo en el que perdemos de vista lo sensorial alejándonos de todo aquello que a través de los sentidos nos conecta con la vida.

Cuando pensar es sufrir

Son muchas las personas que intentan dirimir sus conflictos internos pensando y pensando sin encontrar soluciones. ¿Qué hacen entonces? Pues si no llegan a ningún lugar, se les ocurre que tal vez no han pensado bastante.
Es muy común intentar obtener respuestas lógicas a cuestiones que no lo son tanto, o razonar sobre cuestiones que permanecen en el universo de las emociones y sentimientos sin poder dirimirlas en su totalidad. Un ejemplo sería la mujer que dedica tanto tiempo a detallar los planes que la llevarían a ponerse en forma que no le queda tiempo para poder materializarlos y se siente por ello fracasada. Otra muestra podría ser el hombre que intenta razonar con su esposa para que ella cambie en función de lo que él piensa sin darse cuenta de que lo que hace es aumentar su problema.
Vivir con el supuesto de que solo es factible conseguir las cosas de una manera genera un dolor que podría no tener fin. Recuerda al de aquella mula que, al no poder pasar a través de una pared, se obstinaba en golpearla cada vez más fuerte con su cabeza.
Nuestra red neuronal forma un sistema maravilloso que nos permite investigar el mundo y vivirlo, pero conviene conocer sus limitaciones. Las personas disponemos de esa herramienta precisamente para experimentar la realidad, no tanto para filtrarla a través del pensamiento. Cuando niños, simplemente descubríamos el mundo con la mente curiosa como la de un científico: probábamos las cosas, llevándolas a la boca y jugando placenteramente con las texturas, olores, etc.
Es justamente con el uso de razón cuando empezamos a alejarnos de la experiencia y a reflexionar acerca de ella. ¿Qué significan las cosas? ¿Qué van a pensar de mí? De ese modo el niño o el joven se apartan de vivir la vida para reflexionar y encontrar la manera de acertar y agradar. Cuanto más dura haya sido nuestra vivencia de la infancia, más probable es que nuestra necesidad de reflexionar, de asegurarnos, sea mayor. Tal vez por ello, para no sentir la incertidumbre, el no saber que pasará, evitamos volver a lo sensorial a base de pensar y pensar. Jiddu Krishnamurti decía al respecto: “Cuando la inseguridad en busca de certezas nos domina, el pensamiento se convierte en nuestro peor enemigo”.
Según la tradición expresada en los cuentos maravillosos, se dan tres tipos de funciones del pensamiento que vienen simbolizadas por los personajes arquetípicos del Rey, el Héroe y el Hada. El Rey (o Reina) representa la reflexión, vigila que todo esté en orden en el reino para que las semillas crezcan y den fruto encarnando las fuerzas de la inteligencia, la autoridad y la decisión. El Héroe, dispuesto a todo, representa la conexión emocional con las cosas, sus fuerzas son el coraje y el compromiso. Por fin, el Hada representa la fecundidad infinita aportando el poder maravilloso de conseguir las metas. Tomando esta rica metáfora, parece que cuando pensamos demasiado, nuestra función de Rey está teñida por nuestros apriorismos, nuestras verdades. Nuestro Rey interno, a veces, se pierde el disfrute de reinar dando prioridad a su mente en lugar de sentir y actuar haciendo más presentes los arquetipos del Héroe y el Hada.

¿Pensar o experimentar la vida? Aprende a actuar

Existen muchos ejemplos cotidianos de cómo podemos amargarnos la vida a través de nuestros pensamientos. Una situación muy común puede ser la que nos comentaba una madre en la consulta: cuando discutía con su hijo al pedirle que colaborara en casa, si él no lo hacía ella se imaginaba que de mayor sería probablemente un fracasado, un vago, etc. Todos estos pensamientos la hacían sufrir, y ella se esforzaba en no pensar en esas cosas tan terribles, pero entonces caía en la paradoja que describe el filósofo griego Epicteto: “Pensar en no pensar ya es pensar”.
Las trampas mentales creadas por un exceso de pensamiento que resulta ineficaz son muy habituales, como recuerda el psicólogo Giorgio Nardone, y podrían agruparse en tres categorías:
El control que lleva a perder el control. Sucede cuando se intentan controlar las sensaciones y emociones junto a sus reacciones fisiológicas mediante el pensamiento. Sería el caso de quien se limita a repetir fórmulas como: “No quiero estar ansioso, debo relajarme”.
Pensar en no pensar. Equivaldría a pretender anular pensamientos incómodos o temidos pensando en otra cosa.
Buscar respuestas correctas a preguntas incorrectas. En ocasiones una persona se afana en intentar encontrar respuestas certeras y tranquilizadoras a dilemas que no pueden resolverse pensando. En ese caso, por mucho que se reflexione, se estarán buscando las respuestas en el lugar equivocado, como aquel borracho que perdió las llaves y las buscaba bajo una farola “porque ahí había luz”. ¿Será lo bastante dulce esa fruta que no hemos saboreado? Solo conoceremos su dulzor probándolos.
Si prestamos la suficiente atención nos daremos cuenta de que en estas tres categorías existen un sinfín de experiencias cotidianas donde resulta muy fácil excederse pensando sin solucionar ninguna preocupación. Por supuesto, no hacemos un alegato a favor de no pensar, simplemente prevenimos sobre lo inadecuado de pensar en exceso, en especial cuando la solución no da los resultados apetecidos.
Aprender a combinar pensamiento y acción no garantiza la felicidad pero nos mantiene alejados de la obsesión y suele deparar un aprendizaje interesante. Como afirmaba el monje trapense y escritor Thomas Merton: “No me hice sacerdote para no sufrir, sino para hacerlo más eficazmente”. Es decir, obtener resultados más interesantes a través de la experiencia y el aprendizaje de una vida bien vivida.

Hacer para crecer

“Nunca ararás el campo revolviéndolo con el pensamiento”, dice un proverbio irlandés. No es fácil enfrentar el problema de cavilar y pensar en cosas que nos preocupan centrando la atención sobre todo en los aspectos negativos. Puede parecer ilógico que pensar demasiado nos acarree numerosos peligros. Y no es difícil maquillar la postergación de acciones que pueden mejorar nuestra vida tras una apariencia de perspicacia y capacidad reflexiva.
En la vida es preciso tomar decisiones y llevarlas a cabo y, cuando lo hacemos, nos sentimos liberados. Dejar de rumiar sin fin requiere la capacidad de darse cuenta de cuándo hay que poner fin al pensamiento para pasar a la acción. Buscar ayuda de alguien con capacidad de acción en ese momento puede ser un recurso válido. Comprometerse emocionalmente con lo que queremos hacer y hacerlo es otorgar a nuestro Héroe y nuestra Hada interiores un lugar al lado del Rey. De este modo, cuando una persona está pensando demasiado y sufre lo que podría llamarse “la parálisis del análisis”, le puede convenir establecer un plan de acción y realizar los primeros movimientos que, poco a poco, le ayuden a lograr aquello que busca. Si las ruedas del coche caen en un socavón, una buena táctica puede ser ir suavemente adelante y atrás hasta que el vehículo se impulse lo suficiente para salir del atasco. De modo paralelo, permitirse la posibilidad de que en nuestro plan haya que ir adelante y atrás nos alivia frente a la “obligación” de acertar a la primera.
La vida, decía Osho, no es un problema para resolver sino un misterio para descubrir. Es, pues, momento de romper el yugo de la cavilación y hacer cosas para crecer al tiempo que mejoramos el lugar de nuestra existencia.

En un tuit 1
Sabes más de lo que crees que sabes
Las neurociencias han demostrado que el cerebro registra millones de datos a cada momento; como no podemos darnos cuenta de todo, omitimos muchas de estas informaciones que van a parar a nuestro inconsciente. Algunas personas llaman intuición al fruto de esa información oculta en algún lugar de nuestra mente. Encontrar maneras de confiar en nuestra intuición y practicar ejercicios creativos para liberar esa sabiduría son excelentes alternativas para dejar de pensar sin fin. Disciplinas como el yoga, la meditación, la hipnosis ericksoniana o la PNL pueden ser de utilidad, así como la práctica de actividades que estimulen la espontaneidad en la vida cotidiana.

En un tuit 2
Pensar menos y vivir más
El pensamiento excesivo y la cavilación son procesos que generan un considerable desgaste mental. Nos referimos concretamente al hecho de pensar hasta sentir una sensación de bloqueo que afecta a la propia estima. Si se detecta eso, puede resultar útil poner en marcha alguna de estas sugerencias:
Practicar una actividad física. Hacer ejercicio en cualquiera de sus formas contribuye a modificar la bioquímica cerebral. Puede mejorar el efecto de ciertos fármacos que se usan para la depresión o incluso sustituirlos en algunos casos.
Consultar a un profesional. Reconocer la debilidad puede ser un signo de verdadera fortaleza y un requisito en la curación. Una persona experta puede ayudar a trazar planes verdaderamente realistas y a avanzar por el camino de la acción.
Dedicar un rato estipulado a pensar. Un buen ejercicio para “dominar” el pensamiento desbocado suele ser establecer un horario fijo para preocuparse y pensar. Proponerse hacer alguna cosa y llevarla a cabo es una manera ideal de utilizar el tiempo restante.
Aceptar que no somos perfectos. La perfección no existe. Hacer algo incluso sabiendo que no nos irá bien del todo puede ser mucho mejor que quedarse en casa pensando.
Dar un tiempo diario a retornar a lo sensorial. Dedicar unos minutos a sentir tu cuerpo, a saborear un plato, escuchar una canción, oler una flor, bailar, pasear y sentir el viento suele dar resultado tras un corto tiempo de práctica.
Descubrir la meditación o el mindfullness. Cuando se practican técnicas meditativas la percepción se hace más viva al tiempo que se aprende a confiar menos en los propios pensamientos.
Confiar más en la intuición. Hay estudios que demuestran que tomamos decisiones correctas en el corto espacio de tiempo 3 segundos, sin embargo fallamos mucho más cuando nos damos un tiempo amplio para razonar. Atrevámonos a descubrirlo.

Libros recomendados:
El túnel. Ernesto Sábato. Ed. Cátedra
Pienso luego sufro. Giorgio Nardone. Ed. Paid
Cuando la depresión se contagia. Michael Yapko. Ed. Urano

La vida fluye a través de ti: Entrevista a Robert Dilts

ENTREVISTA ROBERT DILTS

ESTAR CONECTADO SIGNIFICA QUE LA VIDA FLUYE A TRAVÉS DE TI.
El nombre de Robert Dilts está ligado de manera indispensable a lo que hoy día se conoce como Programación Neuro Lingüística. Desde los primeros tiempos de la PNL, en los ya lejanos años 70, Robert estuvo implicado en los desarrollos que junto con Bandler y Grinder se conocerían más tarde como PNL. Nacido en California hace medio siglo, en aquella época era un joven estudiante interesado por los avances en la psicología y en los estudios de la comunicación humana. El famoso antropólogo y estudioso Gregory Bateson fue uno de sus mentores y, junto a los mencionados Bandler y Grinder además de muchos otros colaboró en la creación de los patrones más eficientes de la PNL.

Autor de más de 25 obras sobre la especialidad, Robert Dilts es un conferenciante de prestigio que viaja por todo el mundo mostrando su trabajo. Meticuloso y procedimental, Dilts ha estudiado en profundidad el comportamiento humano, incidiendo en lo que él llama “modelado”. Es decir, el estudio profundo de cómo hacen las cosas las personas. Precisamente, la PNL surgió del modelado de tres prestigiosos y eficaces terapeutas, Milton Erickson, un famoso psiquiatra e hipnoterapeuta, Fritz Perls, creador de la Terapia Gestalt y por último de Virginia Satir, la creativa terapeuta familiar. Como consecuencia del estudio de estos terapeutas se describieron pautas para mejorar en el campo de terapia que han sido enseñadas por Robert en todo el mundo.

Hoy dia, treinta años después, con motivo de su visita a Barcelona, Robert Dilts nos habla de su trabajo, sus pensamientos y su modo de ver el mundo en el seminario “Fluyendo a través de las Transiciones”.

Tuvimos oportunidad de conversar con él y accedió amablemente a compartir con nosotros sus opiniones y experiencias.

1.- Existen muchas maneras de abordar las dificultades pero, ¿Porqué alguien elegiría la PNL para estar bien?

Dilts: Uno de los puntos fuertes de la PNL es que es muy práctica,

porque se centra en los procesos y eso permite que las cosas se puedan hacer paso a paso y que la gente pueda seguirlos fácilmente. Creo que una de las cosas buenas de la PNL es que ofrece herramientas que la gente puede utilizar, son herramientas que permiten a las personas cambiar su vida, o bien les ayudan a conseguir lo que es su visión o a solucionar sus problemas. La PNL cubre un gran abanico de posibilidades, algunos terapeutas usan PNL, algunos directivos de organizaciones usan, PNL, maestros usan PNL, coaches usan PNL, deportistas usan PNL, como tú sabes, muchos profesionales la usan y eso me hace pensar que es bueno y útil.
2.-¿Qué requisitos debe tener un practicante de PNL para que lo podamos consultar? ¿Qué me recomiendas que tenga en cuenta si voy a trabajar con una persona que conoce la PNL?
Dilts: Es una pregunta muy difícil de responder, si tenemos en cuenta que cada persona es un ser individual. Creo que es importante el tipo de relación que va a establecer, es muy importante que sintonice contigo.

Es vital que la persona domine los aspectos de la PNL, pero tú debes tener en cuenta tus necesidades. Es posible que un profesional se presente como terapeuta, coach, consultor, profesor, etc… ¿Pero qué necesitas tú? Es bueno que sepas en que ámbito se mueve ese profesional y si conoce el ámbito de tus necesidades. No solo te preocupes del currículum que esta persona tenga en PNL, sino también de la experiencia que tenga esta persona en el área que te preocupa.

La gracia está en que la persona encaje en lo que tú necesitas.

No importan mucho los certificados que tenga en PNL, lo importante es que puedas explorar a esta persona en una dimensión más relacional y que te des permiso para actuar en consecuencia.
3.- ¿Cómo podemos definir de manera sencilla la PNL? ¿Cómo se lo explicaríamos a un niño?
Dilts: Muchas veces se lo explico a mis propios hijos. Para mi

hay una definición simple, la PNL es la manera en que como piensas y como hablas afecta a cómo actúas. Como piensas, hablas y actúas son procesos sistémicos en constante interacción, son cosas que están conectadas.

La manera en como esto funciona puede ayudarte a conseguir la PNL.

4.- OK, has definido lo que es, pero…¿Qué no es PNL?
Dilts: Oh, es una buena pregunta. Inicialmente la PNL fue definida como el estudio de la experiencia subjetiva humana. Según esta definición, cualquier cosa que entra en los parámetros de la experiencia humana es PNL. No obstante, esta idea de “estructura de la experiencia” es importante pues permite comprender como todo se relaciona. La neurología, el cuerpo, el lenguaje, nos permiten examinarlo prácticamente todo con la PNL, con unos filtros específicos. Es decir, con una manera específica de pensar. Teniendo en cuenta que usamos filtros neuro lingüísticos y estos filtros son inherentes al ser humano, no son muy teóricos, son experienciales. Pienso que eso es parte del éxito de la PNL en el mundo entero, porque tenemos una neurología que es igual en todos lados. La PNL nos permite entenderla y usarla. Eso no es nada abstracto. Trabajamos con la experiencia de la persona, lo que cree como real.
5.- Quisiera que te arriesgues un poco, quiero hacerte preguntas prácticas…
Como consultor, como experto en PNL ¿Qué le dirías a alguien que no está muy contento consigo mismo?
Dilts: Creo que para empezar,

me alegraría de que no estuviera muy contento consigo mismo, creo que este mundo es un bonito lugar para crecer y creo que de las muchas personas que he conocido, ninguna estaba realmente satisfecha al cien por cien consigo misma. Creo que todos tenemos cosas en la que mejorar.

Sería más peligroso si la persona me dijera que está del todo satisfecha con ella misma, que ya no tiene que crecer ni mejorar. Le diría, me parece bien que no estés contento, pero esa no es la cuestión,

la cuestión es ¿qué haces cuando no estás contento contigo? ¿Tienes rabia contigo? ¿Qué es lo que haces con eso?

Virginia Satir, que fue una de las primeras personas que fue estudiada por los creadores de la PNL, gran terapeuta creadora del concepto que hoy usamos en todo el mundo, la autoestima, solía hacer dos preguntas a sus clientes, la primera al hablar del problema era, ¿Cómo te sientes con eso? tal vez el cliente respondía –estoy insatisfecho-, entonces Virginia preguntaba ¿Y cómo te sientes, sintiéndote insatisfecho? Este segundo sentimiento es importante. ¿Cómo te sientes sintiéndote así? La gente puede decirte, eso me hace estar deprimido, o curioso, o excitado, cada uno es diferente de modo que le preguntaría a alguien insatisfecho: ¿Qué piensas hacer sobre esto? La primera pregunta debería ser: ¿qué es lo que deseas? ¿Qué quieres sentir? Me gusta sentirme como un conductor de taxi, cuando estoy con una persona…¿Dónde quieres ir? Si me dice, quiero estar satisfecho, entonces digo ¡Bien! Solo hemos de encontrar la manera de hacerlo y eso no es un gran problema.
6.- ¿Qué podemos hacer cuando una persona se siente sola, alguien que no tiene pareja?
Dilts: Creo que hay mil maneras de ayudar a alguien cuando se siente solo. Una de las primeras cosas a saber es porqué está solo y qué le gustaría hacer. Si quiere tener amigos, ¿Qué clase de capacidades tiene? ¿Qué clase de recursos cree que le faltan? Nuestro modelo se resume de manera muy simple, ¿cuál es su estado en este momento? ¿Cuál es el estado en que le gustaría estar? y ¿qué recursos tiene o le faltan para conseguir eso?

¿Qué necesito para sentirme conectado con los demás? En PNL existen un universo de habilidades de comunicación que se pueden poner en práctica.

Es posible que la persona no crea en si misma, que tenga un tipo de pensamiento así…no soy interesante, no me aceptan, etc., igual tiene un tipo de bloqueo como un miedo que le impide comunicarse con los demás. Se pueden trabajar muchas de esas cosas con la PNL. Los miedos, las inseguridades, ese tipo de bloqueos relacionales de manera efectiva y me atrevería a decir que rápida.
7.- Has hablado a lo largo de estos días de una idea con la que trabajas siempre, la llamas “intención positiva”, ¿Qué es eso? ¿Cómo puede resultar útil?
Dilts: Creo que uno de los conceptos más transformacionales de la PNL, postula que detrás de cada comportamiento, pensamiento, creencia, tiene un propósito positivo. Es decir, pretende algo bueno para nosotros. Todos los organismos cumplen este requisito, tienen un propósito benévolo orientado a la supervivencia y a garantizar la tranquilidad de la especie. Como profesional busco cuál es la fuente de la que mana cualquier pensamiento, idea, comportamiento y suelo encontrar una intención buena en esa fuente.

¿Cuál es la intención de fumar? por ejemplo la persona quiere tranquilizarse, estar relajada o concentrada y ese es el origen del comportamiento. Hay que respetar eso para poder cambiarlo. Es una idea sorprendente, pero es así.

Cuando tenías tres años las opciones que tenías para protegerte eran muy limitadas, luego creces y mantienes esas opciones sin saber que tienes muchas opciones más.
8.- ¿De donde surge esa idea? ¿Es una creación tuya, de dónde viene?
Dilts: Creo que la idea de la intención positiva nace con la PNL, pero conecta con diferentes ideas previas como la teoría de los sistemas o la cibernética. Todos los sistemas tienden a mantener un equilibrio, la homeostasis. Buscan preservarse incluso cuando pretenden crecer o cambiar. Virginia Satir siempre buscaba la función de los comportamientos y ella fue inspiradora para mi en este concepto.

No mires el comportamiento, mira lo que hay detrás, ¿para qué haces esto? ¿Qué hace esto para tí?

No tiene mucho sentido enfadarse con el comportamiento o con tu pensamiento, es mejor buscar cuál es la función que pretende cubrir y luego buscar otras alternativas más agradables para satisfacer eso.
9.-Siempre se ha dicho que Bandler y Grinder desarrollaron la PNL inicialmente pero, ¿Qué opinan ellos del trabajo de Robert Dilts ahora? ¿Tienes feedback sobre eso?
Dilts: No sé muy bien. Creo que ellos aprecian mis contribuciones, suelo hablar con ellos a menudo. Y están al tanto de lo que hago. Hace apenas tres días hablé con John Grinder y me dijo cosas buenas, el propio Richard sabe que mi intención es la de desarrollar la PNL y hacerla popular. En el ámbito personal, ellos me aprecian mucho, tengo suerte de ser su amigo.
10.-El modelo de los niveles neurológicos ha sido revisado por algunos profesionales del pensamiento humano y ha sido encontrado como muy operativo. Sin apenas fallos. ¿Cómo se te ocurrió desarrollar esta idea?
Dilts: La verdad es que las ideas sobre los diferentes niveles de aprendizaje de Gregory Bateson fueron inspiradoras para mi modelo. Estudié con él los diferentes niveles de procesamiento de la información y aprendizaje de las personas, y también de los animales, aunque yo realicé otra formulación. Me interesaba llegar a una manera pragmática de utilizar ese conocimiento.

Me di cuenta de que las personas sabían lo que tenían que hacer, pero no lo hacían o se sentían incapaces de hacerlo. Eso me hacía pensar en los diferentes niveles. Era como si las personas pudieran hacer algo a un nivel, pero no a otro. Me interesaba saber como organizar eso. Según como hablaban y se comportaban empecé a separar los qué de los cómo, de los porqué, etc. y así fui creando este modelo para reorganizarlo con las personas.

La idea de niveles era de Bateson y yo tuve la suerte de organizarlo con las personas.
11.- Dentro de este modelo de los niveles neurológicos hablas del nivel espiritual ¿En qué grado presentan (cuántas) las personas dificultades a este nivel espiritual?
Dilts: Definimos este nivel espiritual como el nivel donde estamos conectados con algo que es más grande que nosotros mismos. Tiene que ver con la cualidad de pertenecer a algún lugar, a alguna cosa por encima de tí. Es el nivel donde se sitúan muchas personas que manifiestan adicciones, por ejemplo. Esta falta de conexión a un sistema mayor puede conllevar la necesidad de consumir o abusar de sustancias. Sentirse deprimido también puede ser una manifestación de problemas a este nivel, una persona deprimida está sintiendo una falta importante de conexión con lo que le rodea, eso puede reportarle problemas a nivel de identidad; pensar cosas como: “no valgo nada” “no le resulto interesante a nadie” “nadie me quiero” o incluso “no soy capaz de querer, no merezco vivir”. Estos problemas de la vida pueden ser resueltos conectando con la sensación de pertenencia a algo mayor a nosotros. Un enfermo terminal puede preguntarse por el propósito de lo que le ocurre, es importante que se inunde en la sensación de pertenecer a algo mayor, sentirse dentro para poder trascender. Los problemas de las transiciones de la vida, están a este nivel espiritual,

¿cuál es el propósito de mi vida? ¿A dónde me propongo ir? ¿Quién soy? Es importante saber que la vida es algo que pasa a través de mi. Hay que dejar que fluya y sentirse en conexión con lo demás, cuando perdemos esta conexión, la vida deja de fluir. Se convierte en sufrimiento.

Afrontar el miedo

AFRONTAR EL MIEDO

Pensemos en el inicio de la vida. La mayoría de mujeres que se convierten en madres es porque así lo desean, sin embargo en nuestro caso, no podemos dejar de pensar en el miedo que nos invadía cuando tuvimos a nuestros propios hijos. Estábamos ilusionados, sentíamos un fuerte deseo y, al mismo tiempo, nos inundaba un gran temor frente a ese proyecto. Deseábamos que todo fuera bien al mientras temíamos el impacto que ese nacimiento podía tener en nosotros. Zozobrábamos frente a los peligros que están relacionados con la seguridad en el embarazo y el nacimiento de los bebés, el propio miedo a no ser capaces de ejercer bien la paternidad y en ocasiones, nos asaltaba el temor al impacto que todo ello podía conllevar con nuestra vida individual, nuestra pérdida de libertad, o dificultades que se pudieran generar en la pareja por causa de ese importante acontecimiento. Aun así, a pesar de esos recelos, disfrutamos del nacimiento de nuestros hijos y de nuestro día a día.

No sentir temor frente a los avatares de la vida, sus vaivenes y sus cambios sería una imprudencia propia del iluso, porque en nuestra existencia, desear algo y a la vez temerlo es una experiencia cotidiana.

Nuestros temores pueden llevarnos a valorar nuestra vida y a hacerla más interesante pero cuando el temor nos atenaza, nos frena y nos hace sufrir es cuando tenemos que poner manos a la obra para encontrar caminos hacia una vida más plena.
Somos seres sociales
Las personas somos seres sociales, es decir,

precisamos de los demás para poder salir delante de una manera sana.

Cuando nacemos carecemos de las capacidades necesarias para sobrevivir, de modo que desarrollamos otras capacidades que nos permitan pertenecer a una red que nos proteja, nos nutra, nos permita crecer. Es por ello que desde nuestra más tierna infancia ponemos en marcha recursos que nos permitan generar vínculos duraderos y saludables para poder proseguir con nuestra vida. Nuestra biología activa nuestros cuerpos para que nuestros sistemas hormonales se equilibren con las personas que nos han de cuidar. Con el tiempo, cuando somos niños, aprendemos las leyes y normas de nuestro entorno y aprendemos a hacer cosas para ser aceptados y queridos por nuestros allegados. Esa vinculación es la estructura del amor y la peor de las maldiciones que puede padecer una criatura es tener el sentimiento de la pérdida de este vínculo amoroso.

Curiosamente, el nacimiento de este tipo de miedo está en el amor.

Parece que sea la otra cara del amor, al que siempre acompaña. Este desasosiego, pues, se convierte en una especie de “pegamento” relacional y aprendemos que ese sentimiento nos ayuda a actuar prudentemente para sentirnos a salvo en los “brazos virtuales” de aquellos que nos cuidan.

La pérdida del amor
Si existe una vulnerabilidad insuperable es la de la posible pérdida del amor y del cuidado. Es por ello, que en la vida las personas nos esforzamos en ser buenas, precisamos del sentimiento que el afecto del otro nos hace sentir. Es por ello que nos comprometemos, en muchas ocasiones en agradar a los demás o en demostrar cuán válidos somos. Sentirse valioso, ser amado en sus diferentes versiones como la del amor filial, la de nuestra familia de origen, o el romántico amor de pareja igual que el reconocimiento social que nos pueden proporcionar nuestros logros son alimentos orientados a sentirnos bien, adecuados y queridos. De ahí, que el dolor que causa la pérdida del amor sea como un lobo que nos muerde poderosamente el corazón. Ese dolor nos lleva a la imagen del miedo, y ese miedo puede llegar a ser paralizante si nos alejamos de nosotros mismos y de nuestros anhelos.

El temor y la prudencia
Otra de las caras del temor es la que nos lleva a vivir la vida con una cierta prudencia. Este tipo de recelo puede hacernos sobrevivir en una situación de peligro, una experiencia estresante o frente a los retos a los que la propia vida nos invita. Todo ello parece estar relacionado con el deseo de seguridad y protección que toda persona tiene, atendiendo a la historia, el miedo ha sido un protector de la vida humana y la incertidumbre ha facilitado que los seres humanos desarrollemos vías extraordinarias para sobrevivir en entornos durísimos.

La carencia del temor, habría acabado con toda certeza con nuestra especie.

Las personas nos movemos entre la ambivalencia de aquello que queremos conseguir y el temor que sentimos ante el fracaso. No es fácil la vida, de hecho, como podemos observar, la vida aparece como una excepción en el universo y ante tanta fragilidad la prudencia y el miedo no son malas compañías. Así pues cuando queremos asegurarnos de que las cosas van a ir bien es importante poder ser comedidos.
Del temor al miedo que paraliza
Como vamos indicando, el temor no tiene porqué resultar nocivo. La vida es rica en experiencias que nos causan temor y eso no es tan malo si podemos aceptar el temor como una acompañante en nuestro viaje.

Sólo cuando evitamos aquello que tememos es cuando alimentamos al monstruo del miedo, sólo cuando pensamos que el miedo se evaporará tan sólo con no pensar en él, o cuando creemos que no llevando a cabo algo que tememos nos ayuda.

Nunca nadie ha conseguido hacer nada sin realizarlo. No aprendemos a conducir sin pasar por el temor de hacerlo, no podemos conocer la felicidad del amor si tememos ser derrotados de antemano. Nadie logró una cita sin correr el riesgo de ser rechazado en ella. Garantizamos una vida lamentable cuando posponemos nuestros deseos, postergamos las sensaciones desagradables que nos proporcionan algunas cosas. A veces le llamamos pereza y, sin embargo, no es más que la evitación de aquello que tememos. La parálisis del miedo se perpetúa en la inacción, en la excusa, y en la duda sin fin. Cuanto más nos alejamos de aquello que queremos, más de ve dañada nuestra autoconfianza y por ello sería conveniente aprender a avanzar a pesar de la inquietud que nos produce aquello que evitamos.
La incertidumbre puede convertirse en la espoleta del miedo a condición de querer controlarlo todo con el pensamiento. Cuando el temor nos atenaza, solemos pensar y pensar, dándole vueltas a aquello que intentamos en vano dominar.

El mundo es maravilloso si estás dispuesto a explorarlo en la acción en vez de buscar verdades tranquilizadoras de antemano.

Uno sólo puede conocer el sabor de un fruto después de probarlo, evitar una posibilidad por querer ahorrarse una experiencia desagradable resulta una gestión ineficaz del miedo. Puesto que las amenazas crecen en la oscuridad de la evitación

Crecer
La armadura del miedo no crece. Nosotros si. Cuando éramos pequeños, aprendimos que el temor podía protegernos y con el tiempo nos damos cuenta de que aquella coraza que protegía nuestro tierno espíritu en la infancia nos viene pequeña, nos resulta tremendamente incómoda. Aquello que sin duda fue útil en el pasado puede que ahora no nos haga falta. Crecer es eso, tomar conciencia de cómo el miedo antaño nos proporcionó seguridad y aprender a reconocérselo para poder sacarlo de nuestro interior para, por vez primera, ir de la mano con él. Ese es el primer paso para poder seguir adelante, en lugar de estar en medio de la calle luchando con la armadura, inmóviles, mientras la vida tiene otros planes.

Podemos negociar con el dragón para pedirle que nos coja de la mano y nos ayude a cruzar la calle encharcada de las dificultades de nuestra existencia.

Alcanzar la madurez
El director norteamericano de cine Francis Ford Coppola suele decir que:

“La mejor manera de prever el futuro es inventarlo”.

Tal vez por eso las personas construimos objetivos y retos en nuestras mentes como recurso para vencer el malestar. Pasamos durante la vida diferentes etapas para alcanzar la madurez de nuestro espíritu. El ciclo del crecimiento parece cumplir con diferentes procesos: Deseamos, nos ponemos en marcha para alcanzar las cosas que queremos, nos acomodamos a esos logros y con el tiempo, esos logros se nos quedan pequeños. Notamos que tenemos necesidad de seguir avanzando, puede que las dificultades nos venzan, y extraemos aprendizajes de todo ello. Durante algún tiempo podemos estar instalados en crisis que nos enseñan a transformarnos y nos obligan a encontrar nuevas maneras de funcionar. Luego, de nuevo, nos acomodamos y con el tiempo, volver a empezar.

Hacia la libertad
No podemos esperar a que el miedo desaparezca por sí solo. No suele irse de nuestra vera así como así. Es un malestar que nos invita al reto paradójico de aprender a vivir con él para vivir si él. Es el caso del que aprende a salir de casa aun sintiendo miedo en lugar de permanecer siempre en ella esperando a ver si mañana ocurre un milagro y me siento bien, el caso del que dice la verdad aun teniendo miedo de que alguien resulte dañado, puesto que todos sabemos que la mentira aún duele más al ser descubierta. Temer y vivir como la vacuna contra el miedo como dijo el poeta Francisco de Quevedo ‘Siempre se ha de conservar el temor pero debemos aprender a no mostrarlo’. Las personas que superan el miedo y la desconfianza que genera lo hacen invitándolos a hacer esas cosas contra las que nos previenen, “Lo haré con miedo pero lo haré”. La experiencia nos suele demostrar de que no es tan fiero el león como lo pintan y de que, a posteriori, los beneficios de hacer aquello que tememos suelen ser muy enriquecedores. Así pues,

ser valiente significa afrontar las vicisitudes de la vida y los retos que comporta aun teniendo miedo. Dejar de pedirnos ser otros para encontrar una manera de ser nosotros mismos pero más eficientes recordando que el coraje no es la ausencia de miedo sino la capacidad de dejarse acompañar por él en la consecución de lo que es importante para nosotros.
Evita evitar
Una de las respuestas clásicas a las cosas que tememos es evitarlas. La evitación puede parecer una respuesta lógica para preservarse de la angustia aunque en grandes dosis perpetúa nuestro miedo y afecta a nuestra percepción sobre nosotros mismos.

Nunca se pudo dominar un acontecimiento evitándolo y, por el contrario, cuando afrontamos nuestros temores y llevamos a cabo las situaciones temidas nuestra persona se ve reforzada.

Afrontar paulatinamente, en cambio, nos proporciona sentimientos de satisfacción y eficiencia personal que redunda en nuestra autoestima. Dar pequeños y prudentes pasos siempre es mejor que no hacer nada por temor.
El poder negativo de las expectativas
Cuando tememos algo normalmente nuestro cerebro genera una imagen interna donde nos vemos a nosotros mismo logrando algo con éxito, con total tranquilidad. Cualquier resultado que no sea igual que nuestra imagen interna, nos genera frustración y tendemos minusvalorar el hecho de haber afrontado la situación. Así pues, las expectativas de éxito pueden estar funcionando en nuestra contra. Qué tal sería decirnos a nosotros mismos: “Aunque salga mal, lo importante es hacerlo”. Si esperamos a estar totalmente seguros de que todo irá bien, seguramente no haremos demasiadas cosas.

Lo negativo del pensamiento positivo

LO NEGATIVO DEL PENSAMIENTO POSITIVO
Al final de la extraordinaria película “La vida de Brian” hay una de las escenas más delirantes y acertadas que he visto nunca. Un montón de personas ajusticiadas y clavadas en la cruz intentan animar a Brian, el personaje principal, frente al terrible error que supone su condena a morir crucificado. Uno de ellos, un personaje que nos recuerda al buen ladrón de la Biblia, empieza a arengar al resto para decirles algo sobre las cosas buenas de su situación mientras Brian lo mira anonadado. La escena tiene un in crescendo donde todos entonan animosamente una canción titulada “Mira siempre el lado bueno de la vida” al tiempo que la cámara nos descubre un descarnado panorama con decenas de seres castigados a la crucifixión frente a una fosa común.
A día de hoy,  y siento que en esas estamos con todo lo que nos cae encima en la vida cotidiana,

pareciera que uno es tonto si no se ocupa de pensar en positivo.

Una horda de líderes inspiracionales, coachs y terapeutas positivos nos excomulgan si nos atrevemos a pensar en negativo. Hay que ser optimista, has de cambiar, enfermarás si piensas que te pondrás enfermo y, aún peor, crearás aquello en lo que piensas para arder en el fuego del infierno en la vida.

En pleno siglo XXI hemos llegado al fundamentalismo positivo.

Todo lo que no sea eso, nos aleja del éxito en la vida y nos convierte en seres dignos de morir en el cadalso.
La vida es óptima pero a veces duele como el diablo. Cuando uno está mal, no siempre se puede pensar en positivo. El pensamiento positivo, el optimista, nace….no se hace. Forzarse a optimizar una situación es la mejor manera de perpetuar el sufrimiento y a menudo es la peor de las maneras de salir de un pozo. En mi trabajo como psicólogo y psicoterapeuta he descubierto que hay muchísima gente que reacciona muy mal al ingenuo intento de pensar en positivo cuando el  miedo lo atenaza o cuando las circunstancias de la vida invitan a refugiarse en la cueva a lamerte las heridas.

Muchas personas entran en el grupo que denomino “Gente paradójica”, es decir, cuanto más intentan animarse a sí mismas, más se desaniman y cuánto más intentan controlarse, más se descontrolan.

Y es que, cuando el mal rollo va en aumento, nuestra estructura cognitiva se muestra irracional. ¿No lo crees? ¿Has intentado en vano no sentir miedo o que te caiga bien alguien que no soportas? Es probable que cuanto más te esfuerzas, menos logras tu objetivo y más empiezas a sentirte inútil. Llamamos a eso frustración.
La frustración aparece, sin duda, cuando comprobamos que nuestros esfuerzos por resolver el problema no funcionan y cuando vemos que no somos capaces de hacer aquello que hacíamos con niveles más bajos de preocupación o cuando no podemos seguir las indicaciones bienintencionadas de nuestro entorno. El pensamiento negativo aparece y permanece, a pesar de nuestros esfuerzos en no pensar. Es ahí donde podemos cambiar. Donde podemos reivindicar nuestras capacidades mentales y aprovecharlas a nuestro favor, es lo que llamo un “pensamiento eficientemente negativo” y dónde a pesar de la paradoja, el hecho de permitirse ser negativo nos lleva a un estado de bienestar.
En un tuit
1. ¿Quién ha dicho que para tener una buena vida hay que pensar en positivo? La humanidad ha avanzado porque muchos previeron todo lo que podía ir mal y se esforzaron en arreglar el mundo
2. ¿Intentas animarte y no lo logras? Tal vez es el momento de desanimarte voluntariamente. Siéntate en la penumbra y da lo mejor de ti mismo en pensar lo peor durante 30 minutos seguidos.
3. Avisa a los demás que eres el encargado del control de calidad. Cuando los ingenuos optimistas diseñen un proyecto diles que te autoricen a ver lo que falta o lo que no funcionará para que ellos encuentren nuevas soluciones, así hasta encontrar el proyecto ideal

 

El arte de la empatía

El arte de la empatía

En cierta ocasión pudimos ver una escena de esas que suceden de vez en cuando en el parque infantil.  Mientras nuestros hijos jugaban, uno de los críos que andaba por allí cayó desde lo alto de un tobogán. Al levantarse del suelo, se dio cuenta de que la sangre manaba de sus labios y se asustó mucho, llorando desconsolado. Todos corrimos a acercarnos para socorrerlo, y mientras el pequeño aullaba, se hizo un coro en que todos decían a una: “¡No llores, no es nada!” “¡Sólo es un poco de sangre!” La mamá del pobre crío, lloraba también, mientras abrazándole le gritaba: “¡Ay, mi niño!”. Todos nos esforzamos en ayudar, y sin embargo nos quedó la sensación de que tal vez no habíamos acompañado bien esa experiencia. ¿Le resultamos útiles para calmar su dolor? ¿Fuimos capaces de hacerle saber que comprendíamos lo que  necesitaba?
Al hablar de empatía todos evocamos el concepto de sufrir, de sentir aquello que el otro siente. La propia etimología de la palabra nos remite al concepto griego de pathos o sufrimiento. No obstante, algunas personas empatizan demasiado, llegando a estar sufriendo por los demás en la totalidad del tiempo, mientras otros ni siquiera son capaces de percibir cuando el otro se siente vulnerable o feliz. La empatía saludable nos permite participar de los sentimientos de los que nos rodean y congratularnos o dolernos con ellos para poder vivir en armonía con el entorno.

“LA EMPATÍA SALUDABLE NOS PERMITE PARTICIPAR DE LOS SENTIMIENTOS DE LOS QUE NOS RODEAN”

 

Acompañar a los demás y hacerlo bien puede permitirnos mejorar sensiblemente la calidad de nuestras relaciones, redundando todo ello en una mayor sensación de plenitud y autoestima. Nadie puede vivir solo, aislado de los sentimientos de los demás pero, cuidado, nadie debería vivir inmerso eternamente en la turbulencia de la emocionalidad propia y ajena.
Cuando la empatía duele
En las relaciones humanas saber compartir los acontecimientos vitales,  las crisis, las alegrías y las experiencias dolorosas de los demás forma parte del arte del buen vivir, es por ello que hay que estar atento a lo que sucede a nuestro alrededor. Lo cierto es, sin embargo, que para mucha gente este tipo de sintonía se convierte en una pesada carga. Son personas que son incapaces de establecer separación entre lo que les ocurre a los otros y lo que les pasa a ellos mismos. Sufrir en demasía por un hijo puede impedirle un crecimiento sano y padecer a todas horas por una pareja,  un familiar o un amigo, no suele ser eficaz en la resolución de las dificultades sino que además puede hacernos sentir desgraciados e incompetentes. Muchas personas que padecen dolores crónicos y depresión suelen comentar que se pasan la vida padeciendo por los demás. Por supuesto, como ya hemos dicho antes, es importante preocuparse por los que nos importan pero hay que saber prevenir cuando nuestra capacidad de compartir las emociones excede lo saludable y lo útil. Una buena pregunta a realizarse cuando nos damos cuenta de que estamos empatizando en exceso es la siguiente ¿Está colaborando mi malestar a que el otro se sienta mejor?
Cuando por empatía sentimos la angustia por lo que le sucede al otro, solemos abordar la situación de diferentes maneras, en ocasiones sermoneamos a la persona sin demasiado éxito, en otras, actuamos directamente realizando acciones que nadie nos ha pedido. La psicoterapeuta y experta en Constelaciones Familiares, Marina Solsona suele decir, en una afortunada analogía, que cada persona carga con su propia cruz. Entendemos la empatía como pretender arrancársela de sus manos para llevarla nosotros, sin embargo, en muy pocas ocasiones se nos agradece el hecho y menudo la persona resulta ofendida por nuestro “empático” intento de ayuda. Nuestra propuesta, pues, no es dejar de preocuparnos y ayudar a quién queremos, sino aprender a hacerlo más de manera más sana.
Prestar atención
Es más fácil decirlo que hacerlo, pero la primera etapa de la empatía saludable empieza prestando atención a aquellos que nos importan. Poner nuestra agudeza sensorial al servicio de nuestro interlocutor puede ayudarnos mejor a comprenderlo sin invadir su experiencia. Tenemos el hábito de “traducir” aquello que observamos en el otro a nuestro propio idioma y extraemos conclusiones de lo que ocurre en base a nuestras experiencias, historias personales y expectativas. Si lo que queremos es empatizar, no hay nada peor que pretender que los demás vivan las cosas exactamente como nosotros y que consecuentemente actúen como nos parece correcto. Observar, escuchar y dejarse sentir es el paso previo a un buen acompañamiento;  interesarse por el otro, preguntándole y mostrando interés puede ayudarnos a formarnos una idea más clara de lo que anda ocurriendo en la persona que nos interesa. Si un consejo dado nunca es seguido, es un primer indicador de que no estamos siendo suficientemente empáticos o que lo estamos siendo demasiado.  Lo ideal sería un enfoque curioso, de “no saber”, que nos permita calibrar aquello que la persona está vivenciando. Cuando somos capaces de poner nuestra atención sin actuar precipitadamente y sin enjuiciar, podemos abrir la puerta a una conexión de confianza que nos conduzca a la empatía genuina.

“CUANDO SOMOS CAPACES DE PONER NUESTRA ATENCIÓN SIN ACTUAR PRECIPITADAMENTE Y SIN ENJUICIAR, PODEMOS ABRIR LA PUERTA A UNA CONEXIÓN DE CONFIANZA QUE NOS CONDUZCA A LA EMPATÍA GENUINA”

 

El simple hecho de ser mirado desde esa perspectiva hace que la persona se sienta validada sin sentirse juzgada lo que redunda en una mayor posibilidad de comprender al otro.
La comprensión
La empatía podría ser definida como “el arte de que el otro se sienta comprendido”, aunque su arte no se basa tanto en comprender como de ser capaz de enviar señales inequívocas de que podemos entender lo que le ocurre al otro. ¿Quién no tuvo, en la infancia la sensación de nuestros padres eran incapaces de demostrarnos que nos entendían? Nos sentíamos frustrados y tal vez decíamos –No me quieren, no me entienden- por cosas que seguramente ellos habían vivido también.
Este es el sentido de la empatía, el de conectar con la experiencia de quién nos importa para poder crear un campo de comprensión entre ambos que le permita al otro encontrar la fórmula de cómo gestionar lo que le acontece. Poder admirar la cruz del ajeno para ofrecer un reconocimiento al que discurre con tan pesada carga. Esa, sin duda, puede ser una eficaz manera de ser empático.
Ponerse en segunda
En cada situación existen, por lo menos, tres posiciones de percepción. La primera hace referencia a mí mismo. ¿Cómo percibo lo que pasa? ¿Qué pienso sobre ello? La segunda posición, por otro lado, se refiere a cómo el otro vivencia la experiencia ¿Cómo es esta situación si soy el otro? En una tercera posición visualizamos como observadores lo que está ocurriendo. No es raro estar anclados a esa primera posición y cotejar la realidad desde nuestro punto de vista, es ahí donde puede resultar enriquecedor ponerse en segunda. En una discusión,  sería ser capaz de enfundarse en el papel del otro para experimentar la situación desde ahí. La empatía es una manera emocionalmente inteligente de usar este cambio de perspectiva. La asertividad, en cambio, es la capacidad de ponernos en la primera posición, es decir, volver a nuestro propio lugar. Una persona que domina la habilidad de colocarse en “la piel del otro” puede facilitar anticiparse a lo que el otro va a sentir y ser de gran ayuda en momentos de dificultad.

“LA PERSONA QUE DOMINA LA HABILIDAD DE PONERSE EN LA PIEL DEL OTRO PUEDE FACILITAR ANTICIPARSE A LO QUE EL OTRO VA A SENTIR”

También en los momentos de alegría y felicidad, poder experimentar la posición del otro nos garantiza acompañar la experiencia de manera más rica. No hace mucho, la pediatra que atendía a nuestro hijo le advertía, “la inyección duele, pero me parece que llorarás sólo un poquito” logrando que el pequeño soportara el pinchazo estoicamente y sin derramar una sola lágrima. En estos casos, ratificar la experiencia del otro permite dar lugar a un buen acompañamiento que facilite cualquier acción posterior. El mensaje es, a diferentes niveles, entiendo lo que pasa y valido cómo te sientes. Está bien sentirse así.
La empatía útil
Este es el punto crucial. Cuando nuestra angustia no mejora el estado del otro, ni tan siquiera permite al otro sentirse como se siente, es cuando hay que dar paso a la empatía útil. En una ocasión visitamos a una enfermera que había perdido un bebé recién nacido. Estaba muy deprimida y lloraba tristemente. Como tenía dos hijos más, uno de cuatro años y otra de dos, todo el mundo intentaba animarla. Le preguntaban cómo estaba y luego la aconsejaban –tienes otros dos hijos por los que deberías estar contenta y tirar adelante- le decían. Ese es un ejemplo poco eficiente de empatía. Si prestamos atención al otro, cabe darse cuenta de que la tristeza y la rabia son reacciones naturales en un caso así. Poniéndonos en segunda, probablemente nos demos cuenta de que el hecho de tener hijos no te restituye la pérdida del hijo que murió. La verdadera empatía nace con la idea de que la persona que sufre se sabe validada en su experiencia, de modo que decirle: “¿Cómo no vas a estar mal? ¿Qué saben ellos?” era una manera de expresar que comprendíamos lo que pasaba. Entre sollozos dijo: “No me han dejado llorarlo”. Poder hablar de ello nos permitió, con el tiempo, crear un ritual para ayudarla a seguir adelante al tiempo que podía despedirse de su bebé.
Esa es la base de la empatía útil, poder mirar  a la persona como a esa criatura que siente dolor y hacerle saber que, simplemente, está bien sentirse así.
En un tuit 1
Huir del consejo bienintencionado. El consejo suele pertenecer a nuestro modelo de mundo. En ocasiones nos angustiamos tanto con lo que le ocurre al otro que nos precipitamos. Recordemos que si la persona pudiera hacer de inmediato lo que le pedimos, no tendría los problemas que tiene. Ser paciente con los demás y respetar sus tiempos es un camino real hacia la empatía.
En un tuit 2
Practicar las diferentes posiciones de percepción. Practiquemos un par de veces por semana la siguiente propuesta: ¿Cómo sería mi vida si fuera él/ella? Es un ejercicio que no debe durar más que unos segundos. Por ejemplo, si tu hija se muerde las uñas, pregúntate ¿Cómo sería morderme las uñas? ¿Qué tiene eso de gustoso? Por el contrario, si has detectado que sueles “empatizar” demasiado, practica la propuesta siguiente, pregúntate: ¿Me sienta bien esto que pasa? ¿A quién se lo tengo que decir?